La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Treinta y Ocho
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Capítulo Treinta y Ocho

Evie

La mayoría de las mesas en Yosemite Sam están libres cuando llegamos Adam y yo.

El olor a carne a la parrilla hace que se me haga la boca agua.

Un chico joven con un sombrero de fieltro se sienta junto a un teclado que no había visto la última vez que estuve aquí.

Han despejado un pequeño espacio a su lado para bailar.

Raro, teniendo en cuenta que apenas es la hora del almuerzo.

Dorothy se acerca con paso tranquilo, señalando al músico.

—Pete es nuevo. Está ensayando para los clientes de la cena.

Nos observa más de cerca y sonríe.

—Veo que vosotros dos seguís siendo amigos.

Estoy a punto de aclarar las cosas cuando Adam me da un codazo por debajo de la mesa. No entiendo por qué, ya que a los únicos que tenemos que engañar es a su familia, que vive lejos. Pero le sigo el juego.

—Sí, nos estamos conociendo —digo.

—Muy bien —añade Adam.

Después de tomarnos nota de las hamburguesas, patatas fritas y cervezas, Dorothy se aleja. Adam responde a mi pregunta no formulada.

—Es importante que interpretemos el papel —dice.

—¿Aquí? —susurro.

Adam asiente.

—Si no salimos del personaje, tenemos muchas posibilidades de que esto salga bien.

El teclado empieza a sonar y el cantante entona: «Son las nueve de un sábado»...

Se parece tanto a Billy Joel que estiro el cuello para comprobarlo.

Estoy a punto de preguntarle a Adam qué quiere decir cuando pone su mano sobre la mía. Una chispa de electricidad me recorre el cuerpo.

—¿Qué tal un baile? —pregunta.

—¿Bailar?

Adam sonríe.

—Sí, ya sabes, eso de mover los pies por el suelo, con suerte al ritmo de la música.

—No estoy segura de que sea buena idea...

—Mira, estamos a punto de ir a la boda de mi hermana, y habrá mucho baile. Hay cierta sincronía entre dos personas que han bailado juntas antes. Tenemos que encontrarla.

Adam tiene razón. Quedará raro si estamos torpes el uno con el otro.

Dejo que me lleve a la pista de baile. Antes de darme cuenta, estoy en sus brazos, meciéndome al ritmo de la voz sedosa del cantante.

Cántanos una canción esta noche.

Rodeo el cuello de Adam con los brazos, nuestras miradas se cruzan. Algo chisporrotea en el aire entre nosotros, y no es la carne a la parrilla.

Otra pareja se une a nosotros en la pista. La escena resulta tan... normal. No había nada de qué preocuparse. Ninguna incomodidad. Todo lo contrario, de hecho.

Cuando termina la canción, me quedo sin aliento. El corazón me late con fuerza en el pecho. Las manos de Adam siguen en mis caderas, atrayéndome hacia él.

—¡Adam!

Me sobresalto tanto que por un momento creo que Anna ha vuelto. Solo que con voz de falsete.

Nos giramos y vemos a Zane que viene directo hacia nuestra mesa a toda velocidad, para luego frenar en seco; sus rastas se balancean con la pérdida repentina de impulso.

—¡Anda la osa! —grita, señalando nuestras manos entrelazadas—. ¿Qué está pasando aquí?

Retiro la mano rápidamente mientras noto cómo me arde la cara. Adam y yo nos sentamos.

Zane le pregunta a Adam:

—¿Hay algo que se te olvidó contarme, hermano?

Adam me lanza una mirada.

—Es de fiar.

La cara de Zane refleja confusión; luego señala entre nosotros.

—Vale, ¿qué estáis tramando vosotros dos?

—Siéntate —dice Adam.

Zane obedece.

—¿Te acuerdas de mi dilema? —pregunta Adam.

Zane frunce el ceño.

—¿Lo de la boda de Steph y tu prometida inventada...? Ohhhhh... vaya.

Mientras Zane procesa la información, Adam me explica:

—Zane es la única persona aparte de ti que sabe lo de mi... situación.

—Ya veo.

Zane me dice:

—Eso te convierte en Ronna, supongo.

Asiento.

—No me puedo creer que vayas a seguir adelante con esto, Adam. Sabes que Steph te va a pillar.

—No lo hará. Nos sabemos la historia al dedillo. De hecho, puedes ayudar haciéndonos preguntas para ver si somos coherentes.

—Suena divertido, pero prefiero echar una partida de billar y recuperar mi dinero —dice, mirándome.

—Venga, solo unas cuantas preguntas.

Zane se lo piensa.

—Vale, Ev... quiero decir, Ronna, ¿dónde se le cayó a Adam el primer diente?

Arrugo la cara.

—¿Cómo ibas a saber eso si os hicisteis amigos de adultos?

Zane se encoge de hombros.

—Porque es toda una historia. Pero me parece que estás evadiendo la pregunta.

Adam frunce el ceño.

—Esa no se la conté.

Zane niega con la cabeza.

—Venga ya, chicos. Era mi primera pregunta. Estáis perdidos.

—Parece que nos queda trabajo por hacer —digo.

—Menos mal que tenemos diecisiete horas juntos en el coche para rellenar los huecos.

—Cierto —respondo, aunque no me siento nada optimista.

Para cuando termino de comer y me embolso el suculento bote de ganadora, tras haber machacado a los dos hombres al billar, estoy bastante segura de que Steph descubrirá nuestra farsa. Zane había soltado varias preguntas sobre Adam, y no había podido responder a ninguna.

De camino al coche, empiezo a preguntarme si mentirle a un agente federal sobre mi falsa relación podría meterme en un lío. O en algo peor.

De algo estoy segura: muy pronto lo voy a averiguar.