La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Olivia

El Scott’s de Mayfair era exactamente lo que me esperaba: un templo de la opulencia londinense donde el dinero de cuna y el dinero nuevo se mezclaban bajo una iluminación dorada y el tintineo constante de copas de cristal de Murano.

El aire olía a trufa, champán caro y a ese magnetismo rancio de la gente que sabe que las leyes normales no se aplican a ellos.

Nos habían sentado en una mesa redonda en el centro de la sala.

Estratégica y perfecta para nuestro objetivo, aunque me obligaba a mostrarme cariñosa y no es lo que más me apetecía.

Ni siquiera sabía si sería capaz de hacer el papel de novia con un desconocido.

Cualquiera que mirara en nuestra dirección debería ver la estampa idílica del capitán del Kingsford FC cenando con una mujer enamorada que le sostenía la mirada sin pestañear.

El problema era lo que nos estábamos diciendo mientras manteníamos las sonrisas de cara a la galería.

—No has tocado el tartar de salmón, jefa —comentó Seb, apoyado con los codos en la mesa con una elegancia perezosa.

Dio un sorbo a su copa de agua con gas. Como capitán en mitad de la temporada, y con gente viéndole y juzgándole, el alcohol estaba prohibido—.

¿Te preocupa que tenga veneno o simplemente estás calculando las calorías para mantener ese cuerpazo que tienes?

Le sostuve la mirada por encima del borde de mi copa de vino blanco.

Sonreí para las tres mesas de la derecha que no nos quitaban el ojo de encima.

Empezaba a conocerlo y a saber que esa arrogancia no era más que una pose.

Usaba el sarcasmo cuando no sabía qué decir.

Si yo me moría de nervios, era normal que él también estuviera pasándolo mal. Así que no se lo tuve en cuenta.

—Estoy calculando cómo voy a redactar la nota de prensa de mañana si decides seguir mirándome como si quisieras hacerme un placaje en mitad del restaurante, Everton.

Un poco más de suavidad en los ojos, por favor.

Se supone que estás enamorado, no diseñando una estrategia de defensa contra el Manchester City.

Seb soltó una risa baja, pero sus ojos grises se endurecieron sutilmente. Había una fricción latente entre nosotros desde que nos habíamos subido al coche, una línea invisible que ambos pisábamos con ganas de provocar al otro.

—Es que me cuesta fingir adoración ante alguien que me trata como a un coche de carreras que necesita pasar por el taller —me reprochó, inclinándose un poco más hacia mí, con un volumen casi inaudible.

El tono ronco de su voz me acarició la piel—.

Para ti esto es un juego de ajedrez muy divertido, ¿verdad, Olivia?

Movimientos limpios, control de la estrategia…

, una muesca más en tu brillante currículum de salvar el culo a deportistas díscolos.

Pero para mí es mi puta vida. Estás manejando mi reputación como si fuera plastilina.

Me tensé. El satén azul del vestido de repente lo sentí demasiado frío contra mi espalda.

Dejé la copa sobre el mantel blanco con un toque un poco más brusco de lo necesario, pasándome la lengua por el labio para que los mirones interpretaran lo que les diera la gana, menos que nuestras palabras eran reproches.

—No te equivoques, Sebastian. No me divierte estar aquí metida.

Sí, estoy manejando tu reputación porque nuestro jefe nos obliga y todo porque tú —recalco— permitiste que una it-girl de tres al cuarto se metiera en tu suite y te desmontara la vida con un selfie —ataqué, manteniendo la voz en un susurro afilado que salía a través de mi sonrisa postiza—.

Trabajo con realidades. Y la verdad es que los futbolistas de la Premier League vivís en una burbuja de cristal donde os creéis intocables hasta que la realidad os estalla en la cara.

Yo soy la que recoge los cristales para que no te cortes los pies.

Así que un poco de respeto por mi trabajo.

Seb se quedó mirándome, en silencio. La mandíbula se le apretó tanto que se le marcó un músculo en la mejilla. Esperaba que me soltara una réplica arrogante. Pero lo que vi en sus ojos fue un gesto de cansancio limpio, profundo y dolorosamente humano.

—No tienes ni idea de lo que es esta burbuja, sabelotodo —susurró, y por primera vez sentí que no había ironía en su voz—.

No tienes ni idea de lo que es no poder fiarte de nadie.

Llevo diez años jugando al más alto nivel y he tenido que aprender a mirar a los dos lados antes de respirar.

Lo de Chloe Hubber fue una encerrona porque bajé la guardia una noche.

Una sola noche en la que estaba tan jodidamente agotado emocionalmente que me quedé dormido donde no debía.

