Capítulo cuarenta y seis
Evie
Fuegos artificiales estallan ante mis ojos y hasta el último pensamiento se desvanece de mi mente.
¿Estoy soñando?
Gimo mientras estiro los dedos de los pies. Llevo besando a Adam lo que parece un día entero, aunque probablemente sean cinco minutos alucinantes. Abro los ojos. Solo quedan jirones de una neblina persistente, como de droga.
Los ojos gris azulados de Adam me sonríen.
—Buenos días, preciosa... Ronna.
Oír el nombre de otra mujer en boca de un hombre que está en mi cama me devuelve de golpe a la realidad. Me aparto, aferrándome a la sábana, y me incorporo con la espalda contra el cabecero.
Adam capta al instante el cambio en el ambiente.
—¿Estás bien?
—¿Qué haces en mi cama? —pregunto con voz ronca, todavía adormilada. Puede que suene un poco acusadora.
Adam frunce el ceño, confundido.
—Sé que estabas muy cansada anoche, pero ¿no te acuerdas?
Me muerdo el labio, sin saber qué responder. Si hicimos algo íntimo, ¿no lo recordaría? ¿Le haría daño decirle que no tengo ningún recuerdo?
—No te acuerdas —dice esta vez como una afirmación.
Niego con la cabeza.
—Vaya.
—Anoche me equivoqué de pastillas. Dos somníferos fuertes.
Es como si se le encendiera una bombilla. Adam se ríe.
—Bueno, eso lo explica todo. Apenas podía mantenerte en pie.
No sé qué pensar de su despreocupación. Al menos no parece ofendido.
—Eh, ¿nosotros...?
Una vez más, Adam parece pillar lo que quiero decir. Se pone serio.
—No, Evie. Aunque me habría encantado. Pero de una cosa puedes estar segura: cuando lo hagamos, no lo olvidarás.
Cuando lo hagamos. ¡Ha dicho cuando!
Estoy eufórica, aunque de repente me siento cohibida. ¿Cuándo fue la última vez que me teñí el pelo? ¿Se me notarán más las arrugas de tan cerca?
Noto que me ruborizo, lo cual es absurdo teniendo en cuenta que ya estoy en la cama casi sin ropa y acabo de besar a este hombre. Durante cinco minutos maravillosos.
—¿Qué pasó, entonces?
Adam se aparta el remolino de la frente y se apoya en un codo.
—Hubo un error con la reserva. Solo tenían una habitación para nosotros. Apenas podías mantenerte en pie. Decidí por mi cuenta que nos quedáramos en lugar de buscar otro hotel. Te desplomaste nada más llegar a la habitación.
Señala el espacio escueto a nuestro alrededor.
—Como puedes ver, aquí no hay muchos muebles, y mucho menos una segunda cama. Así que o dormía en el suelo, en la bañera o en la cama.
Es extraño no recordar absolutamente nada.
—Ya veo. Hiciste bien. Pero...
Se incorpora y se sienta a mi lado.
—¿Qué pasa?
—¿Dónde está mi ropa?
Adam parece contener una sonrisa.
—Si mal no recuerdo, en algún momento de la noche murmuraste algo de ir al baño. Cuando volviste llevabas... menos ropa. Y luego te acurrucaste contra mí.
Estoy mortificada. Me prometo a mí misma tirar las pastillas que quedan.
Adam dice:
—Para ser justos, supongo que yo también me acerqué durante la noche. Lo siento.
Parece cualquier cosa menos arrepentido.
—¿Y el beso?
—¿Qué quieres que te diga? Tengo a una mujer preciosa en la cama conmigo, que de repente se despierta con los labios a un milímetro de los míos. Al fin y al cabo, soy humano. Lo siento, otra vez.
Esta vez soy yo quien contiene una sonrisa.
—Vale, se acabó el interrogatorio. Gracias por, ya sabes, no...
Adam frunce el ceño.
—Yo nunca...
—Lo sé —susurro.
Nos miramos fijamente un momento. Las ganas de volver a besarnos como antes son intensas. Ese beso medio dormida fue de los que no se olvidan. Si no salgo de la cama, es probable que nos quedemos aquí todo el día.
—¿Puedes darte la vuelta, por favor? —le pido. Una petición tonta, teniendo en cuenta que ya me ha visto en ropa interior dos veces; la primera, flotando en su piscina. Pero hace lo que le pido.
Localizo mi bolsa, encuentro lo que busco y corro al baño a darme una ducha que me hace mucha falta y a lavarme los dientes. Ojalá lo hubiera hecho en mi delirio de anoche.
Cuando salgo, Adam entra a asearse. Después de dejar la habitación, desayunamos en el comedor del hotel, un espacio elegante con camareros enguantados. Sirven tortillas francesas en porcelana fina y zumo recién exprimido en copas de cristal.
Adam es todo un enigma. Un hombre de montaña con gustos de champán.
Todavía no son las ocho de la mañana cuando nos ponemos en marcha de nuevo, con dos cafés humeantes para llevar en los portavasos.
Adam arranca el motor del Honda.
—Siguiente estado: Colorado.