Capítulo sesenta y tres
Evie
Zumb. Zumb.
Alguien no para de llamar al timbre. Sé que Jeffrey ha salido con amigos y tiene llave.
Solo queda una persona capaz de presentarse en Manhattan a las diez de la noche sin avisar.
Quiero ignorar el timbre, pero está claro que Caroline no piensa irse.
Tendré que hablar con Paul para que haga entrar en razón a su jefa.
Sí, claro. Como si eso fuera a pasar. Paul es tan leal a Caroline como un súbdito a su reina.
Caroline tiene que saber que sigo furiosa. Aunque lo que dijo sobre Marco fuera cierto.
—¡Déjame en paz de una vez! —grito, yendo a zancadas hacia el vestíbulo y abriendo la puerta de un tirón.
Me detengo en seco.
Stephanie está en la puerta, con la cara tan roja como su pelo. Brad parece esconderse en la esquina del pasillo, fuera de la línea de fuego.
—¿Stephanie?
—No me imagino a quién esperabas con semejante bienvenida.
—Lo siento, pensé que eras mi amiga... olvídalo. ¿Qué hacéis aquí?
Steph se muerde el interior de la mejilla.
—Brad y yo estamos de camino a Madrid para nuestra luna de miel. Tenemos una escala nocturna aquí en Nueva York. Pensamos en aprovecharla para, bueno, pasarnos por aquí.
—¿Estás pasando tu luna de miel buscándome?
Debe de interpretar mi tono como más irritado que sorprendido, porque empieza a darse la vuelta.
—Quizá no ha sido la mejor idea.
Brad se acerca sigilosamente, coloca las manos sobre los hombros musculosos de Steph y la hace girarse con suavidad para que vuelva a mirarme.
—Steph quiere hablar contigo de verdad —me dice.
No tengo ni idea de qué va esto.
—Por favor, pasad.
Los hago pasar y se quitan los abrigos. Steph echa un vistazo alrededor.
—Bonito piso.
—Gracias.
—No esperaba nieve.
No soy de las que disfrutan con la cháchara y me dirijo al mueble bar.
—¿Os pongo algo de beber?
—¿Qué es lo más fuerte que tienes?
Parece que Steph y yo pensamos igual.
—Una botella de bourbon de Kentucky. Es lo que me voy a servir.
Brad dice:
—Que sean tres, por favor.
Traigo tres vasos y la botella. Guardo el whisky en casa «por si acaso». Si alguna vez hubo un momento para abrirlo, es este.
Me siento en el sofá de dos plazas de enfrente y caigo en que Caroline fue la última persona en sentarse en el mismo sitio que ahora ocupa Stephanie. Por desastrosa que fuera aquella conversación, esta seguramente será mucho peor.
Sirvo tres chupitos y me bebo uno de un trago. Steph hace lo mismo y luego dice:
—Me han dicho que te llamas Evie Lawson.
—Culpable —digo, y al instante me arrepiento de haber elegido esas palabras con una agente federal delante.
Me relleno el vaso pero no bebo. Necesito mantener la cabeza despejada.
—Antes de que digas nada, necesito disculparme.
Steph suspira.
—Lo siento muchísimo —digo, respirando hondo—. Me avergüenzo de haber mentido... a todos vosotros.
Brad asiente.
—Gracias, eso ayuda.
Nos quedamos en silencio durante un minuto entero. No sé qué más decir.
—Bueno, entonces, si eso es todo...
—Te investigué a fondo —suelta Steph.
—¿Perdona? —digo, sin estar segura de haberla oído bien.
—Mis amigos, los que conociste en la boda...
—Los federales —dice Brad, como si hubiera probado algo asqueroso.
Mis defensas levantan una Muralla China. Hago todo lo posible por mantener la voz serena.
—Los recuerdo.
Steph chasquea la lengua, Brad se remueve en su asiento.
Steph dice:
—Les pedí que investigaran tu historial. Todo.
¿Qué?
