La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo cincuenta y siete
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Capítulo cincuenta y siete

Evie

—¿Jeffrey? ¿Daniel? —digo con voz ronca.

Anna alterna la mirada entre los chicos y yo. —Ronna, ¿qué está pasando?

—Eh...

Adam interviene, con el rostro pálido como un fantasma. Aprieta la mano de su madre una vez más. —Nos toca a nosotros. Seguro que podemos resolver esto después.

Da otro paso adelante, pero su madre se planta en seco, con la mirada clavada en mí.

Desde atrás, oigo pasos apresurados. Steph emerge de las profundidades de la sala, con su padre pisándole los talones.

Parece una princesa. Una princesa muy enfadada.

Sus mejillas están casi tan rojas como su cabello llameante.

Mira a Jeffrey y Daniel, y luego se dirige a Adam y Anna.

—¿A qué viene la demora? Os toca a vosotros.

Ari toma la mano de su hija y le da unas palmaditas. —Tranquila, cariño. Seguro que todos están un poco nerviosos.

Steph señala a su hermano. —¿Ves? Te dije que el ensayo era importante y tuviste que perdértelo.

Otra ronda de Aquí viene la novia.

Los invitados vuelven la mirada expectante hacia la puerta.

Ari dice con calma: —Anna, Adam, Ronna, sigamos adelante.

Los ojos de Steph se clavan en Jeffrey y Daniel. —¿Quiénes son estas personas?

La música se detiene. Por lo visto, hay un límite de veces que pueden tocar la melodía antes de que resulte raro.

Brad viene ya de vuelta por el pasillo hacia nosotros, con el rostro teñido de confusión y preocupación. Los invitados empiezan a murmurar.

Jeffrey le dice a Daniel: —Creo que mamá está en estado de shock.

Daniel se ríe al ver mi expresión. —Parece que sí la sorprendimos. —Choca los puños con su hermano.

Steph, Anna y Ari observan con interés nervioso.

—Chicos, quizá sea mejor que me esperéis fuera —digo.

Brad se une al grupo, observando la escena. —¿Qué pasa aquí?

Steph se coloca junto a Brad, como si estuvieran formando equipos y ella eligiera alejarse de los demás. Me mira fijamente. —Por lo que veo, estos hombres son los hijos de Ronna.

Brad frunce los labios. —Vale. Así que Ronna tiene hijos de los que no sabíamos nada. ¿Es motivo para parar nuestra boda?

Jeffrey frunce el ceño. —Mamá, ¿por qué te llaman Ronna?

Es como inspirar sin poder soltar el aire. Todos contienen la respiración. Una larga pausa y entonces a Steph se le enciende la bombilla. —¡Lo sabía!

Si yo soy un ciervo deslumbrado por los faros, Adam es un alce. Un Bullwinkle silencioso, inútil y con los ojos desorbitados.

Daniel y Jeffrey por fin captan que algo serio está pasando y se marchan. Daniel dice por encima del hombro: —Estaremos en la puerta principal.

Algunos invitados se han puesto de pie. Un grupo se congrega cerca, captando todos los detalles jugosos que pueden.

Steph se planta delante de Adam. —No puedo creer que hayas caído tan bajo —sisea—. Es el día de mi boda.

Anna, Ari, Steph y Brad me rodean. O al menos eso parece. Como si estuviera en un ritual wiccano y yo fuera el sacrificio.

Me sorprende ver a Adam apartado, con la vista clavada en sus zapatos relucientes y el ceño profundamente fruncido.

Trago saliva con dificultad; las mejillas me arden de vergüenza.

—Lo siento —dice Adam por fin. Me mira a mí, no a Steph ni a Brad.

—¿Lo sientes? —chilla Steph—. ¡Tengo a una desconocida de dama de honor! —Se le humedecen los ojos. Me señala con el dedo—. Sea cual sea su verdadero nombre.

Adam aprieta los labios. —¿Me dejas que te lo explique?

Anna levanta una mano. —Basta, vosotros dos. Esto lo hablamos luego. —Baja la voz y se dirige a su hija con calma—. Cariño, todos te esperan para que recorras el pasillo en tu boda. Sobre todo tu novio.

Brad asiente, aturdido.

A Steph se le escapa una lágrima, y me siento como la peor persona del planeta.

—Cierto —dice—. Esta es mi boda.

Respira hondo, cierra los ojos y se recompone. En un instante, la ira hirviente de Steph se ha transformado en tristeza. Esboza una sonrisa forzada que me parte el corazón.

La arpista se acerca. —¿Va todo bien?

Anna le dice algo en voz baja a la mujer, que se apresura a marcharse.

Brad le coge la mano a Steph. —¿Estás lista para casarte ya? ¿Por favor?

Steph asiente.

La música comienza. Los invitados vuelven a sentarse.

Brad vuelve a su lugar en la pérgola. Esta vez, cuando Anna coge del brazo a Adam, su postura es rígida como una tabla. Adam no me ha mirado ni ha dicho una sola palabra en mi defensa. La verdad es que no tengo defensa.

Los veo recorrer el pasillo lentamente.

Si había alguna duda de si debía marchar detrás de ellos, se disipa cuando Ari y Steph pasan junto a mí sin que ninguno de los dos me mire.

Soy invisible. Persona non grata.

Desde donde estoy, ya no puedo ver la expresión entristecida de Steph, solo su cola de encaje que ondea tras ella con la brisa.

Brad sonríe de oreja a oreja mientras su novia se acerca.

Espero hasta que Steph besa a su padre y se une a Brad bajo la pérgola, con las manos entrelazadas, mientras el juez de paz observa con lo que parece un alivio absoluto.

Dejo mi ramo de flores y le entrego rápidamente el anillo que llevo puesto a un asistente, dándole instrucciones precisas. Salgo del salón con mis dos hijos flanqueándome como guardaespaldas mientras me escabullo avergonzada.