Capítulo Cuarenta y Tres
Adam
Nuestras únicas paradas son para repostar y usar los servicios. Sería un viaje nocturno aburrido si no fuera por los pensamientos que me consumen.
Evie dejándose caer en mis brazos mientras llevábamos el barco de vuelta al muelle. Su estremecimiento bajo mi contacto. Todo mi cuerpo se estremece, incluso ahora.
El Capitán nos estaba esperando cuando desembarcamos. Le conté lo del vino y le di una generosa propina.
—Que sean muy felices, los dos —dijo.
Ojalá.
Ya me angustia pensar en el momento en que Evie vuelva a casa.
Las horas en Tahoe han sido maravillosas. Pero el deber me reclama.
Me detengo en la gran entrada del hotel y apago el jazz suave que suena en la radio. —Bienvenida a Salt Lake City, Ronna —digo, tratando de sonar animado.
—Ducha y cama —murmura Evie.
Sé que es mejor no intentar hablar con ella.
Ambos estamos agotados. Y noto que le duele la espalda por el largo viaje.
Al coger la salida, se tomó un par de pastillas y se quedó callada.
Después de una buena noche de descanso, ambos estaremos llenos de energía, listos para terminar el viaje a Colorado.
El aparcacoches coge las llaves del coche y casi hace una mueca ante el Honda, como si fuera una monstruosidad que afea la fachada del lujoso edificio. Sospecho que aparcarán el vehículo bien lejos de la vista del público.
Evie y yo seguimos a un botones que arrastra un carrito con nuestras maletas hasta el mostrador de recepción. Evie parece sonámbula, con los ojos a medio cerrar.
Suelos de mármol reluciente y madera brillante en abundancia adornan el vestíbulo. Doy mi nombre al recepcionista.
—Bonito lugar —susurra Evie, con un ojo cerrado.
Le paso un brazo por los hombros, sobre todo para mantenerla en pie. —Solo lo mejor para mi prometida.
El recepcionista me entrega una tarjeta llave. —Están en la habitación ochocientos cuatro. Que disfruten de su estancia.
Miro la única llave. —¿La otra habitación está cerca?
El recepcionista frunce el ceño. —¿Qué otra habitación?
—Reservé dos habitaciones.
La mirada del hombre pasa de mí a Evie y luego teclea furiosamente. —Lo siento mucho, señor. Debe de haber habido algún malentendido. Solo tenemos una habitación reservada a su nombre.
—No hay problema, reservo otra ahora mismo.
—No lo entiende, señor. Estamos completos.
Evie suelta un bostezo tan enorme que le veo las amígdalas.
—Necesito dormir —murmura. Está claro que no se entera de lo que está pasando.
No tiene sentido buscar otro hotel con dos habitaciones. Evie está a punto de desplomarse. Le digo al recepcionista: —Nos las arreglaremos.
Subimos en el ascensor hasta el octavo piso. El botones abre la puerta de la habitación y me entrega la llave. Le doy una propina a cambio y observo cómo la puerta se cierra tras él.
La habitación es lujosa y minimalista. Un armario, una mesita de noche. Una cama.
—Llámame por la mañana —dice Evie, y se deja caer en la cama con los ojos cerrados.
—Pero...
Antes de que pueda explicar, Evie ya está profundamente dormida.
Me quedo de pie a los pies de la cama mientras el pánico se apodera de mí e intento idear un plan de acción.
Echo un vistazo a la habitación austera y queda claro que no hay opciones viables. Tomo una decisión que espero no lamentar.