La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Cincuenta
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Capítulo Cincuenta

Adam

Me ajusto los puños de la camisa y tiro de los bordes de la chaqueta, sin poder evitar el nerviosismo. Ya no estoy acostumbrado a ir de etiqueta. Si no fuera por mi hermana y el atribulado novio, Brad, no llevaría traje ahora.

Incluso en las reuniones de la junta directiva, llevo una camisa impecable y vaqueros de diseño ajustados. Soy un hombre de montaña de pies a cabeza. Reservo los trajes y las corbatas para las ocasiones más especiales.

Nunca he sido el típico hermano mayor sobreprotector. Ni la personalidad de Steph ni la mía encajan en ese estereotipo. Pero por insufrible que pueda ser Steph, también es generosa, inteligente y divertida. Al menos cuando quiere.

El comedor privado es a la vez sencillo y elegante, con arrimadero de madera y techos altos.

Varias jóvenes bien peinadas con vestidos a juego —claramente las damas de honor— deambulan por la sala, lanzando miradas furtivas a los hombres que bromean en el lado opuesto.

Me recuerda a esas películas ambientadas en la época victoriana donde las debutantes llevaban carnés de baile, felices de ser cortejadas por los hombres más elegibles del condado.

—Hola, cariño —dice mamá, enderezándome la corbata—. Qué elegante estás... y feliz.

—Gracias. Lo estoy. Feliz, quiero decir.

En realidad, he estado dedicando la mayor parte de mi energía mental a darle vueltas a cómo y cuándo compartir mis sentimientos con Evie. Miro hacia la puerta y me doy cuenta de que la estoy buscando, como una paloma mensajera.

Hogar.

Es la primera vez que pienso en una mujer en esos términos. Pero eso es exactamente lo que siento cuando estoy con Evie. Como en casa.

La tengo fatal, pienso, sonriendo para mis adentros.

Mi madre también mira hacia la puerta.

—Es maravilloso verte enamorado, cariño. Me alegro de que hayas encontrado a la indicada. Aunque Ronna sea...

Se me eriza el vello de la nuca.

Como un guardia de tráfico, levanto la mano.

—Mamá, como ya te dije, no me importa la diferencia de edad. Por favor, no vuelvas a sacar el tema.

Mamá frunce los labios.

—Iba a decir, aunque viva en la Costa Este.

Debidamente reprendido, estoy a punto de disculparme cuando mamá añade:

—Quiero decir, claro, me habría encantado que nos dieras a papá y a mí algunos nietecitos.

Vuelvo a ponerme tenso, molesto por haber pensado que esta vez sería diferente.

Mamá baja la voz.

—No me digas que nunca has querido tener hijos propios.

Tener hijos algún día siempre ha sido algo que he tenido presente. Pero Steph está decidida a tener una prole. Ser el tío Adam podría bastarme.

Me doy una bofetada mental. Me estoy yendo por las ramas. Nada de esto es real.

Intento mantener el tono bajo control, pero la irritación se me escapa.

—¿Podemos aparcar este tema por el momento?

Mamá descarta mi comentario con un gesto de la mano, como si tuviera una réplica lista en los labios.

Y por eso no comparto mi vida amorosa con la familia.

Juicio. Con J mayúscula.

Como si fuera una señal, veo cómo Steph y Brad se separan de dos jóvenes cuyos trajes negros cuadrados, cortes de pelo reglamentarios y ademanes vigilantes gritan a los cuatro vientos: ¡Federales!

Deben de ser los nuevos compañeros de trabajo de Steph.

Brad lleva una mano apoyada suavemente en la espalda de Steph mientras caminan hacia mamá y hacia mí.

Delgado como un junco, Brad nunca fue el tipo de hombre que nadie habría esperado ver con mi hermana ruidosa y de fachada dura.

Con sus gafas de pasta al estilo Mad Men, Brad es el hombre más ecuánime que he conocido.

Aun así, en un combate de lucha libre, Steph lo tumbaría en un abrir y cerrar de ojos.

Le doy a Brad un abrazo de colegas.

—Enhorabuena, colega —digo—. Gracias por darnos a los hombres de la familia la posibilidad de ser mayoría.

—Encantado de ayudar —dice Brad.

Steph tira de la mano de Brad.

—¡Que empiece la fiesta!

Mamá señala hacia la puerta.

—Mira.

Dirijo la mirada hacia la puerta y se me cae la mandíbula.

—Parece Cenicienta en el baile —dice mamá.

Es justo lo que estoy pensando.

Evie está en la entrada, recorriendo la sala con la mirada.

Sé que me está buscando, pero quiero aprovechar los pocos segundos antes de que me vea para contemplarla.

Es una visión con un vestido color crema sin mangas que le sienta como un guante; la tela brilla mientras se mueve bajo la araña de luces.

Lleva el pelo recogido con algunos mechones sueltos enmarcándole el rostro. Luce pendientes de diamantes y sandalias de tiras. Resplandece como una diosa.

Y entonces me ve, y una sonrisa gloriosa florece en sus labios como un capullo que se abre. El corazón me da un vuelco de alegría.

Amo a esta mujer.

La necesidad de decírselo es abrumadora.

Como a cámara lenta, Evie se desliza hacia mí. Tiene porte, irradia una confianza natural. Está a gusto consigo misma. Y qué piel. Bronceada, tonificada. Besable.

Cualquier malestar momentáneo que las palabras de mi madre me hayan causado se desvanece en un latido cuando Evie llega hasta mí. La beso suavemente en los labios y el corazón me da un salto cuando ella me devuelve el beso. Se siente tan real.

Cuando se aparta, Evie me lanza una mirada inquisitiva, como si intuyera que el beso no era solo para guardar las apariencias.

—Estás magnífica —le susurro al oído.

—Gracias. Tú también estás muy guapo.

—Hacéis una pareja encantadora —dice mamá, dirigiéndose a mí. Capto un tono de disculpa en su voz.

Brad sonríe, pero Steph parece estar... evaluándome. No pasa nada. Estoy seguro de que lo único que ve mi hermana es a su hermano con su cariñosa prometida.

Mamá dice:

—Vamos a sentarnos. ¿Estás listo, Adam?

Evie me lanza una mirada curiosa.

La rodeo con el brazo por los hombros, disfrutando de tenerla tan cerca. —Me han pedido que diga unas palabras en la cena de ensayo.

Nos perdimos el ensayo propiamente dicho, pero esta es mi penitencia.

Steph se hace eco de las palabras de su madre. —Sí, ¿estás listo, Adam?

—Nací preparado —respondo.

Mientras guío a Evie hacia nuestros asientos en las primeras filas, rodeados de familiares y amigos, el discurso es lo último que tengo en la cabeza. Solo puedo pensar en cómo encontrar un momento a solas con mi preciosa cómplice.