Capítulo Treinta y Cinco
Adam
—Es impresionante —dice mamá, antes de apurar su martini y morder la aceituna verde del palillo. Se la traga con deleite.
—Lo es, ¿verdad? —sonrío.
Sorprendentemente, Evie y yo hemos mantenido la historia sin contradicciones.
Los días de práctica han dado sus frutos.
Mi madre se ha tragado lo del compromiso.
Después de un interrogatorio en toda regla, Evie —o Ronna, como responde sin fallar— se fue a descansar.
Entre que la han echado del trabajo y conocer a mi torbellino de madre, está claro que está agotada.
Cuando pensé que Evie estaba a punto de irse y volver a Nueva York para salvar su trabajo, supe que tenía que reaccionar rápido. Esos momentos en los que no tenía ni idea de lo que pasaba por esa preciosa cabecita fueron agotadores. Y reveladores.
Mi reacción fue visceral. Necesitaba evitar que se fuera. No de forma obsesiva ni desesperada. Sino con la certeza de que «las cosas nunca volverán a ser las mismas si se va».
Me estoy enamorando. Perdidamente.
Pero ahora está descansando en la habitación de invitados, probablemente dormida. Va a venir a la boda. Y estoy eufórico.
Nunca he sentido nada remotamente parecido. Necesito entender estos sentimientos tan intensos que tengo por Evie.
Quizás solo sea un capricho.
Ese pensamiento no me tranquiliza.
Con la mirada penetrante de mi madre clavada en mí, ahora no es momento de darle tantas vueltas.
Meto el vaso de mi madre en el lavavajillas. —Me alegra que te caiga bien, mamá.
Mamá parece dudar si decir algo. Luego dice: —Es obvio por qué nos la ocultabas, pero no hacía falta.
Al ver la confusión en mi cara, añade: —Con el tiempo lo habríamos aceptado.
—Mamá, la sutileza no es lo tuyo. ¿De qué estás hablando?
—Ronna es guapa e inteligente. Claramente una mujer de éxito.
—¿Pero?
Mamá se da la vuelta, abre el frigorífico, saca una bolsa de palitos de zanahoria y la mira como si fuera una sustancia tóxica. —No hay pero. Solo que...
—Mamá.
—Nunca mencionaste la diferencia de edad.
Suspiro. —No pienso hablar de esto ahora, mamá.
—Vale, vale.
Mamá parece a punto de implosionar. Tamborilea con las uñas sobre la encimera. —¿Qué tiene, unos diez años más que tú?
Noto que me irrito, pero controlo el tono. —¿Y qué más da? ¿No era la abuela mayor que el abuelo?
Mamá parece sopesar mis palabras. —Sí... cuatro años, no diez.
No tiene sentido decirle que en realidad son trece. Ni que Evie tiene hijos mayores.
—Es obvio que estás loco por ella. —Me toma la mano—. Que es lo que toda madre quiere ver.
Siento una oleada de alivio y cariño hacia mi madre, tan loca ella. Aunque no puedo evitar que un pensamiento se me cuele en la cabeza: «¿Evie pensará que soy demasiado joven para ella?».
Mamá saca el móvil del bolsillo de la chaqueta. —Vamos a llamar a Stephanie. Se va a poner contentísima.
Antes de que pueda negarme, la cara de mi hermana llena la pantalla, con surcos de arrugas en la frente. ¿Quién dice que todas las novias son felices?
Steph suelta un suspiro de frustración y luego sonríe, aunque no resulta muy convincente. —Hola, Adam. ¿Qué tal tu prometida fantasma?
Da igual que ya hayamos pasado los treinta. O que mi hermana esté a punto de casarse. Algunas cosas, como la rivalidad entre hermanos, no cambian nunca.
Antes de que pueda soltar una réplica ingeniosa, nuestra madre interviene. —Pues resulta que Ronna es real.
El rostro de Stephanie refleja auténtica sorpresa. —¿Una mujer de carne y hueso, con corazón que late y todo?
Pongo los ojos en blanco.
Mamá dice: —Ronna es encantadora. Tenía que volver a Nueva York a solucionar unos problemas de trabajo, pero la convencimos de que viniera a la boda igualmente. Bueno, la convenció Adam.
—Me sorprende. Nunca quisiste que conociéramos a tus novias. Pensé que te inventarías alguna excusa tonta a última hora. —Frunce el ceño—. No vas a hacer eso, ¿verdad, Adam?
Niego con la cabeza. —Hago una excepción por tu boda.
Por fin, una sonrisa de verdad. —Gracias, hermanito.
A lo lejos, oímos a alguien llamar a Stephanie.
—Es mi maquilladora. Estamos haciendo una prueba. —Se le tuerce el gesto—. Si mis damas de honor no aparecen en los próximos cinco minutos, las despido a todas. Y entonces Ronna se quedará con el puesto... ahora que sé que no te la has inventado. Dile que esté preparada.
No sé si habla en serio. Tiene unos cambios de humor tremendos. Si alguna vez existió algo como una novia histérica, es Stephanie. —No veo cómo...
Stephanie le grita algo a alguien fuera de cámara. A mí me dice: —Nos vemos en unos días. No llegues tarde. —Y cuelga.