La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Treinta y Siete
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Capítulo Treinta y Siete

Evie

Reprimo un bostezo mientras entro en la cocina, deseando pasar más tiempo con Anna.

La mujer es todo un espectáculo. Después de mi llamada con Daniel me quedé dormida y desperté como nueva.

Estoy de muy buen humor, como si la siesta me hubiera quitado todo el estrés de antes.

No hay nada como una siesta reparadora. Y un empleo remunerado.

Llevo el pelo recogido en una coleta alta y la cara sin una gota de maquillaje, lo cual es un alivio. Estoy a punto de ponerme a cantar A Natural Woman. Si Aretha estuviera aquí, podríamos hacer un dueto.

Anna está sentada a la mesa del desayuno, bebiendo un brebaje que parece ibuprofeno con zumo de tomate, el mítico remedio para la resaca. Espero que funcione; parece que cualquier sonido, incluso un susurro, podría causarle dolor.

Adam está junto a la encimera de la cocina, esperando a que salte el pan de la tostadora. Está para comérselo.

Al verme entrar, parece aliviado.

—¡Ronna! —exclama, aunque su actitud revela más cansancio que alegría.

Noto la mirada de Anna sobre nosotros mientras Adam se acerca y me da un beso suave en los labios. El corazón me da un vuelco. Hay que ver lo que mola fingir.

Adam huele a aceite de argán, un aroma que reconozco del resort que abandoné. Me recuerda lo mucho que se ha torcido mi viaje de cumpleaños con Caroline.

Me pregunto qué pensarían las chicas de nuestro Club de las Cincuenta Fabulosas si pudieran verme ahora.

—Anna, ¿cómo te sientes?

—Como si me hubiera pasado por encima una apisonadora —se queja. Luego añade—: Para que conste, tu futura suegra no es alcohólica. Es solo que han sido unos meses muy intensos.

Mira a Adam.

—Ya conoces a Steph.

—Sí. Es un torbellino. Más vale apartarse de su camino cuando está acelerada. Y...

Al unísono, madre e hijo dijeron:

—Siempre está acelerada.

Adam añade:

—Hay que quitarse el sombrero ante Brad por aguantar todo eso.

Es divertido ver cómo madre e hijo describen a su hermana.

—No puede ser tan mala —digo.

Anna responde:

—Stephanie no es mala. Solo intensa. Muy intensa.

Adam añade:

—Menos mal que Brad es un tipo tan tranquilo. Ella tuvo mucha suerte.

Por un momento fugaz, no sé si quiero conocer a esta novia de armas tomar o salir corriendo de vuelta a Nueva York en el primer avión que salga.

Adam parece darse cuenta de cómo él y Anna están pintando las cosas porque su tono se suaviza.

—Steph estará encantada de conocerte. Va a ser la boda del año.

Le sostengo la mirada. Compartir un secreto con este hombre resulta íntimo y emocionante.

—Sigo yendo... cariño. No te preocupes.

A Adam se le ilumina la cara y no sé si es por mi confirmación o por el apelativo cariñoso. Sea como sea, me encanta tener el poder de hacerlo sonreír. Está confiando en mí, su cómplice.

Después de un tentempié de pan con mermelada, Anna se levanta, con mejor aspecto a cada minuto.

—Bien, hora de ponerse en marcha.

—¿Ya te vas? —pregunto.

—Oh, parece que me vas a echar de menos. Qué tierno. Sí, tengo que volver a Colorado para ayudar con los preparativos de última hora.

Me señala.

—Tú eras uno de esos asuntos de última hora en mi larguísima lista. Me ordenaron que te viera con mis propios ojos. Ahora puedo tacharlo.

Adam dice:

—Te envié la foto del beso que pediste. ¿Por qué no fue suficiente?

—Para mí lo fue —dice Anna, con una mirada de disculpa—. Steph, sin embargo, tenía la ridícula idea de que le habías pagado a una desconocida para que posara contigo en la foto.

Veo a Adam esforzándose por mantener la compostura. Intenta parecer ofendido y tengo que admitir que lo borda.

Pero vaya. Steph suena como un sargento de instrucción.

Adam se aleja y vuelve con el bolso de su madre.

