La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Cuarenta y Dos
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Capítulo Cuarenta y Dos

Adam

Apago el motor en medio del lago. Las olas tranquilas ondulan bajo Divine Denise, meciendo el barco suavemente. Unas cuantas embarcaciones salpican las aguas a nuestro alrededor.

El cabello de Evie ondea al viento, con los ojos cerrados como si se concentrara en cada uno de sus sentidos.

El frío del aire, el olor del agua, el sonido del águila que chilla mientras planea sobre nosotros.

Al final, el largo viaje ha sido una buena decisión por varias razones, y no la menor es haberle dado a Evie la oportunidad de recuperarse.

Parece más relajada que en cualquier momento desde que la despidieron.

Aprovecho para disfrutar de la vista. No del lago ni de las montañas que lo rodean, sino de Evie. Es una belleza natural. No entiendo mucho de mujeres, pero puedo notar que apenas lleva maquillaje.

Si esto es lo que son los cincuenta, me apunto.

Intento imaginarla como madre, mimando a sus hijos. Me cuesta visualizarlo.

Debe de notar que la observo, porque me devuelve la mirada.

El ruido del motor nos ha impedido hablar hasta ahora.

—¿Tienes fotos de tus hijos?

Evie parece sorprendida por la pregunta.

—Por supuesto. ¿Por qué?

—Me ayudaría a imaginar otra parte de tu vida.

La sonrisa de Evie me calienta el corazón. Pasa las fotos en su móvil y se acerca más. Me enseña una foto suya con un vestido rojo intenso que se ciñe a sus curvas. Dos jóvenes apuestos con esmoquin están a cada lado, sonriendo.

Evie señala.

—Ese es Jeffrey, a la derecha, y Daniel, a la izquierda. Se están pellizcando a mis espaldas —dice con cierta alegría en la voz.

—¿Dónde la tomaron?

—En la gala benéfica anual de mi amiga Caroline. Su marido dejó un legado cuando murió. Una fundación con buenos fondos para ayudar a niños con necesidades especiales.

—Encomiable. ¿Caroline es la amiga que iba a venir contigo a Yosemite?

—Así es.

Me inclino y abro la gran nevera blanca que tengo al lado, con la esperanza de encontrar lo que imagino que hay dentro.

Evie pregunta:

—¿Buscas chalecos salvavidas? No te preocupes, no te empujaré por la borda.

Me imagino a los dos tomados de la mano, saltando al lago, gritando a todo pulmón.

Saco una botella de Pinot noir, dos copas y un sacacorchos.

—Bingo. Le daré al capitán Saul una buena propina.

—Para ti el dinero no es problema, ¿verdad?

La pregunta es retórica. Descorcho la botella y sirvo para los dos. Brindamos.

—Por nuevas aventuras —dice, y da un sorbo.

—¿Cómo está la pierna de Caroline?

—Se pondrá bien. Supongo que su médico será su próxima víctima.

—¿Perdón?

—Cuando Caroline le echa el ojo a alguien, es solo cuestión de tiempo antes de que él sucumba a sus encantos. Claro que, primero tendría que decidir volver a la carga.

—Parece una mujer interesante.

—Es todo un personaje.

—Me encantaría conocerla algún día.

Evie sonríe.

Le hago un gesto para que se acerque.

—Toma los mandos.

—¿Yo?

Evie se pone a mi lado.

—No sé pilotar un barco.

—Yo te enseño.

Dejamos las copas a un lado y me coloco justo detrás de ella. Pongo mi mano sobre la suya mientras empujamos el acelerador hacia delante.

—Suave y despacio —le susurro al oído.

El viento arrecia y siento que Evie se estremece.

Me pego más a ella para darle calor. Y juro por Dios que se derrite contra mí.

Aspiro el tenue aroma de su cabello, con los labios a un suspiro de su cuello.

Se me aflojan las rodillas. Pero me mantengo firme, sin mover un músculo, deseando que pudiéramos quedarnos así hasta el amanecer.