La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Evie

Me ato las zapatillas de correr con el corazón desbocado por el exceso de energía. Es una tarde preciosa, y el frescor del atardecer resulta perfecto para correr cuando salgo a la calle tranquila.

Adam sugirió que me quedara en su casa hasta la boda. Así tendríamos la oportunidad de conocer las costumbres del otro y prepararnos para la avalancha de preguntas que sin duda nos harán. Él se encargaría de recoger mis maletas del hotel en Merced.

Por un instante, pensé que buscaba excusas para pasar más tiempo juntos. Pero entonces me recordó que la novia es agente federal.

—Tenemos que cuadrar nuestras versiones por si nos pillan por separado —dijo.

Lo hizo sonar como un interrogatorio policial.

—¿Somos sospechosos de un crimen? —bromeé, y me di una bofetada mental. Nadie de mi edad llegaría a una conclusión tan ridícula. Le llevo muchos años a Adam. Podría estar con una mujer veinte años más joven que yo.

Y sin embargo, los años afinan la intuición.

A menos que me esté volviendo loca —lo cual, vistas mis últimas decisiones, es perfectamente posible—, hay una atracción genuina e intensa, y es mutua.

Las cosas con Adam se están complicando. Necesito poner en orden mis ideas, y por eso decidí salir a correr.

Al principio, el golpeteo rítmico de mis pies contra el asfalto me ayuda a despejar la mente. Pero en cuanto cojo el ritmo, mis pensamientos vuelven a aquel beso electrizante.

El recuerdo se repite en bucle, cada detalle grabado a fuego en mi cerebro. Cómo sus labios rozaron los míos, la calidez de su contacto, la oleada abrumadora de emociones que me recorrió las venas. Fue un momento que me pilló desprevenida y me dejó sin aliento, deseando más.

Paso toda la hora de carrera consumida por un torbellino de pensamientos y preguntas sin respuesta. Y yo que quería despejarme la mente.

Exhausta y sudorosa, regreso a la casa con el cuerpo protestando de fatiga y euforia a partes iguales. El camino de entrada está vacío. El coche de Adam no está y el Porsche sigue en The Rocky Roastery.

Llamo a la puerta. Como nadie responde, entro con el código que me dio Adam. Atravieso el vestíbulo y recorro el pasillo sin ver ni oír a Adam. Debe de haber salido a hacer un recado. Menos mal, porque necesito una ducha con urgencia.

En mi habitación, cojo el móvil para ver si tengo llamadas o mensajes. Pero cuando pulso el botón de encendido, la pantalla sigue oscura y sin vida.

Lo conecto al cargador y espero con ansiedad a que vuelva a la vida. Tras varios minutos, sigue muerto. Me invade una oleada de pánico.

Estoy sola en medio de la nada sin cobertura. Es poco probable que haya teléfono fijo. Nadie de la edad de Adam tiene ya línea fija. Y nunca se me ocurrió pedirle la contraseña del wifi, así que tampoco puedo acceder al correo.

Lo poco que me quedaba de los beneficios de la carrera se esfuma al darme cuenta de que, si me pasara algo, nadie se enteraría jamás.

—Contrólate —me digo.

Lucho por frenar mi espiral descendente. Seguro que Adam vuelve pronto. Esto no tiene nada que ver con aquella otra vez. Con Marco.

O sea, la única conexión es un teléfono muerto. Entonces, ¿por qué estoy pensando ahora en aquel horrible incidente?

Porque he conocido a alguien que de verdad me importa.

Con determinación, me desvisto y me meto en la ducha.

Adam no es Marco, me repito con énfasis.

Ni de lejos. Cuando salgo, me siento más relajada; el aroma del gel de sándalo inunda el baño.

Limpio el vaho del espejo y me observo, molesta conmigo misma por el ataque de pánico de antes.

Aunque Adam estuviera ahora mismo camino de Hawái, me las apañaría si algo saliera mal.

Buscaría a un vecino, usaría su teléfono, iría hasta mi coche y volvería al hotel. No soy una inútil. Ya no.

—¿Evie?

Me invade el alivio al oír la voz de Adam. Está aquí. No me ha dejado sola.

—¡Salgo enseguida! —grito, y mi estado de ánimo cambia en un instante.

—He traído vino y queso. ¡Noche de peli! —Y luego añade—: Tu maleta está en la puerta.

Efectivamente, ahí está mi maleta. O Adam ha ido hasta Merced a recogerla o ha contratado un servicio de mensajería mágico.

Sé que mis inseguridades necesitan atención, pero ahora no es el momento.

Saco el neceser de maquillaje y me aplico un poco de crema hidratante con color, dos capas de rímel, brillo de labios y, en el último momento, un toque de perfume, consciente de que estoy actuando como una colegiala enamorada hasta las trancas. Es una cita y pienso estar lista.