Capítulo sesenta y uno
Adam
Golpeo el vaso de chupito vacío contra la barra de roble con más fuerza de la que quería. —Otro JD, solo. Que sea doble... por favor.
El camarero del Yosemite Sam me lanza una mirada comprensiva y luego se vuelve hacia Zane, que niega con la cabeza.
—Lo siento, tío. Tu cuenta está cerrada.
Parpadeo para despejar la vista, incapaz de enfadarme porque me hayan cortado el grifo. Sé que pasé de mi límite hace varias copas.
Zane le dice al camarero: —Antes de cerrar la cuenta, ¿me pones un expreso doble para llevar?
Cuando se lo sirven, Zane me agarra del codo. —Venga, vámonos, colega. Te llevo a casa.
Zane me ayuda a meterme en el asiento del copiloto y me pasa el vaso. —Bébetelo, tío. Mejor que seguir bebiendo.
De vuelta en mi casa, Zane me mete a la fuerza en la ducha, con la ropa puesta, y abre el agua fría a tope.
Grito. —¡¿Por qué me haces esto?!
—Porque tú harías lo mismo por mí. Corrección, ya lo has hecho. La mejor cura para el mal de amores.
Quince minutos después, estoy en el sofá tiritando, con un viejo pantalón de chándal y una camiseta de los Broncos. Todavía tengo el pelo mojado.
Zane me pasa una segunda taza de café humeante. —Han pasado dos semanas, tío. Es hora de pasar página.
Niego con la cabeza y doy un sorbo con cuidado. —No va a pasar. Es la mujer de mi vida, Zane. Pero se ha ido —digo, y me doy cuenta de que sueno como una canción de Garth Brooks—. La llamé, le escribí. No quiere saber nada de mí. No sé qué más hacer.
Miro por la ventana. Unos copos de nieve empiezan a caer.
Pienso en la mañana después de la boda. Me estaba despidiendo de mis padres mientras mamá evitaba mirarme a los ojos.
Por suerte, los recién casados seguían durmiendo.
Lo último que quería era otro encontronazo con Steph.
Fue entonces cuando un empleado de la boda me devolvió el anillo que le había dado a Evie. Como una patada en el estómago.
Después de darle un beso a mi madre y disculparme por tercera vez, mi padre me acompañó hasta el Honda y me pasó el brazo por el hombro.
—La cagaste, y a lo grande, hijo. Pero dale tiempo. Te perdonará.
No estaba seguro de si papá se refería a Steph o a mamá. Tanto daba. —Claro. Vale —había dicho.
Mi padre me miró a los ojos. —No importa la edad que tenga.
Confundido al principio, caí en que estaba hablando de Evie.
—Ni que tenga hijos mayores. Y a pesar de lo que hicisteis los dos, es alguien especial. Lo que importa es que la quieres.
—¿Tan obvio es?
—Se te nota a la legua, con esa cara de enamorado.
—Gracias, papá. Pero se fue.
Papá me miró preocupado. —¿Dónde está ese espíritu de lucha? ¿Dónde está el tío que compró y vendió varias empresas y las convirtió todas en un éxito?
Se me cayeron los hombros mientras rodeaba el coche y me sentaba al volante.
Mi padre se apoyó en la puerta abierta del conductor. —Nunca te había visto así con nadie. Haz lo que haga falta para arreglarlo.
Lo he intentado. Todos los días, durante dos semanas.
Zane tose y me saca de mis pensamientos. —¿Qué te parece si mañana atacamos el Half Dome?
Miro a mi amigo. Es justo lo que necesito.
Una ruta dura hasta que me sangren los pies y me duela cada músculo del cuerpo.
Lo que sea para olvidar la boda. Para olvidar el imbécil integral que he sido, quedándome ahí plantado sin dar la cara por Evie.
Para olvidar lo destrozado que estaba cuando la busqué detrás del Nordic Center, dispuesto a pedirle perdón y declararle mi amor, y descubrí que ya se había ido.
—Tierra llamando a Adam.
Parpadeo para apartar esos pensamientos otra vez. —No estoy preparado para el Half Dome. Todavía tengo que entrenar más.
—Pues entrenaremos. Te recojo a las seis y media. Mejor vete a la cama. Te hace falta dormir un poco. Mucho.
Gruño y veo a Zane ir hacia la puerta. —Gracias, ya sabes, por...
Zane me levanta el pulgar y, con una sonrisa en los ojos, sale.