La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Olivia

Hay un tipo de silencio muy específico que solo se encuentra en un piso recién estrenado en Londres justo antes de que empiece la tormenta.

Es un silencio espeso, que amortigua el eco de los cláxones de la calle y el siseo constante de los neumáticos sobre el asfalto mojado por la lluvia fina de mayo.

Me miré al espejo de cuerpo entero que aún descansaba apoyado en la pared de mi nuevo salón en Notting Hill, todavía no había tenido tiempo ni de colgarlo.

Junto a él, tres cajas de la mudanza acumuladas en una esquina me recordaban que llevaba apenas un par de semanas en la ciudad.

El vestido que había elegido era de un satén de seda color azul medianoche.

Tenía el cuello barco exageradamente elegante por delante, pero la espalda caía en un escote limpio hasta la base de la columna.

El tejido se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel fría, recordándome con cada respiración que esa noche no era Olivia Ward, la chica que prefería los vaqueros gastados y las Converse; era la novia de Sebastian Everton.

Me apliqué una última capa de carmín rojo oscuro en los labios como si fuera un escudo de guerra.

El teléfono vibró sobre la encimera de la cocina americana indicando que tenía un mensaje.

Seb

Estoy abajo. El Aston Martin negro.

No te abrigues demasiado, el restaurante tiene

calefacción de esa que te hace suda r.

Sonreí de medio lado y un nudo familiar de anticipación se me formó en el estómago. Cogí un abrigo de paño negro, apagué las luces de mi pequeño apartamento y bajé las escaleras del edificio victoriano.

Al cruzar el portal de madera, el aire gélido de la noche londinense me recibió refrescándome la cara como el mejor tratamiento antiarrugas, pensé.

El aire traía olor a tierra mojada, humo de chimenea lejana y combustible de los taxis negros.

Y allí estaba. Estacionado junto a la acera estrecha, con los intermitentes parpadeando perezosamente bajo la lluvia y subido a medias en el bordillo, un Aston Martin DB11 que brillaba como el carbón pulido.

Un tiburón de pasarela varado en mitad de un barrio residencial.

La puerta del copiloto se abrió desde dentro.

Me deslicé en el habitáculo y el mundo exterior desapareció al instante, sustituido por el calor reconfortante de la calefacción y un aroma penetrante a cuero caro, madera de nogal y el perfume de Sebastian.

Esa mezcla de sándalo, ámbar y algo puramente masculino que ya se me estaba quedando grabada en el cerebro más de lo estrictamente saludable.

Seb estaba apoyado contra el respaldo del asiento del conductor, con una mano en el volante.

Por supuesto, no llevaba el chándal del club, como me tenía acostumbrada a verlo.

Se había puesto un traje de tres piezas negro, seguro que hecho a medida, con una camisa blanca entreabierta en el cuello y sin corbata.

El pelo castaño lo llevaba peinado hacia atrás, pero algunos mechones rebeldes ya buscaban su frente.

Parecía un aristócrata del siglo veintiuno que acababa de bajarse de una pasarela de moda. Un hombre peligrosamente guapo.

Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo, despacio, deteniéndose un segundo de más en la línea de mis clavículas expuestas antes de volver a mis ojos. Sentí una ráfaga de calor que nada tenía que ver con la calefacción del coche.

—Vaya —murmuró, y su voz sonó más baja y ronca de lo habitual, compitiendo con el ronroneo sordo del motor—. Estás... jodidamente espectacular, jefa. Casi me sabe mal que tengamos que fingir.

—Es marketing visual, Capi. Hay que darles una imagen de portada —respondí, intentando que mi voz sonara ligera mientras me abrochaba el cinturón de seguridad, aunque los dedos me temblaban un poco—. Buenas noches a ti también.

—Buenas noches —Seb engranó la marcha y el coche avanzó con una suavidad felina por las calles de Notting Hill—.

El restaurante es el Scott's , en Mayfair.

Tienen una mesa reservada en la zona central, donde la iluminación es perfecta para las lentes de los paparazzi pero lo bastante íntima para que parezca que nos estamos susurrando secretos.

Me ha dicho Arthur que ya habéis filtrado a dos agencias que llegamos a las nueve.

Giré la cabeza para mirarlo. El perfil de su rostro se iluminaba intermitentemente por las luces de neón de los escaparates de lujo de Knightsbridge. Tenía una tensión sutil en los hombros, el tipo de rigidez de un soldado antes de cruzar la línea enemiga.

—¿Estás nervioso? —pregunté, ablandando mi tono.

Seb soltó un suspiro largo a la vez que relajaba un poco las manos sobre el volante de cuero.

—No me asustan los fotógrafos, Olivia. He tenido cámaras pegadas a la cara desde los dieciséis años.

Me asusta el vestuario. Me asusta que el sábado salgamos al campo y la grada cante el nombre de Chloe Hubber para desestabilizarme.

Juego de central; si pierdo la concentración un segundo, el delantero rival nos mete tres goles.

El Kingsford necesita ganar este año. Lo necesita de verdad.

Había tanta honestidad en su voz, un peso tan real y doloroso por la responsabilidad, que sentí un impulso casi físico de reconfortarle. Estiré la mano, rozando apenas la tela de su americana en el antebrazo. El tejido era suave, pero bajo él, sus músculos estaban firmes como rocas.

—No vas a perder la concentración —le aseguré, mirándolo fijamente—. Porque mañana por la mañana nadie va a hablar de esa chica. Mañana solo van a hablar de lo coladito que estás por tu jefa de prensa. Vamos a darles el mejor espectáculo de la temporada.

