La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Cincuenta y Cuatro
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Capítulo Cincuenta y Cuatro

Adam

Evie está en mis brazos, acurrucada contra mi pecho. Canto en voz baja al ritmo de la música. Ojalá este baile no terminara nunca.

De alguna manera, en cuestión de días, Evie ha conseguido traer luz y alegría a mi vida. Nunca me había sentido tan en paz con una mujer. Incluida Daphne, la que me hizo huir del compromiso durante mucho más tiempo del que nadie habría querido. Yo incluido.

Cuando conocí a Daphne en Las Vegas, la primera tarde de una convención de tres días, se mostró distante.

A la mañana siguiente, algo había cambiado.

Estaba pegada a mí como una lapa: aparecía en cada uno de los talleres a los que asistía y se sentaba en mi mesa a la hora del almuerzo.

No era estúpido. Estaba claro que se había enterado de mi fortuna.

Aun así, el último día de la conferencia, cuando me pasó su número, me sentí halagado. Era guapa y una mujer de éxito.

Al principio, la relación fue emocionante: asistíamos a eventos laborales y benéficos, salíamos a cenar y hacíamos alguna escapada de fin de semana. Mi madre y mi hermana no fueron nada sutiles y dejaban caer indirectas sobre propuestas, bodas e incluso bebés cada vez que hablaban.

Con el tiempo, sin embargo, me di cuenta de lo poco que Daphne y yo teníamos en común, desde las metas en la vida hasta los intereses. Las cosas se habían vuelto... cómodas. Y aun así, seguí ahí. Una combinación de inercia, presión y el no querer hacer daño a Daphne me mantuvo en la relación.

Todo eso cambió en un restaurante de dim sum en Los Ángeles, el último día de un largo fin de semana para celebrar nuestro primer aniversario de novios.

Estaba saliendo del baño de hombres cuando escuché a Daphne hablando por teléfono a través de las finísimas paredes del baño de mujeres.

Estaba llamando a alguien «cariño» en un tono que creía reservado solo para mí.

—Acabo de pasarme la tarde gastando a lo loco con su tarjeta de crédito en Rodeo Drive. Compré algo que te va a encantaaaar.

Continuó describiendo la lencería de encaje con todo detalle.

—En serio, cariño, Adam es tan idiota y despistado...

En cuanto salió del baño, corté con ella. Pero Daphne no se marchó sin más. Hizo todo lo posible por ponerme a parir ante mis amigos e incluso ante mis compañeros de trabajo.

Me dejé engañar por una cara bonita.

Desde entonces he hecho todo lo posible por no cometer el mismo error. Todo aquel episodio me alejó del compromiso.

Hasta Evie.

Casi caerme por el borde de un acantilado fue cosa del destino, el universo mandándome un recordatorio brutal de que la vida es corta. Prefiero ver el incidente casi mortal como una ofrenda de paz cósmica que llegó en la deliciosa forma de una preciosa abogada de Nueva York amante de la naturaleza.

Evie empieza a tararear la música, sacándome de mi ensoñación.

Aspiro el aroma de su champú, recreándome en la sensación de tenerla en mis brazos.

Todavía no puedo creer que aceptara toda esta farsa y viniera conmigo en coche hasta Colorado.

La boda es mañana y, gracias a Evie, todavía se celebrará.

Descubrió cómo conectar con Steph, una hazaña de proporciones hercúleas.

La canción está terminando. Este es el momento.

El momento perfecto para compartir mis verdaderos sentimientos. Para decirle que ya no estoy fingiendo.

—¿Evie?

Levanta los ojos hacia los míos con un destello de miedo, comprobando si alguien me ha oído.

—Ronna.

Me sonrojo y me río, nervioso.

—Ronna.

Su rostro resplandece de calma y felicidad, reflejando lo que siento. Tengo el corazón a punto de estallar.

—Estos últimos días contigo han sido increíbles. Sin lugar a dudas, ha sido el mejor momento de mi vida.

Deja de moverse. Tengo toda su atención.

—¿En serio?

Asiento con la cabeza, más nervioso de lo que he estado en mi vida.

—Estaba pensando que, tal vez, si estás dispuesta, tú y yo podríamos...

Antes de que pueda terminar la frase, la música cambia de golpe y me arrastran, arrancándome a Evie de los brazos.

—¡Opa! —grita mi padre mientras me arrastra el baile bullicioso. El cambio repentino me descoloca.

Pero no hay nada que hacer. El kalamatianos, el baile tradicional griego de bodas, ha comenzado.

El resto de la noche transcurre entre bailes, risas y tragos de ouzo. Por decepcionado que esté con la interrupción a destiempo, Evie se deja llevar, intentando seguir los pasos de mamá.

Por lo visto, Steph quería empezar con el repertorio tradicional antes de la boda. Típico de mi hermana, la mujer que lleva acosándome para que siente la cabeza, ser la que me fastidia el plan.

Mientras levanto los pies al ritmo del baile, me doy cuenta de que hay un momento y un lugar mucho más románticos para decirle a Evie que estoy enamorado de ella.

Mañana. En la boda.