La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo cincuenta y nueve
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Capítulo cincuenta y nueve

Evie

No hemos dicho ni una palabra desde que salimos del Nordic Center, cuando mis chicos me abrazaron entre los dos y me sacaron de allí. Que su llegada desencadenara algo horrible no se les escapa.

Los invitados con los que me crucé en la carrera hasta el coche bajaban la vista o me lanzaban miradas incómodas. No tenía sentido esperar para despedirme de Adam. Su familia está rota por las mentiras. Por mi culpa.

Me giro para poder mirar a mis dos hijos a los ojos.

—Chicos, me alegro muchísimo de veros. Da igual lo que acabe de pasar ahí atrás.

—¿Estás bien? —pregunta Jeffrey, preocupado.

En vez de contestar, pregunto:

—¿Qué hacéis vosotros dos aquí?

Me vuelvo hacia Jeffrey, que debería estar en Roma.

—¿Tu padre está bien?

—Sí.

Me quedo helada.

—¿Caroline?

—Todos están bien, mamá —dice Jeffrey—. Hemos venido a darte una sorpresa de cumpleaños.

Daniel se gira para mirarme y pregunta con cara de póquer:

—¿Te sorprendimos?

El silencio llena el coche. Y entonces me echo a reír, y las lágrimas que había estado conteniendo me corren por las mejillas como ríos.

—Sí, cariño, desde luego que sí.

Daniel dice:

—No pensábamos que Caroline pudiera guardar un secreto.

—¿Caroline sabía esto?

—Claro —dice Jeffrey—, fue idea suya.

Típico de ella. Caroline siempre fue de las que montan un gran espectáculo. Con la pierna rota y sin poder moverse, reclutó a mis hijos como emisarios. Seguro que pensó que sería el cincuenta cumpleaños más memorable de la historia. No se equivocaba.

Jeffrey pregunta:

—¿Era ese el tipo que te gusta? ¿El tío musculoso?

—Ya no importa.

Mis hijos parecen consternados.

Tras unos segundos de silencio, Daniel deja el GPS y habla.

—La fastidiamos de verdad. Tuviste un cumpleaños importante y ni siquiera te felicitamos.

Baja la mirada.

—Lo sentimos mucho, mamá.

Jeffrey asiente.

—Cuando no cogías el teléfono, me entró el pánico.

—Yo también —admite Daniel—. Llamé a Caroline. Cuando ella tampoco consiguió localizarte y vio que habías ido de California a Colorado, se ofreció a pagarnos el viaje para venir a comprobar que estabas bien de verdad.

Sus caras hacen que se me caiga el alma a los pies. He sido la causante de tanta preocupación y angustia. Steph y Brad, Anna y Ari, mis chicos.

Yo misma.

Soy un desastre andante.

La imagen de Adam con su esmoquin, mudo de asombro al quedar al descubierto, me llena la mente. Lo pillaron desprevenido igual que a mí. Pero se mire como se mire, dejó que yo cargara con las culpas.

Es hora de pasar página.

Les tiendo una mano a cada uno.

—Vosotros dos sois lo mejor que tengo. Venid aquí.

Los tres nos apretujamos por encima de la consola en un abrazo incómodo.

—Sois los mejores hijos que una madre puede desear —digo con la voz ahogada y ronca.

Cuando nos separamos, Jeffrey dice:

—No después de lo que acabamos de hacer en esa boda.

—Vosotros no hicisteis nada. Ese desastre lo provoqué yo. ¿Lo entendéis?

Jeffrey dice:

—No del todo.

No tengo ni idea de cómo explicar todo esto. Pero lo intento.

—A ver, la cosa es así. Le debía un favor a Adam, uno grande. Devolvérselo fue, digamos, una mala idea. Al principio era divertido. Nadie saldría herido. Solo estaría ayudando a un nuevo amigo.

Mis chicos me escuchan con toda su atención.

—Pero las mentiras siempre acaban saliendo a la luz. A veces en el peor momento posible.

Como segundos antes de que la novia recorra el pasillo.

—¿Lección aprendida? —dice Daniel sin pizca de sarcasmo.

Es surrealista oír a mi hijo usar la misma frase que yo les suelto cuando meten la pata. Me río entre lágrimas.

—Sí, una lección muy grande.

Cojo el móvil de Daniel, pulso «Iniciar» en las indicaciones y se lo devuelvo.

—Venga, chicos, volvamos a casa.