Capítulo Treinta y Cuatro
Evie
Un torbellino de emociones contradictorias me recorre la mente mientras miro a Adam de frente. Pero la que predomina es el miedo. Me he quedado sin trabajo. A menos que haga algo al respecto. Ya.
Y no ayuda que Adam no parezca tomarse mi situación en serio.
Exasperada, pregunto: —¿Por qué tengo la sensación de que todo esto es un juego para ti?
No pretendía desahogarme con Adam, pero está claro que no tiene ni idea de cómo vive el resto del mundo. —No todo el mundo es un multimillonario hecho a sí mismo. Es mi sustento, y tú te lo tomas a broma.
Adam suelta un suspiro audible y se sienta en el borde de su cama perfectamente hecha. —Hablo muy en serio, Evie. Por favor, escúchame.
Si he de ser sincera, he estado esperando algo, lo que sea, que me permita quedarme donde estoy.
En Yosemite con Adam. Los pocos días que hemos pasado juntos, conociéndonos, han sido de los mejores que recuerdo.
Pero la llamada de Bill, que me ha despedido sin contemplaciones, es una realidad que no puedo permitirme ignorar.
Necesito hacer las maletas y llegar al aeropuerto antes de perder el último vuelo. El retraso por la visita inesperada de Anna no me lo está poniendo fácil.
Pero Adam me pide que lo escuche. Se lo debo, al menos. Le hago un gesto para que continúe.
Debe de ver el pánico en mi rostro porque frunce el ceño y da unas palmaditas en el hueco junto a él.
Me siento.
Y trago saliva, intentando contener las lágrimas. El peso de que me hayan despedido empieza a calarme hondo.
Adam me rodea con el brazo. —Todo va a salir bien, Evie. Te lo prometo.
Algo en su forma de hablar me reconforta. Apoyo la cabeza en su hombro; nuestra respiración es el único sonido en la habitación. El corazón me aletea en el pecho.
Adam susurra mi nombre. Levanto la cabeza y nuestras miradas se encuentran.
Va a besarme. Se me acelera la respiración de la expectación.
Con todo lo que está pasando, lo único que deseo es que este hombre me consuele.
Inclina la cabeza hacia mí.
—¡Adam!
Casi me caigo de la cama.
Adam se levanta de un salto. —No te muevas. —Abre la puerta del dormitorio y responde—: ¿Sí, mamá?
—¿Dónde están las aceitunas del martini?
—En la nevera.
Oímos movimiento, cosas que golpean en la cocina. —¡Las encontré!
Adam cierra la puerta. Esta vez se queda de pie.
—¿Decías? —pregunto, intentando recomponerme.
—Cierto. —También él nota el cambio de ambiente—. Después de vender mi aplicación, fundé varias startups. Llevo tiempo pensando en contratar a un asesor jurídico interno para gestionar todos los aspectos legales del negocio.
—Vale...
—¿Te interesa el puesto?
Es lo último que esperaba oír. Me quedo mirándolo, esperando el remate del chiste. Pero Adam tiene la cara seria.
—Puedes empezar después de la boda. Habrá que negociar mucho con posibles inversores y...
—Esa no es mi especialidad. Soy abogada de negligencias.
—Seguro que puedes aprender casi todo sobre la marcha.
Es absurdo. —Vivo en Nueva York.
—Tenemos una oficina en Manhattan. Trabajarías con nuestras filiales de Nueva York.
—¿Tienes filiales?
Se encoge de hombros. —Me harías un gran favor —dice—. No puedo presentarme en la boda de mi hermana sin Ronna. No me lo perdonarían en la vida.
Tras haber conocido a la madre de Adam durante solo tres minutos, se me ocurre que quizá no esté exagerando. Es como si me hubieran metido en una escena de Mi gran boda griega. —¿Tan grave es?
—Es lo que llevo intentando decirte todo el rato. Son personas maravillosas, pero... se meten demasiado en todo. Ahora que mi madre te ha conocido en persona, Ronna tienes que ser tú. —Frunce los labios y ladea la cabeza—. A menos que tengas una hermana gemela, claro.
No puedo evitar reírme. Niego con la cabeza. —Ojalá.
—Eso me temía.
Noto el brillo en sus ojos. —Eres incorregible.
—E irresistible. —Sonríe.
—Y desesperado.
—Sí, eso sin duda. —Pone ojitos de cordero degollado—. Entonces, ¿es un sí?
—No lo sé...
Adam pregunta: —¿Te gustaba tu trabajo?
—A veces.
—¿Y tu jefe?
—Ese no, desde luego.
—Pues te estoy ofreciendo una alternativa. Y te subiré el sueldo un diez por ciento sobre lo que ganaras.
Me quedo atónita. —¿Por qué haces esto, Adam? No puede ser solo para quedar bien con tu familia.
No añado lo que de verdad estoy pensando. Aunque Anna es una mujer con mucha personalidad, parece simpática y divertida y, sobre todo, es la madre de Adam. ¿Por qué se empeña tanto en mentirle?
Como si me leyera la mente, dice: —Sé lo mal que quedo con esto, pero viste lo feliz que se puso mi madre al conocerte. Toda la familia está encantada de que por fin siente cabeza. Es lo que desean desde que terminé la universidad. —Me mira suplicante—. Por favor, Evie.
Estoy segura de que la historia no acaba ahí. Tengo tantas preguntas. Pero decido dejarlo estar por ahora. Oigo el jaleo que llega de la cocina. —¿Y si no me gusta trabajar para ti? —digo en broma, pero Adam parece tomarse la pregunta en serio.
—Si no estás a gusto, puedes irte cuando quieras. Incluso te ayudaré a encontrar otro puesto en Nueva York. ¿Qué te parece?
No llegaré al aeropuerto a tiempo. Y de todos modos, sé que las probabilidades de que Bill el Toro me devuelva el trabajo son escasas. Adam me está lanzando un salvavidas. Sería tonta si rechazara su oferta. Es un regalo caído del cielo.
—Trato hecho.
En un instante, el rostro de Adam se ilumina. —¡Genial! —Me atrae hacia él y me abraza. Está claro que en esta familia son muy de abrazos. Podría acostumbrarme.
—¡Adam!
¿En serio?
Doy un paso atrás, más tranquila de lo que he estado desde la llamada de Bill. —¿Y ahora qué?
—Ahora toca poner en práctica todas esas horas de ensayo con mi madre... antes de que encuentre el vodka.
—Supongo que eso significa que soy Ronna, tu prometida devota.
Adam asiente sin lograr ocultar una sonrisa traviesa. —¿Lista?
Abro la puerta del dormitorio. —¡Vamos allá! ¡Empieza el espectáculo!