La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1)
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Capítulo 1
Olivia
Nadie me preparó para un inicio así. Lo que prometía ser un día de adaptación, de conocer las instalaciones y al equipo, se convirtió en una encerrona que apretó más el nudo que sentía en el estómago por los nervios de empezar en un nuevo trabajo.
Regresaba a mi país tras unos años en Francia y nada menos que a un equipo de la Premier; tocaba el cielo con los dedos en lo profesional con un trabajo que prometía ser tranquilo.
No lo fue, y lo supe en cuanto me reclamó el presidente antes de poder encender mi nuevo ordenador.
El olor a cuero de la butaca nueva de mi recién estrenado despacho todavía no había conseguido camuflar el aroma a crisis institucional que se respiraba en las oficinas del Kingsford FC.
No llevaba ni dos horas contratada como Jefa de Prensa y de Relaciones Públicas y Jefa de Prensa, y ya sentía que me habían lanzado en paracaídas directa a un campo de minas.
Miré la pantalla de mi tablet, mientras trataba de contener una mueca de absoluto disgusto.
La foto de portada de The Sun era nítida, brillante y destructiva, sobre todo destructiva.
Chloe Hubber, la it-girl involucrada en muchas polémicas y habitual de la noche londinense más exclusiva, sonreía a la cámara desde la cama de una suite del Savoy.
Detrás de ella, saliendo del baño medio desnudo y abrochándose los pantalones con cara de pocos amigos, aparecía Sebastian Everton.
El capitán del equipo. El intocable «Muro de Londres».
El pie de foto de la tipa era una declaración de guerra que solo buscaba provocar: « El capitán del Kingsford juega mejor fuera de casa. .. 😜⚽ #SorryNotSorry».
—Es un puto montaje, Olivia. Te juro por mi madre que es mentira.
—Su voz me llegó grave, profunda y notablemente ronca desde el sofá.
Fuera verdad o mentira, mi misión era recuperar la reputación del mejor futbolista del equipo y del club entero.
De haber ocurrido hace unas semanas, probablemente no habría venido desde París para ocupar un puesto como este.
Las ganas que tenía de volver a mi país natal no eran suficiente motivo para lo que se me acababa de venir encima.
Levanté la vista. Si el mundo del fútbol se rigiera por la genética, Sebastian Everton debería estar jugando en otra galaxia.
Tenía el pelo castaño oscuro revuelto, la mandíbula cuadrada sombreada por una barba de tres días y unos ojos grises que en ese momento destilaban una furia tan pura que casi se podía tocar.
Llevaba el chándal oficial del club, negro y plata, pero en sus hombros anchos parecía de alta costura.
Podría decirse que había sido cortado para él.
—La foto parece bastante real, Sebastian —respondí, con los brazos cruzados y apoyándome en el borde de mi escritorio.
Me tocaba ponerle contra las cuerdas para sacarle la verdad, independientemente de lo que dijéramos a los medios—.
Tus tatuajes del brazo izquierdo coinciden, tus pantalones también y. ..
—¡Porque estuve en esa suite, pero no con ella!
—me interrumpió, levantándose del sofá en un solo movimiento.
Dios, era altísimo. Caminó por el despacho como un león enjaulado, pasándose las manos por el pelo—.
Ya se lo he contado al presi. El patrocinador de la marca de relojes organizó una fiesta privada en el hotel.
Me dieron una suite para cambiarme de ropa y descansar sin perder tiempo yendo a mi casa.
Me quedé dormido dos horas por el cansancio del partido del martes.
Esa tía se coló con una tarjeta clonada o vete a saber qué, debió esperar escondida a que me despertara para ir al baño, meterse en mi cama y tomar la foto cuando salí.
Ni siquiera la he tocado. No he cruzado dos palabras con ella en mi puta vida. Lo juro. Es una trampa, me creas o no.
Se detuvo frente a mí, con la respiración agitada. En sus ojos grises no había culpa; había una vulnerabilidad salvaje, la frustración de un hombre honesto que veía cómo una mentira fabricada para monetizar likes y portadas estaba a punto de destruir diez años de carrera impecable.
—Te creo, aunque eso no es lo importante.
Te defendería igual aunque no fuera mentira; es mi trabajo —dije, y mi voz sonó más suave, buscando esa conexión humana tan necesaria en medio del caos—.
Pero a la prensa y a los nuevos inversores de los Emiratos les importa una mierda la verdad, Seb.
El club acaba de cambiar de dueño y el fondo de inversión es extremadamente conservador.
Arthur Pendelton me ha dejado claro el ultimátum antes de que entraras: o limpiamos esto antes del debut en la Champions la semana que viene, o te quitan el brazalete de capitán y te apartan del equipo.
A los inversores les da igual lo que hagas con tu vida mientras la imagen del club sea intachable, aunque a los demás nos parezca excesivamente puritana.
Para ellos es importante no dar dinero a jugadores cuyo comportamiento es «lujurioso» y «lascivo», en sus propias palabras.
