La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Te he dicho que no me interesa ninguna de esas tías, Olivia —recalcó, y su voz bajó, volviéndose repentinamente seria, casi íntima—.

Te lo dije en el despacho y te lo digo ahora.

No me gusta ese circo y no quiero estar en él.

Es una mierda. No puedo evitar que me nombren y tengo que soportar que me acosen algunas veces, pero no lo elijo yo.

Dicen que he ido a discotecas en las que no he estado jamás, que me he liado con chicas que no conozco y unas cuantas mierdas más que no van conmigo.

Tengo que cargar con una fama de mujeriego que no me corresponde y no sé por qué.

En el vestuario los hay que sí lo son y nadie dice nada.

Pero te digo una  cosa, si fuera verdad, ¿me puedes decir a quién coño le importa con quién follo o dejo de follar? Yo te lo digo: a nadie.

Iba a responder, a decirle que me importaba un bledo su vida nocturna, si era real o no, cuando una tercera sombra, mucho más oscura y peligrosa, se proyectó sobre el mantel.

—¡Pero bueno! Si es verdad el cotilleo. El Muro de Londres ha sido derribado por la empleada del mes del club.

La voz era arrastrada, pastosa y teñida de una condescendencia que me hizo ponerme en guardia al instante.

Levanté la vista. Frente a nosotros estaba Julian Hadid, el periodista más temido por los famosos.

Iba impecable, pero sus ojos brillaban con esa fijeza típica de quien lleva demasiadas copas encima.

Detrás de él, a unos metros, dos fotógrafos de los que estaban en la puerta habían conseguido burlar la seguridad del restaurante y apuntaban con sus objetivos desde este lado del cristal de la entrada.

Seb se puso rígido al instante. El ambiente pasó de la fricción al peligro en un milisegundo.

—Julian —dijo Seb, con una voz tan helada que podría haber congelado el Támesis—. No es un buen momento. Estoy cenando con mi novia.

—¿Tu novia? —Julian soltó una carcajada desagradable, apoyó una mano con descaro en el borde de nuestra mesa invadiendo nuestro espacio más de lo que la buena educación permite, pero él no sabía de eso—.

Venga ya, Everton. Me parece una patraña que nadie se va a creer cuando Chloe Hubbert va contando lo bien que te lo pasaste en la suite del Savoy con ella.

Que no te engañe —añadió mirándome a mí—, está jugando contigo.

Es patético. Incluso para el gran capitán.

El insulto flotó en el aire. Vi la mano de Seb cerrarse en un puño debajo de la mesa y la vena de su cuello latiendo con fuerza.

Si Seb se levantaba y le pegaba a Julian Hadid en mitad del Scott's , la Champions, la capitanía y nuestras carreras se terminarían en ese mismo segundo.

Los fotógrafos de la entrada estaban listos para captar el segundo asalto.

Toda la rabia que me habían provocado las rubias de antes, toda la frustración por las mentiras de Hubbert y de Hadid y la necesidad salvaje de proteger a ese hombre harto de tonterías que tenía enfrente, se me concentraron en el pecho. Éramos un equipo. Y nos estaban atacando en nuestra área.

No lo pensé. Las normas profesionales se fueron al garete.

Me levanté de la silla a medias para acercarme a él, apoyé una mano en la mejilla de Sebastian y obligué a su rostro a girarse hacia el mío. Él me miró, con los ojos grises abiertos por la sorpresa, y pude ver la furia que todavía latía en sus pupilas. Traté de infindirle calma con mi mirada.

—Regla número uno —le susurré a milímetros de sus labios.

Y le besé.

Pretendía ser un pico profesional, pero en realidad no fue un roce tímido.

El contacto de su boca contra la mía fue como lanzar una cerilla en un almacén de pólvora.

Sus labios estaban calientes, firmes, y respondieron al instante con una intensidad salvaje que me cortó la respiración.

Mi mano se deslizó por su mandíbula, sintiendo el tacto áspero de su barba de tres días, mientras la otra mano de Seb subía por mi espalda desnuda, hundiéndose en el satén azul del vestido y pegándome a él con una fuerza posesiva que me hizo soltar un gemido ahogado.

Fue un beso que sabía a posesión, a rabia contenida y a una atracción tan destructiva que me hizo olvidar quién era yo.

Cuando nos separamos, jadeando sutilmente, las luces blancas de los flashes de la entrada estaban disparándose de forma frenética a través de los cristales.

Seb no apartó los ojos de los míos. Tenía las pupilas completamente dilatadas y la respiración acelerada. Su mano seguía anclada en mi espalda, quemando mi piel a través del satén.

Me giré hacia Julian Hadid, que se había quedado de piedra, con la boca entreabierta. Le dediqué mi sonrisa más letal, acomodándome un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Señor Hadid, le agradecería que dejara de molestar a mi novio con las fantasías de una chica que busca fama a costa de los demás.

Quizá a quien están engañando sea a usted.

Estamos intentando tener una velada íntima, si nos permite, no nos gustan los mirones —bajé la cabeza un segundo a modo de despedida—. Buenas noches.

Julian tragó saliva, miró a Seb, que lo observaba como si fuera a enterrarlo en el jardín del estadio, dio media vuelta y se marchó a trompicones hacia la barra, dispuesto a recuperar el nivel etílico con el que llegó y que se le acababa de bajar de golpe.

Me volví a recolocar en mi silla, con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. Me temblaban las manos tanto que tuve que esconderlas bajo el mantel. Me giré hacia Sebastian. Él seguía apoyado en la mesa, mirándome con una intensidad nueva, oscura, totalmente desarmada.

— Wow , Olivia —susurró, pasándose un dedo por el labio inferior, donde todavía quedaban restos de mi carmín rojo—. Dijiste que nada de lengua.

Tragué saliva, intentando recuperar mi fachada de jefa de prensa profesional, aunque el sabor de su boca seguía quemándome por dentro.

—Ha sido... una improvisación por el bien de la narrativa, Everton, no nos la podemos jugar. Cállate y cómete el salmón.

Él envolvió mi mano para que dejara de temblar y dibujó una media sonrisa que interpreté como de satisfacción, aunque no se lo quise preguntar. El salmón, que comía sin ganas, me sabía a él.