La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo treinta y seis
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Capítulo treinta y seis

Evie

Estoy despierta en la cama de matrimonio, pensando. Las últimas horas han sido una locura. En cuanto acepté hacer pública la farsa, cambié de actitud y sentí un alivio inmediato al no tener que coger un vuelo de regreso a Nueva York.

Ahora soy Ronna.

Anna claramente se lo ha creído.

Se lo ha creído.

Me encojo por dentro. Suena como si fuera una estafadora sin escrúpulos.

La situación que empezó como un favor divertido ahora se ha vuelto real. Pero poco puedo hacer. Después de conocer a Anna y aceptar asistir a la boda de Steph y Brad, estoy metida hasta el cuello.

Bostezo; el cansancio acumulado por el estrés de la mañana me indica que necesito dormir.

Cuando pasan varios minutos dándole vueltas a todo sin que llegue el sueño, miro el móvil en la mesita de noche y hago cuentas.

En Roma es por la tarde. Jeffrey estará en mitad de su jornada escolar.

Me lo imagino, con un atisbo de su antigua cara de niño en las mejillas cubiertas de barba incipiente.

Daniel, en cambio, estará en su escritorio de Manhattan, con los ojos cansados tras una noche de maratón de YouTube o de salir con amigos.

Ay, cómo echo de menos a mis chicos.

Hablé con Jeffrey después de que se me muriera el móvil. Pero ni una palabra de Daniel.

Bostezo otra vez y llamo a mi hijo mayor.

—¿Mamá? —Suena completamente despierto y ligeramente distraído.

—Sí, cariño.

—¿Todo bien? —pregunta Daniel.

—Solo quería saludarte. Ha pasado un tiempo. ¿Qué haces?

—Viendo Breaking Bad.

—Es casi mediodía.

—¿Y?

Estoy a punto de decir: «¿No tienes trabajo?», pero me contengo. Le estoy dando la lata como siempre.

¿Y qué? Soy su madre.

Aun así, me muerdo la lengua.

—Nada. Bueno, cuéntame, ¿cómo está Donna? —pregunto, intentando cambiar a un tema más neutro: su novia.

—Bien.

Una sola palabra y lo sé. Algo va mal. —¿Qué ha pasado?

Daniel suspira. —Estamos pasando por un bache.

—¿Habéis roto?

—Es una separación de prueba.

Las palabras me golpean como una locomotora. Es imposible que sepa que fueron exactamente las mismas palabras que Marco dijo el día después de dejarme.

Dejarnos. A mí y a los chicos.

Nunca consideré la sugerencia insultante de Marco. Para entonces era demasiado poco y demasiado tarde. Fue una bofetada en la cara. Pero esto no va de mí. Va de Daniel.

—Ay, cariño. Lo siento mucho. ¿Estás bien?

—Voy mejorando. Pasó hace unos días. Me he cogido un día libre.

Me siento fatal. Yo aquí preguntándome por qué no me ha llamado, y resulta que me necesita.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Por fin te has tomado unas vacaciones, no quería arruinártelas.

—Cariño, siempre puedes arruinarme las vacaciones.

Lo absurdo de mis palabras nos hace reír a los dos. —Lo que quiero decir es que siempre puedes llamarme, de día o de noche. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, mamá. Gracias.

Oigo cómo le cambia la respiración, como si estuviera conteniendo un sollozo. Se me parte un poco el corazón.

—¿Cómo te va el viaje? —pregunta Daniel, cambiando de tema otra vez.

—Ha sido genial. Parece que se va a alargar más de lo previsto.

—¿Por qué?

—Bueno, el caso es que me acaban de despedir.

Después de explicarle lo que pasó con Bill y que ya he conseguido algo nuevo, Daniel dice: —Parece que te está saliendo bien. —Y luego—: Me han dicho que has conocido a alguien.

Por lo visto, mis chicos están en contacto, lo que me hace feliz.

—Te caería bien Adam. Pero alguien y el indicado no son necesariamente lo mismo.

Una risa suave. —Entendido, mamá.

Le cuento a Daniel que mi breve desempleo podría llevar a un nuevo puesto emocionante en el horizonte. Le hablo de lo mucho que me gustan las montañas, el aire limpio y el ritmo de vida más pausado. Le cuento que voy a ir a una boda en Breckenridge, Colorado. Él escucha atento y me hace preguntas.

Hablamos durante veinte minutos. Es la mejor llamada que hemos tenido en mucho tiempo. La conversación es casi como hablar con un igual.

Es extraño cuando los hijos se hacen adultos. Y maravilloso a la vez.

Pero sigue siendo mi hijo. Por eso nunca menciono que ahora me hago llamar Ronna, la adorada prometida de un hombre al que él nunca ha conocido.