Capítulo cuarenta y nueve
Evie
La habitación del Grand Colorado tiene una alfombra lujosa y abundante madera. Una estética completamente diferente a la del hotel en Salt Lake City. Dejamos las maletas junto a la única cama. Otra cama.
Mis pensamientos vuelven a la noche pasada.
La sensación de Adam a mi lado, su aliento en mi cuello.
Sus labios devorando los míos. La atracción entre nosotros es una auténtica fuerza de la naturaleza.
Sacudo la cabeza para apartar el recuerdo y contemplo la vista panorámica de las montañas por la ventana.
—Mírame, por favor —dice Adam.
No lo he mirado a los ojos desde la última parada, hace trescientos kilómetros. Dudo, y luego intento desviar la conversación.
—Steph parece simpática.
—¿Por favor?
Me giro y veo preocupación en sus ojos, y algo más. Algo que no logro identificar.
—¿Qué está pasando en esa cabecita tan bonita?
Trago saliva. La extraña situación de anoche no parece molestar a Adam en absoluto.
—Tengo que decirte algo.
Ladea la cabeza y sonríe.
—Qué curioso, yo también.
Lo observo. Hay algo diferente en Adam. Está más tranquilo, más relajado. Parece feliz.
Y está tremendamente sexy. El pelo le cae justo por encima de los ojos. Su mandíbula luce una barba de varios días muy atractiva. A mi pesar, no puedo evitar devolverle la sonrisa.
Alguien llama a la puerta, seguido de un grito alegre.
—¡Daos prisa ahí dentro!
Adam sonríe de oreja a oreja, corre hacia la puerta y la abre de par en par.
—¡Hola, papá!
Un hombre vestido con un elegante traje de rayas diplomáticas y cuello abierto aparece en el umbral.
Sus patillas, antaño negras, ahora tienen reflejos plateados.
Me recuerda a un Cary Grant en su madurez.
Salvo por la ropa, es la viva imagen de Adam dentro de treinta años. Envuelve a su hijo en un abrazo de oso.
—¿Cómo estás?
—Bien, bien —dice Adam, con el rostro radiante de satisfacción.
El padre de Adam se vuelve hacia mí.
—¿Quién es esta encantadora criatura?
Adam rodea los hombros de su padre con el brazo.
—Ronna, te presento a mi padre, Ari. Papá, esta es Ronna, la mujer a la que amo.
Me quedo paralizada. Las palabras suenan tan sinceras. No la mujer con la que voy a casarme, sino la mujer a la que amo.
Ari me toma la mano y, al más puro estilo Cary Grant, la besa. Es elegancia de la vieja escuela.
—Bienvenida a la familia, Ronna. Me alegro mucho de conocerte por fin. Y si me lo permites, te pido disculpas tanto por la visita inesperada de mi esposa a Yosemite como por lo que probablemente os espera de parte de las mujeres Demetrius este fin de semana.
Hay que reconocer que lo dice con genuino pesar.
—Aprendí hace mucho que cuando a mis chicas se les mete algo en la cabeza, intentar razonar con ellas es predicar en el desierto.
Me río.
—No pasa nada. Seguro que todo sale bien. Steph y Anna parecen tenerlo todo controlado.
—¡De eso no hay duda! Venga, vosotros dos. Os veo abajo.
Cuando Ari se marcha, le pregunto a Adam:
—¿Qué era lo que querías decirme?
Mejor eso que confesarle que pienso volver a Nueva York en cuanto acabe el fin de semana.
Adam frunce los labios.
—Puede esperar. Steph me matará con sus propias manos de lagartija si no bajamos antes de que sirvan el foie gras.
Señala el gran armario de madera.
—Puede que quieras echar un vistazo.
Abro el armario.
—¡Dios mío!
Dentro hay todo un guardarropa de alta costura.
—¿Cómo...?
—Digamos que Steph es muy meticulosa. Después de conocerte, mamá calculó tu talla y Steph se encargó de que trajeran esta ropa.
—No sabía que podía permitirse Dolce mis dedos se deleitan con el satén sedoso.
Quizás deba replantearme las cosas una vez más.