Capítulo Sesenta
Evie
Estoy sentada en mi cama, con el portátil apoyado frente a mí y un envoltorio de Häagen-Dazs al lado. Una bolsa vacía de Doritos descansa en el suelo, con algunas patatas desperdigadas entre las sábanas.
Intento concentrarme en el episodio de CSI. Ya he tenido que rebobinar dos veces; solo me doy cuenta de que me he perdido algo importante cuando aparece otro cadáver. Adiós a las comedias. He pasado a series que van con mi estado de ánimo.
Gruesos copos de nieve revolotean frente a la farola de mi ventana antes de caer al suelo y cubrir Nueva York con un manto blanco. Es hermoso y tranquilo. Al menos hasta que el tubo de escape de los coches ensucia la nieve inmaculada y la vuelve negra y mugrienta.
Soy toda una romántica.
Me pregunto si estará nevando en Yosemite.
Deja de pensar en él.
Han pasado diez días desde que volví a casa, abatida y avergonzada. Cuando no estoy atiborrándome de dulces, estoy enviando mi currículum actualizado a bufetes de toda la ciudad. Solo he conseguido una entrevista y no pinta bien. Por lo visto, la discriminación por edad existe.
Quizás me apunte a la asistencia social, engorde veinticinco kilos y me mude a un parque de caravanas. ¿Acaso hay parques de caravanas en Manhattan?
Oigo la puerta del apartamento abrirse y cerrarse.
—¡Ya estoy en casa! —grita Jeffrey.
—¿Qué tal te fue? —grito, aliviada de que por fin haya vuelto de su cita. Ahora puedo dormirme tranquila.
Jeffrey aparece en la puerta de mi habitación, con cara de cansado y algo frustrado.
—Bastante horrible. Se pasó toda la cita hablando de los hábitos de apareamiento de la mantis religiosa.
Recuerdo que la chica en cuestión está estudiando para ser zoóloga. Aun así, me pica la curiosidad.
—¿Mantis religiosa?
—Créeme, mamá, no quieres saber los detalles.
Por lo visto, lo aburrido pesa más que lo guapa e inteligente.
—Lo siento, cariño. Seguro que conoces a alguien especial pronto.
Se pasa la mano por el espeso cabello castaño. Es un joven apuesto, un «rompecorazones», como lo llaman mis amigas. Igual que su padre a esa edad.
También le hace falta urgentemente un corte de pelo, pero no digo nada.
Después de nuestro viaje de vuelta de Colorado, Jeffrey me preguntó si podía quedarse conmigo mientras buscaba un trabajo a tiempo parcial.
Le queda un semestre y lo terminará aquí.
Estoy disfrutando cada minuto de tener a mi niño de vuelta en casa.
Cojo el móvil y pongo la alarma para despertarme temprano. Quiero preparar el desayuno favorito de Jeffrey antes de su primera clase. Tortitas de plátano con pepitas de chocolate.
Jeffrey no se ha movido.
—¿Estás bien? —pregunto, notando su incomodidad. Aunque mis hijos ya son adultos, sigo captando sus estados de ánimo al vuelo.
—Sí, solo me preguntaba si has sabido algo de él.
Él significa Adam. Jeffrey ya lo ha mencionado antes.
Niego con la cabeza.
Frunce el ceño. Es casi como si quisiera que Adam y yo estuviéramos juntos. Pero ese barco ya zarpó.
Lo que no les he contado a mis hijos es que Adam me ha llamado varias veces y he ignorado todas las llamadas, borrando los mensajes sin escucharlos.
¿Para qué? Oír la voz de Adam solo crearía más caos en mi mundo. Mi vida está en Nueva York. Lo del trabajo es cuestión de tiempo. Caeré de pie como siempre.
—Vale. Buenas noches, mamá.
—Que duermas bien.
Cuando Jeffrey cierra la puerta, el móvil vibra y el corazón me da un vuelco.
Pero es Caroline.
—Hola —murmuro.
—Vaya, qué alegres estamos —dice Caroline, que suena totalmente despierta.
—Perdona, es que estoy cansada.
—Ya. Voy para allá.
—¿Qué? No —al darme cuenta de que estoy siendo brusca, añado—: Llevas escayola y me voy a la cama. De hecho, ya estoy en la cama.
—Tengo chófer y muletas. Ponte algo. O no. Estaré ahí en veinte minutos. Cierra el portátil y saca una botella de vino. Tenemos que hablar.
—¿Cómo sabes que estoy con el portátil?
Caroline se limita a resoplar.
Antes de que pueda replicar, Caroline cuelga.
Miro el camisón manchado de chocolate. Ahora tengo que levantarme y cambiarme.
—Genial, estupendo.
Caroline y yo nos saltamos los dos besos, que serían incómodos con las muletas de por medio.
Apoya con cuidado la pierna escayolada sobre la mesa de café y acepta la copa de vino que pidió.
La escayola está cubierta con una malla negra transparente con estrellas doradas brillantes.
Hace juego con el jersey. De alguna manera se las ha arreglado para que su pierna rota resulte elegante.
Bostezo ruidosamente con la esperanza de que pille la indirecta. Di lo que tengas que decir y déjame en paz.
Caroline da un largo sorbo y luego contempla el líquido carmesí.
