La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo cuarenta y ocho
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Capítulo cuarenta y ocho

Evie

Permanezco en silencio durante casi todo el trayecto.

Paramos dos veces a repostar y picamos algo en un puesto agrícola en Grand Junction.

Cuando llegamos a Breckenridge y el sol se oculta tras la magnífica cordillera, encuentro consuelo en el cielo teñido de púrpuras y rosas.

No está mal como distracción. Y la necesito desesperadamente.

Este cumpleaños redondo me ha hecho perder la cabeza. La revelación me golpea de lleno. Tanto que dejo escapar un gemido.

—¿Todo bien? —pregunta Adam, con un deje de preocupación en la voz.

Murmuro que sí. Necesito pensar.

A la izquierda, un río estrecho fluye sobre un lecho rocoso. Un puente peatonal sacado de un cuento de hadas, con cestas colgantes repletas de flores de colores, cruza el agua.

—Agua de deshielo de los picos nevados —dice Adam.

Asiento sin volverme a mirarlo.

Si Adam nota que me comporto de forma distinta, no lo demuestra. Tardo los primeros ciento sesenta kilómetros en superar la vergüenza de haberme insinuado a él, atontada por las pastillas, en el hotel. En la cama. ¿Qué clase de mujer cree que soy? ¿Qué clase de mujer soy?

Soy una madre de cincuenta años. Una abogada respetada. ¿Cómo puedo comportarme de forma tan irresponsable?

Y sin embargo, desde que aterricé en Yosemite, fue como si me hubiera despojado de todas esas identidades que había mantenido durante años.

Claro, fue liberador, esa sensación de estar libre de las rutinas y expectativas de siempre.

Pero asumí un riesgo tras otro. En los senderos de montaña y con Adam.

Quizás soy anticuada, un anacronismo. Pero nunca he sido de las que se comportan como lo he hecho estos últimos días. Si me hubiera quedado en Nueva York, negándome a dejar que Caroline me convenciera de ir sola... Tal vez todavía tendría mi trabajo y mi cordura.

El coche sube una pendiente empinada hasta que llegamos a un gran letrero. Grand Colorado.

Es como una llamada de atención. Hemos llegado.

Adam detiene el Honda frente al extenso complejo al pie de la montaña de esquí. Ahora solo debo concentrarme en convencer a la familia Demetrius de que soy Ronna, la devota prometida de Adam.

Pero ya he tomado una decisión, no hace falta darle más vueltas. Cuando termine el fin de semana de la boda, volveré a casa, a Nueva York, a buscar otro trabajo, uno en el que no esté Adam. Volveré a mi vida normal y responsable. De una vez por todas.

Nada más entrar Adam y yo en el vestíbulo, una belleza pelirroja con un vaporoso vestido de organza azul se abalanza hacia mí con el entusiasmo de un cachorro de golden retriever.

—¡Dios mío, Dios mío!

Mi crisis existencial de mediana edad tendrá que esperar. Dejo caer el bolso al suelo, preparándome para el impacto. Antes de que pueda apartarme de su trayectoria, la mujer, atlética y llena de energía, me abraza con fuerza, cortándome la respiración.

—¡No puedo creer que seas real, Ronna!

Adam aparta a su hermana de mí.

—Tranquila, Steph, se está poniendo azul.

Stephanie retrocede y me evalúa. Su mirada se desvía hacia Adam con un destello de sorpresa y vuelve a mí.

—Eres preciosa —dice.

Me toma la mano y admira el anillo de compromiso.

—A la abuela Bess le encantaría que llevaras su anillo.

Me quedo sin palabras. No es que tenga oportunidad de hablar. La hermana pequeña de Adam consume todas las palabras y todo el aire respirable. Me recuerdo que la mujer tan alborotada también es agente federal.

—Hola, Stephanie, es un placer conocerte como es debido.

Una sonrisa divertida cruza los labios de Steph.

—Perdona por el ataque sorpresa. Es que estoy muy emocionada. Siempre quise una hermana.

Anna emerge de un pasillo cercano vestida con un traje pantalón naranja brillante, un tono no muy distinto del llamativo color de pelo de su hija.

Sus tacones de punta repiquetean sobre el parqué.

Unos pendientes pesados le tiran de los lóbulos.

No sabría explicar por qué, pero el conjunto me resulta entrañable.

—Es verdad. Steph me suplicaba que le diera una hermanita —dice, saludándonos con besos en las mejillas—. Me alegro de verte otra vez, Ronna.

Anna me cae bien. Es divertida, atrevida y elegante a su manera, fuera de lo común.

Además, está más cerca de mi edad que Adam.

En otras circunstancias, quizá seríamos buenas amigas, contemporáneas.

Curiosamente, tanto Anna como Steph parecen tomárselo con naturalidad a pesar de la evidente diferencia de edad entre Adam y yo, la mujer que creen que va a casarse con él.

Me pregunto si yo sería tan comprensiva si la situación afectara a uno de mis chicos.

Adam le pregunta a Stephanie:

—¿Dónde están papá y Brad? Quiero saludarlos y presentarles a Ronna.

—Se están vistiendo —dice, echando un vistazo a su reloj—. ¡Uy! La cena empieza en media hora.

Señala a Adam con el dedo.

—No llegues tarde.

Adam parece exasperado.

—Acabamos de llegar y necesitamos arreglarnos. Vamos a llegar tarde.

Steph hace un puchero. Me imagino que es la misma expresión que le ponía a su hermano mayor cuando eran pequeños. Si estoy interpretando bien la situación, Steph es la princesita mimada que tiene a todos comiendo de su mano.

Antes de que Steph pueda replicar, Anna se la lleva.

—Vamos, a ver si el catering ha hecho lo que pediste.

Y así, Adam y yo nos vamos a buscar nuestra habitación.