La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo sesenta y dos
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Capítulo sesenta y dos

Adam

Aún está oscuro cuando Zane llega a recogerme. Medio dormido y con resaca, cojo la mochila con el agua y las barritas energéticas y salgo de casa aturdido.

Si Evie estuviera aquí, me habría preparado uno de esos sándwiches enormes de charcutería.

Una vez en el coche, cierro los ojos con la esperanza de echar una buena media hora más de sueño. Los primeros minutos del trayecto transcurren en un silencio maravilloso y empiezo a adormecerme. Hasta que Zane abre la boca.

—¿Puedo hablarte ya o mi voz te suena a taladro? —pregunta Zane en voz baja.

Tengo que reconocer que mi amigo se está portando. Por mucho que odiara la ducha helada de anoche, he conseguido levantarme con apenas un leve dolor de cabeza.

Bueno, muy leve. Abro un ojo. —Adelante.

—Quizá debería esperar a que se te pase el mal humor.

—Buena idea. —Vuelvo a cerrar el ojo.

—Creo que deberías ir a verla.

Se me revuelve el estómago. —¿A quién?

—En serio, ¿a quién? No me creo que tengas tanta resaca, tío.

—No vuelo —digo.

—Haz una excepción. Tienes que hacer un gesto a lo grande.

—¿Y arriesgar mi vida es la manera de hacerlo?

Zane se encoge de hombros. —La humanidad lleva más de un siglo volando. Es mucho más seguro que ir en coche.

He oído esa estadística inútil un millón de veces. La verdad es que llevo tiempo pensando en hacer exactamente lo que Zane me propone, pero...

—Tengo que respetar los deseos de Evie. Ha decidido no hablar conmigo. Presentarme en su puerta podría salir muy mal.

—¿Qué tienes que perder a estas alturas?

—Suenas igual que mi padre.

—Entonces son dos contra uno.

Solo Zane es capaz de convertir una charla sobre mi vida amorosa en una competición.

—Hazlo y punto —dice, como un atleta en un anuncio de zapatillas de marca.

El aparcamiento está casi vacío y Zane aparca en la plaza más cercana al inicio del sendero. Cloud's Rest.

El mismo lugar donde conocí a Evie.

Los primeros rayos del amanecer despuntan e iluminan el cielo.

—Vale.

Zane se vuelve hacia mí. —¿Vale?

Asiento. Zane sonríe y me choca el puño.

Cojo la mochila del asiento de atrás. —En el primer vuelo de mañana.

Los dos nos abrochamos las chaquetas, nos calamos los gorros de lana y estiramos. Mientras empezamos la caminata, a pesar del peso de la mochila a la espalda, me doy cuenta de que por fin me he quitado un peso de encima.