La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo cincuenta y cinco
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Capítulo cincuenta y cinco

Evie

Hace años que no me divierto tanto. Los bailes tradicionales griegos y el lanzamiento de platos son increíbles. Mareada, tropiezo, y Brad me ayuda a mantener el equilibrio, lo que me hace reír, gracias en gran parte a los licores con sabor a regaliz que me han dado a probar. Varias veces.

Los invitados se van marchando poco a poco, alegando que necesitan dormir bien antes de la boda. Cobardes. Es una excusa especialmente débil dado que los novios siguen de fiesta. A la una de la madrugada, solo queda la familia más cercana. Y eso, a todos los efectos, me incluye a mí.

Son una familia ruidosa y cariñosa. Me imagino a mis chicos encajando a la perfección, haciendo el tonto con ellos.

Adam está bailando al otro lado del círculo, riéndose a carcajadas de algo que Anna le grita al oído. Con la cara roja y radiante, está guapísimo. Que siga soltero es un milagro.

Suspiro, recordando la calidez de su abrazo mientras bailábamos. Por loco que parezca, se está convirtiendo rápidamente en uno de los momentos más felices de mi vida.

No estoy acostumbrada a estos sentimientos irracionales. Soy una mujer sensata y una madre de fiar. Pero desde que conocí a Adam, me he convertido en alguien que se arriesga de forma espontánea. Y me gusta.

Antes de que cambiara la música, se estaba preparando para decirme algo importante. Algo sobre nosotros.

Nosotros. No debería haber un nosotros.

Hay muchas cosas que resolver. Pero no en este momento. Analizaré la situación hasta la saciedad después de la boda. No estoy en condiciones de hacerlo ahora. Porque ahora estoy achispada y noto cómo mis inhibiciones se desvanecen.

Cuando la banda anuncia la última ronda, tomo asiento y observo abiertamente a Adam mientras da una última vuelta por la pista de baile, con el pelo al viento y la frente húmeda de sudor.

Lleva la camisa desabrochada y la usa como si fuera una chaqueta. Quizá quitársela del todo sería pasarse de la raya para él. Qué pena. Pero aun así tengo una vista increíble de su pecho fuerte y reluciente. Me limpio la barbilla por si estoy babeando.

—Los ojos aquí arriba, señorita —me dice Adam divertido, y se señala los ojos con dos dedos.

Me ha pillado mirando. Como una mujer sedienta que ve un vaso de agua bien frío.

Me pongo roja como un tomate.

—¿Te estás divirtiendo? —pregunta mientras se seca la frente y se acerca.

—El. Mejor. Momento. De. Mi. Vida.

La sonrisa que me dedica me derrite por dentro.

Anna y Steph se acercan.

—Que paséis buena noche, vosotros dos. Nos vemos el gran día.

Me da un beso en la mejilla y Steph me aprieta la mano.

—Gracias de nuevo. Ya sabes, por los ánimos.

Cuando los demás se han ido, Adam y yo subimos en el ascensor a nuestra habitación.

—Sobre la cama...

—Yo dormiré en el sofá.

Eso ha sido rápido.

Su rápida oferta me provoca una punzada irracional de decepción.

—Gracias —murmuro.

Mis sentimientos son un lío tremendo. No deseo nada más que estar cerca de Adam. El casi beso en la piscina, el beso por Facetime en su cocina que pareció más real que la realidad, el ardiente beso en el hotel de Salt Lake City. Y el baile de esta noche.

¿Era todo actuación de método? ¿Adam metiéndose de lleno en el papel de prometido enamorado? Mi instinto me dice lo contrario. O es un actor digno de un Óscar o...

Él también lo siente.

Hay algo intenso entre nosotros, una reacción química. No, es más profundo que eso. Es auténtico. Y sin embargo.

No quiero volver a salir herida.

Sin ninguna razón que pueda explicar, los recuerdos de aquel día, hace años, me asaltan de golpe.

Volver a casa temprano del trabajo. La batería muerta de mi teléfono.

Entrar en casa con una bolsa de comida china en una mano y el maletín en la otra.

Otra mujer saliendo de mi dormitorio, con el pelo revuelto y el pintalabios corrido.

Mi marido paralizado en el sitio, de cuya boca solo salió un patético «Oh».

Al salir del ascensor, Adam me mira preocupado.

—¿Estás bien?

—Mmhmm —consigo decir, e intento recuperarme lo antes posible.

Estamos en la puerta cuando pregunto:

—¿Qué querías decirme antes en la pista de baile?

Un destello de esperanza me recorre.

Adam frunce los labios.

—Puede esperar hasta mañana.

Y entonces me dedica esa sonrisa suya tan gloriosa y sexy.

Parece que mañana va a ser un Gran Día en más de un sentido.