—Bien, mamá —dice, dándole un beso en la mejilla—. Gracias por la visita sorpresa. Supongo que te veremos en un par de días.

Anna me guiña un ojo.

—Sutil, ¿verdad?

Abrazo a Anna, que parece conmovida por el gesto. Es una mujer peculiar, por decir poco. Si ella es la matriarca de la familia, el resto del clan promete ser interesante.

Adam cierra la puerta tras su madre y se vuelve hacia mí.

—Nosotros también deberíamos irnos pronto.

Sorprendida, pregunto:

—¿Por qué?

No lo admitiré, pero me hace ilusión pasar otro día con él en este entorno magnífico y apartado, a solas.

Le recuerdo a mi cerebro, aún medio dormido, que no es más que un amigo.

Como mucho, un conocido.

No, es un amigo.

No mi prometido.

Parpadeo para apartar esos pensamientos. Si no voy con cuidado, nuestra farsa tan bien montada empezará a parecerme demasiado real.

O quizá ese barco ya ha zarpado.

Pregunto:

—¿Steph también necesita tu ayuda?

Adam niega con la cabeza.

—No. Y de todos modos, no arriesgaría mi vida presentándome antes de tiempo y poniéndome a tiro. Pero deberíamos irnos pronto porque vamos en coche.

—¿En coche?

Si no me falla la geografía, tendríamos que cruzar Nevada, Utah y medio Colorado, todos estados enormes.

—¿No está Breckenridge lejísimos de aquí? ¿No tendría más sentido ir en avión?

Adam aparta la mirada. —Prefiero conducir. Será divertido.

—¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—Unas diecisiete horas si no paramos.

—¿Diecisiete horas?

—Conducir ahorra emisiones.

No me había dado cuenta de que Adam fuera tan ecologista, pero los de California van a la cabeza en eso. —No veo cómo podemos conducir tanto sin parar.

O estar en el mismo coche durante tanto tiempo juntos. Platónicamente.

—Tienes razón. Buscaremos un sitio donde pasar la noche y dividiremos el viaje en dos días. Llegaremos con horas de sobra antes de la cena de ensayo. Sin problema.

Adam se da la vuelta y va hacia el salón.

Lo sigo. —No estoy segura de...

—No puedo volar.

—¿Perdona?

Adam se deja caer en el sofá. Ese sofá tan maravilloso en el que me he quedado dormida dos veces. —Odio los aviones. Desde que tengo memoria.

—Ah, ya veo —murmuro, sintiéndome como una idiota. Intentó guardarse su fobia. ¿Por qué tuve que insistir tanto?

Me siento a su lado. Lo bastante cerca como para tocarlo. Un silencio incómodo se instala entre nosotros. Adam se muerde el labio inferior. Reconozco su tic nervioso. Se pasa una mano por la espesa melena y el remolino le cae sobre los ojos. Me muero por colocárselo.

Adam suspira. —Cuando tenía quince años, los padres de mi mejor amigo iban en un vuelo a Nueva York cuando el piloto tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia. Milagrosamente, todos sobrevivieron, pero la madre de Kevin se quedó con una cojera permanente.

Ni que decir tiene que me contagió su miedo.

—¿Nunca vuelas?

—A veces no tengo más remedio. Negocios que no se pueden hacer a distancia, cuando conducir no es una opción o cuando un trato es urgente. Entonces me tomo una pastilla para dormir. Me deja fuera de combate hasta que aterrizamos.

Sospecho que ya le han soltado mil veces las estadísticas de que hay más accidentes en carretera que en avión. —De acuerdo, conduciremos.

Sus hombros se relajan. —Gracias, Evie.

—Supongo que debería ir a hacer la maleta.

—Todavía no.

Tiene esa mirada que estoy empezando a conocer. Pura picardía.

—¿Qué tienes exactamente en mente? —pregunto, mientras las mariposas de mi estómago alzan el vuelo.

Adam se levanta y me tiende la mano. —Quiero la revancha.

Sonrío y dejo que me ayude a levantarme. —¿Una partida de billar?

—¿Qué dices?

Ya voy camino de la puerta. Por encima del hombro, exclamo: —Digo que te agarres bien la cartera, señor Demetrius. Te voy a desplumar.