La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo cuarenta y uno
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Capítulo cuarenta y uno

Evie

Estamos sentados juntos en el muelle de madera, con las piernas colgando del borde.

Noto un cambio en Adam. Está más callado, perdido en sus pensamientos.

Cuando me desperté, mientras los hilos de mis sueños se desvanecían y contemplaba la vista gloriosa a lo lejos, me pregunté por qué vivo donde vivo cuando existen lugares como este.

Quizá sea el entorno sereno, pero prácticamente puedo sentir cómo mi presión arterial alcanza un nuevo mínimo. El lago tiene un tono fascinante entre azul y verde, y refleja las extensiones de pinos que lo rodean. Un balandro navega cerca, con la vela mayor tensa por el viento.

Entre nosotros hay una bolsa de comida para llevar y dos vasos de té helado.

Le doy un mordisco a la hamburguesa y el jugo se escurre por los lados, sin mancharme los vaqueros por un pelo.

—Oh, vaya, está buenísima —logro decir. No solo estoy durmiendo más, sino que el apetito se me ha disparado. No puedo parar de comer.

—Te lo dije.

—Nunca voy a caber en mi vestido.

Me detengo al caer en la cuenta. —Oh, no, no tengo vestido.

Y si pronto voy a formar parte de la familia, necesitaré un vestido del color adecuado. Llegamos poco antes de las festividades. No hay tiempo para ir de compras.

—Ya está solucionado.

Aunque aliviada, no estoy segura de qué significa eso. Espero que quien lo haya solucionado haya añadido un par de centímetros a mis medidas de cintura. Adam me mira. —Vas a estar despampanante.

Me sonrojo. —Gracias... cariño.

Adam se queda paralizado a mitad de mordisco. Después dice: —Estás interpretando el papel.

Sonrío. —Sí. ¿Qué tal lo hice?

—Convincente.

Aparta la mirada.

Me doy cuenta de que quizá toda esta farsa también le resulta confusa a él. Me limpio la boca con las servilletas que encuentro en la bolsa de comida. —¿Cómo conoces tan bien Tahoe?

—Solía venir aquí cuando estaba en la universidad. Trabajaba de camarero en los complejos turísticos.

—Has recorrido un largo camino desde entonces.

Adam rasga un paquete de kétchup con los dientes y lo exprime sobre su caja de cartón con patatas fritas. —Sin duda. Pero no siempre fue fácil. ¿Una patata?

—Venga —digo, saboreando lo salado.

—Estaba obsesionado con mi aplicación —dice Adam mientras termina de comer—. Se apoderó de mi vida durante la mayor parte de mis años universitarios. Incluso cuando estaba aquí, trabajando a destajo, cada momento libre lo dedicaba a mejorar el software.

—Pareces un joven Bill Gates.

—No serías la primera en decirlo. La verdad es que nunca fue mi intención crear un imperio multimillonario. Simplemente me fascinaba el desafío en sí.

Veo un asombro infantil en sus ojos. —Si te encanta tanto la programación, ¿por qué ya no lo haces?

—Ahora contrato a gente para eso. Tengo que ser el que ve el panorama general. Probablemente sea lo mejor.

—¿Por qué?

—Como te decía, se convirtió en una adicción. Por eso apenas salía con nadie. Era un ermitaño y un friki de la informática a partes iguales. No era precisamente la receta para una vida social brillante.

Sentada junto a un hombre sexy, perspicaz y sensible, me cuesta imaginar a Adam como un friki de la tecnología. —¿No salías con nadie en absoluto?

—Tuve una relación. No funcionó.

Al notar que no es un tema cómodo, cambio de tercio. —¿Un ermitaño, eh? Entonces no ha cambiado mucho. Sigues viviendo solo en el bosque.

Adam sonríe. —Cierto, pero también te conocí a ti, ¿no?

—No estoy segura de que ser empujada por un acantilado sea la mejor forma de empezar a socializar.

Una reluciente lancha motora se acerca al lado opuesto del muelle. El motor se apaga y un hombre con aspecto de abuelo, con un sombrero de capitán sobre su cabeza de pelo blanco como la nieve, baja de la embarcación y la amarra.

Adam dice: —Hermosa embarcación.

El hombre se quita las gafas de sol y deja ver unos brillantes ojos azules que contrastan con su piel bronceada y curtida. —Gracias. Se llama Divina Denise. Por mi difunta esposa.

—Lo siento —dice Adam.

El hombre asiente en señal de agradecimiento. —Este lago era el lugar favorito de Denise en el mundo. ¿Están de visita en la zona?

—Solo por hoy —Adam hace una pausa—. Soy Adam, y ella es mi prometida, Ronna.

Noto que no duda con la mentira. Nuestros ensayos están dando resultado.

El hombre extiende la mano. —Saul. La gente por aquí me llama Capitán.

Los dos hombres se la estrechan.

Veo cómo a Adam se le ilumina la cara justo antes de decirle al hombre: —Oiga, ¿qué le parecería dejarnos sacar a Divina Denise a dar una vuelta?

El Capitán Saul frunce el ceño. —No es de alquiler.

—Le pago quinientos dólares en efectivo por adelantado para que mi prometida y yo la tomemos prestada media hora.

Los ojos del hombre casi se le salen de las órbitas. —¿Quinientos?

Intervengo: —¿Adam?

Se vuelve hacia mí. —¿No te apetece salir a navegar, Ronna?

Echo un vistazo a la pantalla del móvil. El plan era llegar a nuestra parada nocturna a las nueve. —¿Tenemos tiempo?

—Llegaremos un poco tarde, pero si te parece bien... cariño... podría ser divertido.

Cariño. La palabra suena tan natural.

Hace años que no subo a una lancha motora. La verdad es que parece preciosa. Adam debe de notar mi entusiasmo porque saca un fajo de billetes del bolsillo y se los entrega a Saul.

—Te la devolvemos en treinta minutos.

El hombre mira el dinero, luego la lancha, sin estar muy convencido.

—¿Sabes manejarla?

—Por supuesto.

—Bueno, vale. Te dejo mi número. Nos vemos aquí en treinta minutos.

Adam le añade otros veinte.

—Tómate una cerveza y una hamburguesa, invito yo.

El hombre le entrega las llaves.

—Dale gas poco a poco o se te calará.

—Entendido.

Adam sube a la lancha y me tiende la mano para ayudarme. Parece que estamos a punto de embarcarnos en otra aventura.