La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Sebastian

Por increíble que me pudiera parecer, estaba claro que la vida podía cambiar en un segundo, en lo que tarda alguien en meterse en tu cuarto y pulsar el clic de una cámara a traición.

A pesar de mi fama de mujeriego, no solía salir de fiesta y por eso era tan difícil captar una foto mía fuera de mi mundo real.

El olor a reflex, césped húmedo y cuero de las botas siempre había sido mi único refugio.

El vestuario del Kingsford FC era el único lugar del mundo donde no era el trofeo de un paparazzi, ni el activo financiero de un fondo de inversión, ni el protagonista de un escándalo sexual inventado.

Allí dentro era, simplemente, Seb. El tío que ponía la música antes de salir a calentar y el que se partía la cara defendiendo el área pequeña.

—Vaya, vaya. Miren quién ha decidido bendecirnos con su real presencia —la voz burlona de Aiden Brooks resonó en el vestuario nada más cruzar yo la puerta—. Pensábamos que estarías firmando un contrato de exclusividad con el Savoy. O con Playboy .

Una lluvia de toallas enrolladas voló en mi dirección. Las esquivé todas con reflejos de central de la Premier, dejando caer mi bolsa de entrenamiento en el banco frente a mi taquilla.

—Iros a la mierda —refunfuñé, aunque una sonrisa involuntaria me asomó a los labios. Agradecía que se lo tomaran a risa; significaba que, al menos ellos, no dudaban de mí.

—En serio, Capi —esta vez fue Ethan Cole, el centrocampista y mi mejor amigo, quien se acercó con gesto más serio, pasándome un brazo por los hombros—. Menuda jodida encerrona. ¿Cómo estás? Mason quería ir a buscar al fotógrafo para reventarle el coche.

—Mason quiere reventar coches con cualquier excusa solo por aburrimiento —apunté, mirando de reojo a Mason Taylor, el chico malo del equipo, que estaba en una esquina vendándose un tobillo con una sonrisa de psicópata.

—No es mala idea, Everton. Un par de llamadas a mis contactos de Manchester y ese paparazzi no vuelve a enfocar una cámara en su vida —masculló Mason.

—No va a hacer falta —suspiré, sentándome para quitarme las zapatillas—. El club se está encargando. Arthur ha metido a la nueva jefa de relaciones públicas en el asunto.

El vestuario se quedó en silencio un segundo. En el fútbol actual, la palabra «Relaciones Públicas» infundía más respeto que el mismísimo árbitro.

—¿La chica nueva? ¿Olivia Ward? —preguntó Aiden Brooks, el delantero estrella que acabábamos de fichar esa temporada.

Aiden cruzó los brazos, con la misma mirada analítica y arrogante que utilizaba con la prensa—.

He oído que en Francia era un pitbull. Dicen que hizo que un tenista que dio positivo en un control antidoping pareciera una víctima del sistema de salud. Es lista.

—Es un maldito dolor de cabeza —corregí, visualizando los ojos felinos de Olivia detrás de sus gafas de ver, la firmeza con la que me había plantado cara y la forma en que se le había encendido el cuello cuando le solté lo de meterme en su cama—. Pero ella y Pendelton tienen un plan.

—¿Qué plan? —quiso saber Ethan, curioso. ¡Mierda! Acababa de meter la pata; se suponía que no podía contarlo a nadie.

Me amarré los cordones de las botas de tacos, tragando saliva.

Las palabras de Olivia resonaron en mi cabeza: « Regla número tres: nadie, absolutamente nadie fuera de este despacho, puede saber que esto es un acuerdo » .

Si les mentía a mis mejores amigos, me sentía como un traidor.

Pero si abría la boca, perdía el brazalete y, tal vez, mi plaza en el equipo. Y el Kingsford era mi vida.

—Un comunicado —dije, tratando de sonar indiferente—. Vamos a desmentir a Chloe Hubber. Resulta que... bueno, que yo estaba en ese hotel porque estaba cenando con mi chica.

Aiden dejó caer la botella de agua que tenía en la mano. Aiden arqueó una ceja. Ethan se me quedó mirando como si me hubiera salido una segunda cabeza. Los demás bajaron la voz, expectantes. No les podía culpar; acababa de soltar una bomba, una noticia que ninguno, ni mi mejor amigo Ethan, conocía.

—¿Tu qué? —saltaron casi al unísono.

—Mi novia —repetí, forzando una naturalidad digna de un Oscar—. Llevamos unos meses viéndonos en secreto. Para proteger su privacidad y, bueno, ya sabéis, para no dar que hablar  a las hienas de la prensa rosa hasta que la cosa fuera en serio. No me gusta salir en esos medios.

—Eso no lo puedes evitar —aseguró Mason con toda la razón—. Ya has visto lo de Chloe.

—Everton, llevo durmiendo en la habitación de invitados de tu ático la mitad de la temporada y lo más parecido a una novia que tienes es la señora de la limpieza que viene los jueves —soltó Ethan desde el fondo, soltando una carcajada que trataba de disimular su desconcierto; se suponía que nos lo contábamos todo—. ¿Quién es la santa?

Me levanté, cogí mi sudadera de entrenamiento y los miré de frente, intentando que no me temblara la voz.

—Olivia Ward.

El grito de asombro colectivo casi tira las paredes del vestuario.

—¡¿Te estás tirando a la jefa de prensa?! —bramó Aiden, aplaudiendo como un loco—. ¡Eres mi puto ídolo, Capi! ¡Eso es integrarse en el organigrama del club y lo demás son tonterías!

—No me estoy... —me corté, recordando que tenía que defender la mentira a muerte—.

No es así. Es serio. Y os pido que la respetéis.

¿Veis ahora por qué no queríamos decir nada?

Además, viviendo ella en París y yo aquí con todo lo que viajamos, era muy complicado.

El viernes vamos a cenar a Mayfair para que la prensa nos vea juntos y se acabe este circo.

Así que cerrad la boca y vamos al césped.

El míster nos va a crujir si llegamos tarde.

Salí del vestuario el primero, agradeciendo el aire frío de Londres sobre mi cara. Mis compañeros me seguían detrás, entre risas, collejas y comentarios jocosos sobre «el capitán está sentando la cabeza».

Me llevé dos dedos a la frente, sintiendo los latidos del corazón en las sienes. Tres meses. Tenía que aguantar tres meses fingiendo que estaba coladito por una mujer que me miraba como si fuera un virus informático que venía a estropear su impecable currículum.

El problema no era la prensa. El problema era que, cuando le había agarrado la mano en su despacho, su piel estaba tan cálida y sus ojos tenían un destello tan salvaje que el pulso se me había disparado más que en una tanda de penaltis.

« Ten cuidado de no creértelo tú también » , le había dicho yo.

Qué bocazas era. El que iba a tener que recordarlo en cada maldita jugada iba a ser yo.