Trago saliva de forma audible.
—Define «todo».
—Tus estudios, historial laboral, finanzas, hijos, el motivo de tu divorcio.
Al oírla mencionar a mis chicos, mi instinto maternal está listo para saltar y rugir. Con fuerza.
Quiero protestar por la flagrante violación de mi privacidad. Antes de que pueda preguntar si lo que ha hecho es siquiera legal, Steph dice:
—Necesitaba saber en qué más me estabas mintiendo.
—En nada —digo, hirviendo de rabia.
—Ahora lo sé, pero entonces no lo sabía.
Brad parece querer fundirse con la tela del sofá.
—Que conste que yo no estaba de acuerdo con esto.
Mi atención se centra únicamente en Steph.
—¿Por qué has hecho eso? ¿Qué pretendías? ¿Pensabas arrestarme?
Ante esto, tanto Steph como Brad se echan a reír, pero paran en seco al ver mi cara de furia.
—Ojalá fuera una opción —dice ella.
Me pongo de pie. Es hora de que se vayan. Lo que hice fue estúpido, pero no malintencionado, como la investigación de Steph.
—Adam y yo la cagamos a lo grande, pero lo que tú hiciste...
Steph levanta una mano.
—Investigué tus antecedentes para quedarme tranquila.
Tengo las manos firmemente plantadas en las caderas.
—¿Sobre qué?
—Decirte que vuelvas a Yosemite, que hagas las paces con Adam.
De todo lo que podría haber imaginado que dijera Steph, eso no estaba en la lista.
—¿Cómo dices?
—Adam y yo tenemos un vínculo extraño. Nos peleamos como el perro y el gato y competimos entre nosotros, pero en el fondo nos queremos mucho. Él siempre quiere que sea feliz y yo quiero lo mismo para él.
Trago saliva con dificultad.
—¿Qué me estás diciendo exactamente?
—Yo... —toma la mano de Brad—. Nosotros creemos que Adam y tú estáis hechos el uno para el otro. Aunque seáis compinches. Y a pesar de las malas decisiones de mi hermano, aliarse contigo no fue una de ellas.
Siento que se me humedecen los ojos.
Brad dice:
—Por lo que tengo entendido, si no fuera por tu efecto calmante, puede que Steph y yo no estuviéramos aquí ahora mismo.
Me río por lo bajo.
—No fue nada.
Brad dice:
—Fue todo.
Steph asiente.
Me invade una oleada de emoción.
—Os agradezco mucho que hayáis venido a aclarar las cosas, pero no sirve de nada. Adam y yo somos demasiado diferentes. Para empezar, soy mayor.
Frunzo el ceño.
—Bastante mayor.
—Lo sé —dice Steph.
Por supuesto que lo sabe.
—¿Por qué debería importar eso? —pregunta Steph.
—Estamos en momentos diferentes de nuestras vidas. Yo ya he tenido a mis hijos. Puede que él quiera tener los suyos.
Brad dice:
—Quizás deberías hablarlo directamente con él.
Niego con la cabeza.
—Mi vida está aquí, con mis chicos. Adam nunca querría mudarse a Nueva York.
Probablemente ni siquiera querría venir de visita.
Steph aparta la mirada. Está claro que he tocado un punto insalvable.
—Escucha, no voy a fingir que Adam querría vivir en una gran ciudad lejos de toda la naturaleza que tanto ama. Pero vosotros dos tenéis que hablar. Pase lo que pase.
Decido no mencionar lo dolida que me sentí porque Adam no saliera en mi defensa en la boda. No tiene sentido.
Steph debe de haber notado que hemos llegado a un callejón sin salida. A Brad le dice:
—Lo intentamos.
Brad esboza una sonrisa leve.
—Buena suerte, Evie.
Para mi sorpresa, Steph me pasa un brazo por encima y me abraza. Le doy unas palmaditas en la espalda.
—Sed felices, vosotros dos.
Nos despedimos por lo que parece ser la última vez.