Capítulo cincuenta y ocho
Adam
Desde mi asiento en la primera fila, recorro con la mirada a los invitados, buscando desesperadamente a Evie. Mi mente está en cualquier parte menos aquí.
Mamá me da un codazo en el brazo.
—Yo, Brad, te tomo a ti, Stephanie, como mi legítima esposa, para amarte y quererte...
Desconecto una vez más.
Evie estaba justo detrás de mamá y de mí, pero no entró por el pasillo. No sé si fue a petición de Steph o por decisión propia de Evie, pero de cualquier manera, debe haber sido terriblemente vergonzoso para ella quedar en evidencia delante de toda mi familia.
Estaba tan sorprendido como todos los demás cuando aparecieron los hijos de Evie.
La procesión de la boda se detuvo en seco, la música se interrumpió, Brad echó a correr por el pasillo en dirección contraria.
Quería explicarles a todos que toda la farsa era culpa mía, producto de mi interminable estupidez.
Pero todo sucedió tan rápido. No hubo tiempo de controlar la situación.
Pensé que había contemplado todos los escenarios. Excepto aquel en el que los hijos de Evie aparecieran de improviso en la boda.
Mi madre me ha lanzado la mirada asesina dos veces desde que nos sentamos; mi padre me dedicó un fugaz ceño fruncido de decepción antes de recomponer su expresión afable de siempre. Nunca había sentido tanta tensión por parte de mi familia.
Me giro, intentando ver detrás de mí. Evie no está.
¿Cómo se fueron las cosas al traste tan rápido? ¿No fue ayer cuando bailábamos todos juntos, tan contentos?
Tampoco logro localizar a los hijos de Evie, aunque no deberían ser difíciles de ver. Aunque sé que ya no son niños, al ver a dos tipos atléticos, ambos más altos y corpulentos que yo, caigo en la cuenta de que Evie es madre de hombres hechos y derechos.
Ahora Steph y Brad se besan mientras todos vitorean a los recién casados. De alguna manera, me perdí los votos de Steph. Estaba distraído. Al menos Steph casi ha vuelto a ser ella misma. La Steph de siempre, con su estrés contenido, perdidamente enamorada de Brad.
Mamá tira de mí para que me levante y, junto con los demás, aplaudo mientras la feliz pareja recorre el pasillo de vuelta y entra en el albergue.
—Disculpa, mamá.
Anna se pone en jarras.
—¿Adónde vas?
—Hay algo que tengo que hacer.
—Si ese algo va a causar más caos en esta boda, no lo hagas.
Me trago la réplica. Tiene razón.
—Mensaje recibido.
Espero a que los demás entren, donde las mesas están dispuestas para un almuerzo de gala. Luego tomo el sendero que hay detrás del edificio.
«Por favor, que esté ahí».
Zane diría que estoy delirando. Y tendría razón.
Porque Evie no me está esperando.
Deseo desesperadamente declararle mi amor, suplicarle que me perdone por arrastrarla a mi plan descabellado. Rogarle que se quede conmigo. Que me deje colmarla de amor.
Me desplomo contra la pared trasera del albergue y me cubro la cara con las manos.
Evie se ha ido.