Si estuviste con Chloe no es asunto de nadie mientras guardes las apariencias.
Seb se tensó visiblemente. Mis palabras provocaron que clavara sus ojos en los míos con una intensidad que me hizo contener el aliento.
—¡Pero es que no estuve con ella, ni con nadie!
—suspiró dejando caer los hombros, abatido—.
El Kingsford es mi vida —susurró, con la mandíbula apretada—.
No voy a dejar que esa mentirosa me quite lo que me ha costado una vida construir.
Haz lo que tengas que hacer. Demándala, rastrea las cámaras del hotel, demuestra que es una puta encerrona, no sé, lo que sea.
Tenemos que demostrar que yo no soy esa persona, jamás me he comportado así.
—Un proceso judicial tardará meses, Sebastian.
Para cuando demostremos que eres inocente, ya habrás perdido la capitanía y el club habrá dejado de recibir cincuenta millones de libras en patrocinios —me levanté, di la vuelta al escritorio y me coloqué a un par de pasos de él, sosteniéndole la mirada—.
Necesitamos un contraataque inmediato. Una distracción masiva que desmienta a Chloe Hubber sin necesidad de entrar en un juzgado hoy mismo.
La vamos a demandar igualmente, pero ahora necesitamos un plan de choque que pare las habladurías y llegue a oídos de los inversores.
—¿Y qué sugieres? ¿Que salga a decir que soy casto y puro? ¿Que me haga pruebas de… qué? ¿Estrangular a quien la haya dejado pasar a mi suite hasta que confiese? Es indemostrable.
—No. Nada de eso, de momento. Aunque no estoy de acuerdo con el presidente, estoy aquí para contarte el plan que me han impuesto desde arriba, si quiero conservar este trabajo —solté, con los dientes apretados, odiando la idea pero convencida de que era nuestra única balsa de salvamento o, al menos, no se nos había ocurrido nada mejor a corto plazo—.
Según él, necesitas una novia estable y con buena reputación que estuviera contigo esa noche.
Seb parpadeó, procesando las palabras como si le estuviera hablando en arameo.
—¿Perdona? ¿Me estás diciendo qué..? No, no, no. ¿De dónde saco yo a una..? ¿Estáis locos?
—Vamos a emitir un comunicado diciendo que Chloe Hubber es una oportunista y que tú estabas en ese hotel porque habías reservado una cena privada con tu verdadera pareja, aprovechando el evento de la marca de relojes.
Una relación seria, estable, madura, que manteníais en secreto para proteger vuestra intimidad. Alguien a quien la prensa respete.
Seb entornó los ojos, desconfiado, se levantó del sofá y dio un paso hacia mí, recortando mi espacio de seguridad. Olía a un perfume caro y masculino que me golpeó de lleno.
—No tengo novia, Olivia, por si nadie te lo ha dicho. Y la prensa tardaría dos minutos en descubrir que cualquier modelo o influencer que contrate es falsa. Este plan no va a funcionar.
—No va a ser ninguna modelo —aclaré, con el corazón dándome un vuelco salvaje por el riesgo de lo que iba a proponer—.
Arthur quiere que sea yo. Llevo pocos días en Londres, nadie me conoce todavía fuera de los despachos y tengo cierto prestigio en la profesión.
Es creíble que no se haya filtrado a la prensa por vivir en diferentes países hasta ahora, que he vuelto con la intención de formalizar la relación.
Esa es la historia que ha creado Arthur.
—Miré la cara de alucinado de Seb, que no decía nada, y tuve la tentación de largarme en ese momento, ¿qué mierda era todo eso?
, ¿cómo me había metido en semejante lío?
—. La idea es que nos dejemos ver tú y yo juntos, como pareja oficial, durante tres meses.
Eso sí, con un contrato de exclusividad mutua que regule las apariciones públicas medidas al milímetro, fotos, historia común, etc.
Así, conservas tu capitanía, yo salvo mi recién estrenado puesto de trabajo y, en unos meses, anunciamos una ruptura amistosa.
La idea es del jefe, como te he dicho. Eso sí, si tienes algún lío por ahí, tendrías que ponerlo en pausa. ¿Qué me dices?
El silencio que se instaló en el despacho fue espeso, de esos que se te pegan a la piel.
Seb me miró fijamente, analizando cada milímetro de mi rostro.
Esperé que se riera, pero en lugar de eso, una sonrisa ladeada, perezosa y cargada de una ironía descarada empezó a dibujarse en la comisura de sus labios.
—Vaya, Ward. Llevas dos horas en este club y ya quieres meterte en mi cama para salvar la empresa. Eso es lealtad profesional y lo demás son tonterías.
No me esperaba esa respuesta después de ver su cara, casi lívida, momentos antes. Sentí un respingo de calor subirme por el cuello, pero mantuve la barbilla alta. Las mujeres no nos encogemos; nos ponemos los tacones más altos y devolvemos el golpe.
