La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Cuarenta
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Capítulo Cuarenta

Adam

Cuando Evie se quedó dormida mientras le contaba mi historia, procuré mantenerme en silencio y no encender la radio. Parece tan tranquila, respirando suavemente, con la cabeza apoyada contra la ventanilla. Es preciosa. Y amable. Y divertida.

La verdad es que tener a Evie a mi lado, incluso profundamente dormida, resulta reconfortante.

Como si ya no estuviera solo. Estar solo nunca me ha molestado.

De hecho, lo he preferido así durante más tiempo del que puedo recordar.

Pero algo cambió con la inesperada llegada de Evie a mi vida.

Me doy cuenta de que estar con alguien que realmente me gusta es tremendamente agradable.

Evie se ha convertido rápidamente en alguien con quien compartir tanto mis momentos tranquilos como mis locas aventuras.

Ronna, no Evie, me reprendo.

Las imágenes de la semana llenan mi mente. Evie derrotando a Zane al billar ella sola. Su pánico cuando casi me caigo por el acantilado. Su angustia cuando perdió el trabajo. Flotando en mi piscina, con los ojos cerrados, sin nada más que su...

Como si percibiera mis pensamientos, Evie se remueve en el asiento y vuelve a acomodarse.

La semana ha sido increíble. Y reveladora.

Todavía no puedo creer que Evie haya aceptado conducir hasta Breckenridge conmigo.

Si me lo hubiera pedido, le habría comprado un billete de avión y nos habríamos encontrado en Colorado.

Pero nunca surgió el tema y me alegro. Quiero pasar más tiempo con ella, y no solo para cuadrar nuestras coartadas.

La verdad es que no me canso de ella. Hay tanto que quiero saber. Al margen de nuestra farsa.

Pienso en las palabras de mi madre, que señaló la diferencia de edad entre Evie y yo. Trece años, para ser exactos. Evie tiene dos hijos adultos y un exmarido. Algunos lo llamarían lastre. A mí me da igual.

No hay nadie en este mundo sin su propio lastre.

Como si un ángel le susurrara al oído, Evie abre los ojos y se despereza, alzando los brazos por encima del reposacabezas, como una gata ágil.

Mira por la ventanilla y se queda boquiabierta, maravillada. El lago brilla bajo el cielo vespertino, con barcos flotando en las aguas bañadas por el sol.

—¿Dónde estamos?

—Acabamos de llegar a Tahoe. Bonito, ¿verdad?

Evie bosteza.

—Es increíble.

—Me alegro de que estés despierta para verlo.

Mira el reloj del salpicadero.

—Vaya, ¿ya es esa hora?

—Sí.

—Estabas frita. No quería despertarte.

Evie deja de contemplar la magnífica vista para mirarme.

—Gracias por dejarme descansar. Hace años que no duermo tanto.

Se vuelve para mirar por la ventanilla.

—¿Tenemos tiempo para explorar la zona?

—Me imaginé que querrías verla. Dejé unas horas de margen para el viaje. Para comer, estirar las piernas y esas cosas.

Señalo un muelle a lo lejos.

—Si quieres, podemos comer algo allí. Las mejores vistas de la ciudad. Y tienen unas hamburguesas increíbles.

Evie se incorpora.

—Vale, vamos.

Aparco cerca del muelle, a un minuto a pie del puesto de hamburguesas, y tomo la mano de Evie.

—¿Lista, Ronna?

Ella sonríe.

—Ya lo creo.