Seb giró la cabeza hacia mí mientras esperábamos en un semáforo en rojo cerca de Hyde Park. Su mirada gris se volvió densa, oscura, cargada de una electricidad estática que pareció reducir el espacio dentro del coche.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas hacer eso?

—Regla número dos, ¿recuerdas? —sonreí, aunque el corazón me iba a mil por hora—.

Contacto físico estratégico. Cuando bajemos del coche, me vas a coger de la mano.

Pero no como si me guiaras; me vas a sujetar como si tu vida dependiera de ello.

Con ganas, como un verdadero novio. Que la prensa vea que el Muro de Londres tiene una debilidad fuera de los campos.

El semáforo cambió a verde. Seb no apartó los ojos de mí hasta el último segundo. Una sonrisa ladeada, descarada y arrebatadoramente sexy transformó su rostro.

—Hecho. Pero ten cuidado, no te vayas a acostumbrar a mi contacto.

A lo que sin duda no me quería acostumbrar era a su soberbia no disimulada o, más bien, que usaba como coraza.

No estaba entre mis intenciones buscar más allá y conocer al verdadero capitán, tenía claro que esto era una pantomima pasajera.

Sin embargo, me molestaba que no fuera algo más natural conmigo, ya que teníamos que aguantarnos durante tres meses.

Por otra parte, me resultaba extraño que un tío como él, con su físico, su cuenta corriente, éxito y, decían los medios, inteligencia, no tuviera pareja.

Normal que fuera carne de cañón para los programas de cotilleos y presa de influencers con pocos escrúpulos.

Por todo eso no contesté a su comentario.

Diez minutos después, el Aston Martin se detuvo frente al toldo verde del Scott's .

A través del parabrisas empañado por la lluvia, vi el destello cegador de los primeros flashes.

Había al menos una docena de fotógrafos apostados tras las catenarias, con los abrigos empapados y los objetivos apuntando directamente hacia nosotros. El circo había comenzado.

Seb apagó el motor. Se giró hacia mí, estirando el brazo por encima del respaldo de mi asiento.

Sus dedos rozaron la piel desnuda de mi hombro, lo que me provocó que un escalofrío violento me recorriera la espina dorsal.

Su proximidad era abrumadora; podía oler la menta de su aliento y el calor que desprendía su cuerpo.

—Es la hora del partido, jefa —susurró, con los ojos brillando de adrenalina—. Respira hondo. En cuanto se abra esa puerta, eres mía a la vista de toda esa gente.

El corazón me dio un vuelco salvaje. No por la prensa. Sino por la alarmante facilidad con la que esa última frase se me había instalado bajo la piel.

—No soy tu gatita sumisa —reaccioné a su frase posesiva—, ni un trofeo, Seb. Si esa va a ser tu actitud, me voy ahora mismo.

—Perdón, tienes razón. Quería decir mi pareja, y yo la tuya. Vamos a comernos con los ojos el uno al otro aunque no nos apetezcamos ni una pizca, ¿te vale así? En serio, seré amable. Siempre lo soy.

Seb abrió su puerta sin esperar a que contestara, y salió a la lluvia nocturna.

Rodeó el capó del coche con paso firme, ignorando los gritos de los periodistas que ya coreaban su nombre.

Cuando abrió la puerta de mi lado, me ofreció la mano con una sonrisa que, en otras circunstancias, me hubiera hecho temblar de deseo.

Ahora temblaba, pero por otros motivos. ¡Cómo se podía ser tan guapo!

Giré las piernas con cautela para que el satén azul del vestido se deslizara por el asiento, y coloqué mi mano sobre la suya.

Sus dedos largos se entrelazaron con los míos de inmediato, cerrándose con una fuerza posesiva y cálida que me ancló al suelo.

Me tiró suavemente hacia él, obligándome a dar un paso que nos dejó a escasos centímetros de distancia bajo el paraguas que el aparcacoches intentaba sostener sobre nosotros.

Él me rodeó los hombros con el brazo y sonrió al público que se había congregado para vernos.

La noticia había corrido como la pólvora.

Los flashes estallaron en una tormenta de luz blanca y cegadora hasta el punto de que me soltó para llevarse la mano a la frente.

El ruido de los disparos de las cámaras era como una ráfaga de ametralladora.

«¡Sebastián, por aquí!», «¡Olivia, una mirada!

», «¿Es oficial?», «¿Desde cuándo lleváis? », «¿Por qué os escondíais?».

Seb no miró a ninguna cámara. En lugar de eso, se inclinó hacia mí, me rodeó la cintura con el brazo libre y pegó mi cuerpo al suyo hasta que sentí la dureza de su pecho contra el mío.

Su boca se posó a milímetros de mi oreja, y su respiración cálida me erizó el vello de la nuca mientras caminábamos hacia la entrada del restaurante.

—Sonríe, nena —me susurró al oído, con una voz cargada de una diversión vibrante—. Nos están sacando por el lado bueno.

Agradecí que lo tomara a broma para relajar la tensión.

Cerré los ojos un milisegundo, aferrándome a su hombro mientras subíamos el escalón de la entrada.

El contacto de su cuerpo, la firmeza de su agarre y la intensidad del momento me golpearon con la fuerza de un camión.

Me había preparado para gestionar una crisis de relaciones públicas.

Me había preparado para los lobos de la prensa.

Pero mientras la puerta de cristal del restaurante se cerraba detrás de nosotros, y nos refugiamos bajo las luces doradas y el tintineo de las copas de champán de la alta sociedad londinense, me di cuenta de una verdad aterradora: No me había preparado para el efecto que Sebastian Everton provocaba en mí cuando decidía jugar al ataque.

Eso era nuevo y no estaba en el acuerdo.