—En tu cama no, Seb. En tu Instagram , en los palcos VIP y, con suerte, en alguna foto robada en salidas nocturnas —le corregí, manteniendo la voz firme—.
Te aseguro que mi cama está perfectamente libre de futbolistas difamados.
Esto es un negocio. Yo protejo el club, tú limpias tu nombre demostrando que esa tipa miente, y yo me apunto el tanto de haber salvado la mayor crisis de la Premier de cara al presi, puesto que nadie más lo tiene que saber.
Él se apoyó contra el borde de mi mesa, tan cerca que podía ver el pequeño recorrido de una cicatriz minúscula cerca de su ceja izquierda.
—Un contrato de tres meses —murmuró, mirándome los labios un microsegundo antes de volver a clavar sus ojos grises en los míos. La tensión se volvió eléctrica—. ¿Y qué pasa si nos pillan, Olivia? El escándalo nos mataría a los dos.
—No nos van a pillar —le aseguré, dando un paso imperceptible hacia él, aceptando el órdago—.
Porque vamos a ser jodidamente perfectos.
Si les damos el cuento de hadas del capitán enamorado de la chica lista, se lo tragarán entero.
Además... es la única forma de que el mundo sepa que no tocaste a esa mujer, porque diremos que yo estaba en esa habitación contigo.
Seb soltó un suspiro, una mezcla de resignación y pura diversión contenida. Extendió la mano derecha hacia mí. Tenía los dedos largos, fuertes.
—Tres meses, jefa. Pero que conste una cosa: si vamos a hacer esto al estilo de los medios de cotilleo, en las fotos vas a tener que mirarme con cara de cordero degollado. Tienes que disimular que no te derrites por mí. ¿Podrás?
Deslicé mi mano en la suya. Su piel era cálida, firme, y el contacto me recorrió la espalda como un escalofrío.
—No te preocupes por eso, Sebastian. Soy una profesional excelente. El problema va a ser tuyo cuando tengas que recordar que todo es mentira y ya no puedas prescindir de mi compañía —le devolví el golpe.
Rompí el contacto físico antes de que mis neuronas empezaran a derretirse, regresé a mi silla giratoria de cuero negro y abrí un documento en la tablet. Me coloqué las gafas que usaba para las pantallas, más como un escudo que por necesidad.
—Bien, Sebastian. Si vamos a jugar a esto, lo haremos con mis condiciones. Regla número uno: nada de contacto físico real fuera de las cámaras. Besos en la mejilla, manos entrelazadas en público y, si la situación lo requiere desesperadamente, un pico. Sin lengua, Everton. No me pagan tanto.
Seb soltó una carcajada por lo bajo, un sonido que vibró directamente en mi estómago.
—Anotado. Sin lengua. Qué lástima, te aseguro que tengo muy buena fama en ese terreno. ¿Cuál es la segunda?
—Regla número dos: transparencia absoluta. A partir de hoy, tu vida privada es mía. Si te tomas una copa, si esa loca te vuelve a escribir... me lo dices. No quiero sorpresas en ninguna red social.
La diversión desapareció por un segundo de su rostro, reemplazada por una intensidad seria.
—Mi vida se resume en entrenar, jugar y ahora, limpiar mi nombre. No habrá sorpresas.
—Perfecto. Y regla número tres —rematé, mientras le daba a imprimir al documento para que lo firmara—.
Nadie, absolutamente nadie fuera de este despacho y de Arthur Pendelton, puede saber que esto es un acuerdo.
Ni tus compañeros de vestuario, ni tu representante.
Si alguien se va de la lengua, el pacto se rompe, yo limpio mi nombre echándote las culpas a ti y tú te quedas sin fútbol. ¿Estamos?
Sebastian se enderezó, rompiendo por fin su postura relajada. Se acercó a mi mesa y se inclinó ligeramente sobre la madera, rodeando prácticamente mi espacio personal.
—Estamos, Ward —susurró, y sus ojos grises brillaron con un desafío ardiente—. Pero te falta una regla. La número cuatro: si nos lo vamos a montar tan bien que el mundo entero se lo va a creer... ten cuidado de no creértelo tú también. No sería la primera vez que alguien se enamora del capitán.
Le sostuve la mirada, sonriendo con toda la ironía de la que fui capaz.
—No te preocupes, Capitán —dije con retintín—. Tengo un defecto de fábrica: me gustan los hombres que no me dan dolores de cabeza en mi horario laboral. Puedes retirarte a entrenar. Tu «novia» tiene que redactar el comunicado.
Seb esbozó una última sonrisa, de esas que rompían corazones, me guiñó un ojo después de firmar y caminó hacia la puerta con ese andar seguro y atlético que volvía locas a las fans. Antes de abrir, se giró.
—Prepárate un vestido bonito para el viernes, Olivia. Te invito a cenar a Mayfair. Nos van a llover los flashes de los mismos medios que me vendieron ayer. Vamos a dar de comer a los buitres.