Así que no me hables de realidades, porque mi realidad es que la única persona que parece estar de mi parte ahora mismo.

.. eres tú, y me estás cobrando el favor con reglas y reproches.

El golpe me dio directo en el estómago. Sentí un ramalazo de culpa que me revolvió las entrañas.

Él no era un activo de una empresa; era un hombre que cargaba con el peso de un club histórico, la fama y que se sentía completamente solo.

Quienes le rodeaban en su día a día querían obtener algo de él: el club, dinero y fama; los aficionados, goles y copas; los patrocinadores, más dinero; las chicas, sexo y fama…

Iba a abrir la boca para disculparme, cuando la burbuja se rompió de la forma más irritante posible.

—¡Sebastian! No me lo puedo creer, ¡pero si eres tú!

Dos mujeres altas, con vestidos mínimos de firmas de lujo, melenas rubias perfectamente oxigenadas, botox evidente y ese aire de superioridad que da tener un millón de seguidores en TikTok, se plantaron junto a nuestra mesa.

Ignoraron mi existencia con una destreza casi olímpica.

Una de ellas, con un vestido plateado que desafiaba la gravedad, se inclinó tanto hacia Seb que casi le pasa el pelo por el plato, apoyando una mano con uñas larguísimas de gel directamente sobre su hombro cubierto por la americana de sastre.

Por no decir de las vistas a su generoso y desnudo escote sobre la misma cara del jugador.

—Estábamos al fondo y he dicho: «Ese tiene que ser Seb» —ronroneó la del vestido plateado, clavando unos ojos hambrientos en mi «novio», ignorando que estuviera acompañado—.

Qué pena lo de la foto del Savoy, de verdad.

La gente es malísima. Nosotras sabemos perfectamente que eres un encanto.

Tienes que venirte luego al reservado del fondo, estamos celebrando el cumpleaños de Tammy.

Nos encantaría tener al capitán con nosotras.

La otra chica soltó una risita tonta, mientras jugaba con un mechón de su pelo y clavaba una mirada a Seb que era prácticamente una invitación formal a su cama.

—Sí, Seb. Anda, vente un rato. El ambiente aquí está un poco... aburrido —añadió, dedicándome una mirada de reojo que duró medio segundo, catalogándome probablemente como una secretaria gris del club.

Una oleada de pura irritación punzante, caliente y absurdamente intensa, me recorrió la espina dorsal.

Me crucé de brazos, recostándome en mi silla mientras contenía las ganas de clavarle el tenedor en la mano de gel a la rubia de plata.

No eran celos, me repetí. No podían ser celos.

Era orgullo profesional. Esas lagartas estaban estropeando mi maldita foto de pareja idílica y desafiando mi autoridad como la mujer que se suponía que había «domado» al capitán.

Miré a Seb, esperando verle sonreír con esa arrogancia típica de quien está acostumbrado a que las mujeres le caigan del cielo, babeando de gusto.

Pero para mi sorpresa, él no se movió. No apartó la mano de la chica, pero se puso tan rígido que parecía de mármol.

Miró la mano en su hombro con una frialdad absoluta y luego levantó los ojos hacia ellas, sin un ápice de diversión.

Por lo visto, no solo era «el muro» en el campo.

—Gracias, chicas —dijo, con una voz tan cortante que habría servido para rebanar el pan—. Pero estoy en mitad de una cena muy importante con mi pareja. Así que, si nos disculpáis...

Las dos rubias parpadearon, descolocadas por el rechazo directo del gran Sebastian Everton.

La del vestido plateado retiró la mano del hombro de Seb como si se hubiera quemado, me miró de arriba abajo con una mezcla de envidia y desprecio, y ambas se alejaron hacia el fondo del restaurante contoneándose y murmurando entre dientes.

—Vaya —solté, con la voz cargada de un sarcasmo que no pude disimular, mientras me recolocaba las pulseras y el reloj, como solía hacer cuando estaba nerviosa—. Veo que el servicio de atención a las fans viene incluido con el menú degustación. ¿Te pasa a menudo?

Seb me miró de frente, y la comisura de sus labios se elevó en esa media sonrisa perezosa que me ponía de los nervios.

—¿Qué pasa, Ward? ¿Te ha molestado que interrumpieran tu preciosa «estrategia de marketing» o es que el satén azul te aprieta los celos?

—No seas ridículo, Everton. Me molesta que tu club de fans no tenga dos dedos de frente para ver que estás compartiendo mesa con tu pareja, no buscando ligues para el fin de semana —le espeté, con las mejillas encendidas de pura rabia contenida.