—No está mal —declara—. Bueno, vayamos al grano.
Paul la había dejado en mi puerta, la había acomodado en el extremo opuesto del sofá y había apoyado las muletas contra la pared antes de marcharse sin decir palabra. Está esperando en el coche, abajo.
—Caroline, te quiero, pero ¿por qué estás aquí a estas horas? —son las diez de la noche.
—Porque no puedo quedarme de brazos cruzados viéndote tirar tu vida por la borda.
Pongo los ojos en blanco.
—Un poco dramático, ¿no crees?
—En absoluto. —Caroline me escudriña con la mirada.
—Entonces, ¿qué tal el Doctor Guaperas?
—No cambies de tema.
Le sostengo la mirada a Caroline. Esto se está convirtiendo en un duelo silencioso.
Caroline suspira y aparta la vista. Punto para Evie.
—Me han dicho que andas alicaída. ¿Adam no ha dado señales de vida?
Jeffrey se materializa detrás del sofá. Ahora cuatro ojos me tienen en el punto de mira.
—Mamá se ha pasado el día comiendo helados y viendo CSI sin parar.
No puedo creer que mi hijo me esté delatando. Le lanzo mi mirada más feroz de «no te atrevas a decir una palabra más».
Se encoge de hombros.
Me pongo de pie y me cruzo de brazos.
—¿Qué es esto, una intervención?
Como nadie responde, dejo caer los brazos, exhalo y empiezo a caminar de un lado a otro.
—Estoy bien.
Caroline sigue mi ir y venir moviendo la cabeza de un lado a otro.
—No estás bien y, por favor, siéntate. Me va a dar tortícolis.
Una creciente sensación de irritación me sube por la columna. Me detengo.
—Jeffrey, ¿podrías dejarnos a solas, por favor? Necesito hablar en privado con Caroline.
Jeffrey parece receloso, pero murmura otro «buenas noches» y se va.
Espero a oír cerrarse la puerta de su habitación y me vuelvo hacia Caroline.
—¿Es por eso que estás aquí? ¿Para darme un sermón sobre Adam, decirme que no tire mi vida por la borda? No fui yo quien lo estropeó todo. Lo hicimos los dos.
Me dejo caer en el extremo opuesto del sofá.
—Solo sé lo poco que me contaste. Pero he diagnosticado la situación.
—Ah, ¿sí?
El rostro de Caroline se vuelve serio y se bebe de un trago el resto del vino.
—Marco te engañó hace dos décadas, Evie. Es hora de darle una oportunidad de verdad a otro hombre.
Se me cae la mandíbula.
—¿De qué demonios estás hablando? Esto no tiene nada que ver con Marco.
—¿No? Un hombre en el que confiabas y creías. Se te quedó el móvil sin batería y cuando llegaste a casa antes de lo previsto, él estaba con otra mujer.
Se me revuelve el estómago. No necesito que me recuerden ese día. Lo tengo tan claro como si hubiera entrado en mi dormitorio la semana pasada y hubiera encontrado a Marco vistiéndose, a una mujer que no conocía de nada riéndose tontamente en mi cama, al menos hasta que me vio allí plantada.
—¿Estás intentando ser cruel o te sale solo?
Caroline se acerca más a mí y me toma la mano.
—No, cariño. Estoy intentando hacerte entrar en razón. Puede que Adam actuara como un idiota con todo el asunto del falso compromiso...
—Y con lo de dejarme tirada.
—Era la procesión de boda de su hermana.
Retiro la mano.
—¿De qué lado estás?
—¿De verdad necesitas preguntármelo?
Se ha encendido la mecha.
—Si no me hubieras obligado a ir sola a ese viaje, nada de esto habría pasado.
Doy en el blanco. El rostro de Caroline se descompone.
—Pensé que te vendría bien vivir un poco. Llevabas una eternidad sin tomarte unas vacaciones como Dios manda.
—Pues esto es lo que pasa cuando vivo un poco, amiga mía. ¡Muchas gracias!
El dolor en el rostro de Caroline casi me parte el alma.
—Escucha, estoy cansada. Te agradezco el gesto y tu... preocupación, pero no es lo que necesito.
Caroline traga saliva con dificultad y se muerde los labios.
¿Por qué no me está plantando cara?
Porque me he pasado de la raya. Me regaló unas vacaciones con todos los gastos pagados por mi cumpleaños y yo le estoy gritando.
Tengo las emociones a flor de piel. Pero después de que me haya recordado la infidelidad de Marco, no me sale pedirle perdón.
Caroline pulsa algo en el móvil y en los minutos siguientes ninguna de las dos habla, hasta que Paul vuelve a mi salón y le entrega las muletas.
Caroline cojea hasta la puerta y cruza el umbral, hablando con más suavidad de la que le creía capaz.
—Cuando te calmes, hazte dos preguntas. ¿Es Adam de los fieles?
No quiero insistir, pero no puedo evitarlo.
—¿Cuál es la segunda pregunta?
Caroline se vuelve hacia el ascensor.
—¿Cómo te sentirás si no vuelves a verlo nunca más?
En cuanto Paul cierra la puerta, echo el cerrojo. Se me escapa un sollozo. Y de pronto me estoy derrumbando por completo.