La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo cincuenta y seis
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Capítulo cincuenta y seis

Evie

Miro por la ventana las hileras de sillas blancas cubiertas de satén, cuidadosamente alineadas en el amplio césped. Con un cielo cerúleo sin nubes y un bosque de coníferas que empieza en el límite de la propiedad, es un día espectacular para una boda.

El albergue del Nordic Center es elegante y rústico a la vez, y mientras Steph y Brad posan para las fotos, los invitados conversan en voz baja en el interior, con copas de champán en la mano.

Una arpista toca suavemente en un rincón de la sala.

Acepto un canapé del camarero de esmoquin que sostiene una bandeja de aperitivos.

Encontré una estilista en la ciudad que me recogió el pelo en un moño bajo suelto.

Cuando volví al hotel, me puse el magnífico vestido verde esmeralda ceñido a las caderas que me esperaba en el armario.

Con un ligero brillo, el vestido cae justo por encima de mis nuevos zapatos de tiras. Soy Cenicienta en el baile.

Apenas he visto a Adam en todo el día. Ya se había levantado del sofá y había salido cuando me desperté, aturdida.

A pesar del ouzo y el baile hasta tarde, tardé mucho en dormirme.

Pasé las primeras horas de la madrugada dándole vueltas a lo que Adam planeaba decirme hoy.

De nada sirvió saber que dormía a pocos metros de mí.

Los recuerdos de sus besos sensuales me daban vueltas en la cabeza sin dejarme conciliar el sueño.

El deseo de acercarme a él de puntillas y acurrucarme en silencio entre sus brazos persistió hasta que por fin me quedé dormida.

Lo he visto dos veces, un borrón en blanco y negro, entrando y saliendo de la cocina del catering. Está claro que anda ocupado cumpliendo todos los deseos de Steph. O sus exigencias.

La novia es única, sin duda. Me pregunto cómo se conocieron ella y Brad. Steph encontró en Brad el yang de su yin, lo que me recuerda el dicho: para cada roto hay un descosido. Me propongo preguntarle a Adam sobre la historia de la pareja cuando surja la oportunidad.

—Hola, Ronna, koukla mou.

No sé cómo no me había dado cuenta de que Anna había llegado. La frase griega que ha usado es, bueno, griego para mí, pero por el tono, sospecho que es un término cariñoso.

—Hermoso, ¿verdad? —pregunta Anna, abarcando la sala con un gesto.

Su cabello negro azabache ahora está completamente liso; su vestido, aunque del mismo tono de verde que el mío, es mucho más atrevido, con un escote pronunciado.

Con grandes pendientes colgantes, anillos en cada dedo y los ojos muy maquillados, parece la Cher de los años setenta.

—Tiene que haber una palabra mejor que hermoso —digo.

Anna me sonríe.

—Pues esa palabra te la podríamos aplicar a ti.

—Gracias —respondo, conmovida por sus amables palabras.

—No es solo el vestido, que es precioso. Es el amor en tus ojos cada vez que miras a Adam. Resplandeces. Es la misma forma en que mi hijo te mira a ti, Ronna.

No puedo evitar que se me suban los colores a las mejillas.

¿Tendrá razón Anna sobre los sentimientos de Adam? Una madre siempre lo sabe.

Solo pensarlo hace que el corazón me dé un vuelco.

—¿Estás lista? —pregunta Anna, cogiéndome del codo.

—¿Lista?

—Fotos de familia, y luego nos colocamos para la procesión.

—Eh, no sabía que iba a salir en las fotos.

Anna se ríe.

—Pues claro que sí, cariño. Eres de la familia.

Me guía hacia la salida y salimos al césped. Todos los Demetrius están allí, incluido Adam.

Me cruzo de brazos para protegerme del frío de finales de octubre.

—Entrarás en calor enseguida —dice Anna—. El sol de Colorado pega fuerte.

Siento la mirada de Adam sobre mí y, efectivamente, entro en calor.

Este hombre diabólicamente guapo, enfundado en un esmoquin de corte impecable, me está sonriendo.

Un fotógrafo con dos asistentes revoloteando cerca indica al grupo dónde colocarse y cómo posar. Steph y Brad están en el centro, la familia de Brad a un lado, los Demetrius al otro. Me encuentro encajada entre Anna y Adam, que me tiene la mano firmemente apoyada en la cintura.

La idea de aparecer en el centro del álbum de bodas me hace estremecerme por dentro.

De algún modo, parece más grave que haber asumido el papel de dama de honor.

Lo que estoy haciendo está mal. Pero a estas alturas estoy demasiado metida.

Ya no hay vuelta atrás. Con suerte, algún día Steph y Brad me perdonarán.

Adam se inclina y me susurra al oído; su aliento me hace cosquillas en la mejilla.

—Estás preciosa.

Vuelvo a sentir que el calor me invade por dentro. No es el fuerte sol de Colorado.

—He encontrado un lugar tranquilo detrás del albergue —dice Adam en un susurro apenas audible, con voz suave como la seda—. Búscame allí después de la ceremonia. Tenemos que hablar.

Se me pone la piel de gallina.

—Allí estaré.

Cuando termina la sesión de fotos, los que van a desfilar por el pasillo ocupan sus puestos en el interior. Los invitados empiezan a llenar las sillas.

Brad y sus padres esperan nerviosos delante de los dos hermanos de Brad y las gemelas, que llevan cestitas de pétalos de rosa. Luego Adam y Anna, yo, y por último Steph y Ari.

Una vez que todos se acomodan, el cuarteto empieza a tocar y Brad y sus padres avanzan lentamente por el pasillo. Brad ocupa su lugar bajo la pérgola florida. Luego las niñas echan a andar, esparciendo pétalos rosados de sus cestas sobre la alfombra blanca del pasillo.

Desde atrás, veo a Anna apretar la mano de Adam. El sencillo gesto de cariño me hace desear ser de verdad parte de esta maravillosa familia.

Mientras observo a madre e hijo dar un paso adelante, percibo un revuelo detrás de mí. Probablemente invitados que llegan tarde.

Pero algo no cuadra. Conozco esas voces.

Con un nudo en el estómago, me doy la vuelta y se me cae la mandíbula.

—¡Sorpresa, mamá!

Anna mira hacia atrás y posa en mí su mirada confundida.

—¿Han dicho mamá?

Mis dos robustos hijos vienen hacia mí con caras rebosantes de alegría.