La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo cuarenta y siete
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Capítulo cuarenta y siete

Adam

El tráfico fluye sin problemas a lo largo de los innumerables kilómetros de carretera.

El último coche que vi pasó hace al menos cinco minutos, a toda velocidad en dirección contraria.

Llevamos buen ritmo y llegaremos a Breckenridge antes del atardecer.

Pero no me importaría que la carretera no terminara nunca. Tengo a Evie a mi lado.

Me siento listo para el gran engaño y creo que Evie también. Con suerte, mis padres y Steph estarán entretenidos con otras cosas cuando lleguemos al hotel.

Evie mira por la ventanilla, perdida en sus pensamientos. Tarareo Don’t Stop Believin’ de Journey, que suena bajito en la radio.

Es un milagro que pueda mantener los ojos abiertos. Gracias al cielo por la bebida energética extrafuerte que me tomé en nuestra primera parada. No entiendo cómo meten tanta cafeína en una botella tan pequeña. El corazón me palpita por el subidón alucinante, la mente a toda máquina.

Desde el momento en que decidí meterme en la cama con Evie, apenas he dormido.

Sobre todo después de que saliera del baño con su camiseta de tirantes de encaje.

Al principio, pensé que estaba soñando o quizá alucinando.

Espectacularmente femenina, con esos brazos y piernas tonificados y esas ondas sueltas y salvajes que le llegaban justo por debajo de los hombros, Evie era una visión.

Tenía los ojos entrecerrados. Como una sonámbula, se metió en silencio en la cama a mi lado y se acurrucó contra mí. El deseo casi me volvía loco. Pero algo no cuadraba.

Era como si Evie estuviera bajo los efectos de algo.

¿Se habría bebido una botella de vodka cuando yo no miraba?

Una vez más, Evie se quedó dormida en segundos.

Sin embargo, cada vez que conseguía deslizarme hasta el borde de la cama, ella se acercaba más, como si su cuerpo hubiera tomado el control mientras dormía.

Cuando casi me caigo, me quedé quieto, incluso cuando Evie apoyó la cabeza en mi pecho, y acepté mi destino: una noche sin pegar ojo.

Las pocas horas que quedaban de madrugada las pasé entre mirar al techo, intentar distraerme con problemas del trabajo y alguna que otra cabezada.

Cuando Evie por fin se despertó y se giró para mirarme, la expresión de sorpresa en su rostro me confirmó que había hecho bien en no seguir mis impulsos.

Me sostuvo la mirada con esos ojos increíbles y soñadores, sus palabras coherentes. Aunque las usara para preguntarme cómo habíamos acabado en la cama juntos. Su nueva lucidez hizo que mis frenos autoimpuestos saltaran por los aires.

Fue entonces cuando sucedió.

El beso.

En el momento en que nuestros labios se encontraron, se levantó un velo y todo se volvió nítido.

Diferente de nuestro primer beso alucinante en mi cocina.

Aquel, por espectacular que fuera, había sido una actuación.

Esta vez fue auténtico. Lo que empezó como una farsa para engañar a mi familia se había vuelto real.

Quería gritarlo a los cuatro vientos allí mismo. Decirle cuánto quiero estar con ella, hablar con ella, abrazarla, besarla.

Amarla.

Un momento, ¿amar? ¿De dónde ha salido eso?

Amor, amor, amor.

La palabra resuena con fuerza. Con el mantra todavía dando vueltas en mi cabeza, la euforia ahuyenta el agotamiento.

Me da igual que sea mayor. Ni lo más mínimo. Es cariñosa, inteligente, guapa y le encanta la naturaleza. Saca lo mejor de mí. Despierta la pasión en mí.

Miro a Evie, todavía pensativa. ¿Estará pensando lo mismo?

Qué va. Es una locura siquiera considerar algo así de alguien a quien conocí hace días, y mucho menos decirlo en voz alta.

Pero necesito decirle lo que siento. En el momento adecuado. Cuando no la asuste. Lo que, obviamente, descarta hacerlo aquí, en mi viejo Honda, en una carretera desierta.

Encontraré el momento adecuado durante el fin de semana. Un momento romántico. Para decirle que me estoy enamorando perdidamente de ella. Enamorándome.

El pensamiento me anima y una amplia sonrisa se dibuja en mi cara.

Bob Marley empieza a sonar en la radio. Canto bajito con él.

Todo va a salir bien.