La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo cuarenta y cinco
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Capítulo cuarenta y cinco

Evie

Con los ojos cerrados, me remuevo. Algo agradable me retiene en esta cama tan cómoda. Me acurruco más y noto movimiento detrás de mí. Un cuerpo cálido.

Abro los ojos de golpe y me muevo para evaluar la situación. Estoy en posición de cuchara, la de dentro, para ser precisa. Un aliento suave me calienta la mejilla. Noto el brazo musculoso que me rodea la cintura. No hay duda de que es de Adam.

Vaya.

Al menos hay una sábana que me cubre. Pero no tengo claro cuánto. Me da demasiado miedo atreverme a mirar debajo. Con cuidado de no alterar el statu quo, deslizo los dedos por debajo, aliviada al notar los bordes de mi camisola y mis pantalones cortos. Mejor que nada.

Me estrujo el cerebro para recordar qué pasó.

Tahoe, hamburguesas, paseo en barca, un viaje muy largo.

Entonces caigo en la cuenta.

Las pastillas.

Quería tomar dos comprimidos de ibuprofeno. Después de tantas horas en el coche, me dolía la espalda y busqué las pastillas en el bolso. Dado mi estado actual, tengo que asumir que lo que me tomé fueron las pastillas para dormir de Caroline.

Caroline me las ofreció una semana antes de nuestro vuelo. La idea era dormir bien en el avión y llegar a Yosemite con las pilas puestas. Debí de coger el frasco equivocado. Una pastilla podría tumbarme. Dos serían como un Rohypnol.

Adam se mueve y me quedo inmóvil.

¿Qué hicimos anoche?

Quizá pueda escabullirme de debajo de él, ir de puntillas al baño, vestirme y luego actuar como si todo fuera normal.

Eh, no. Seguro que Adam sabe todo lo que pasó. Lo último que recuerdo es que estaba perfectamente sobrio.

Una franja estrecha de luz solar se filtra entre las cortinas.

Parpadeo rápidamente mientras miro alrededor. Todo es blanco. Las paredes, la alfombra, las sábanas.

¿Por qué estamos siquiera en la misma habitación?

Necesito respuestas. Y solo una persona las tiene. Lentamente, me giro para mirar a Adam, y me sorprende ver que tiene los ojos bien abiertos.

Sonríe.

—Hola.

Tiene el pelo revuelto. Le hace mucha falta un afeitado. Huele intensamente a hombre y... todo lo que nos separa es un centímetro de aire. Me está mirando el labio inferior.

Las preguntas se me atascan en la garganta.

Es entonces cuando Adam baja la cabeza despeinada.

Y me besa.