Capítulo veintitrés
Adam
Saltan chispas en el instante en que mis labios rozan los de Evie.
Pongo mi mano libre en su cintura y la atraigo hacia mí; el corazón me late con tal intensidad que creo que jamás me recuperaré.
Los labios carnosos de Evie son suaves como la seda, su aliento huele a canela, como si se hubiera preparado para el beso improvisado.
Durante una fracción de segundo, noto su vacilación. Luego cede.
Es como si se rompiera una presa y el torrente nos arrastrara. La beso profundamente y ella responde a mi pasión con toda su fuerza. Cada nervio cobra vida con la emoción de su respuesta y me pierdo en el momento. La cocina, la casa, el mundo entero se desvanecen mientras saboreo sus labios.
Cuando por fin salimos a tomar aire, siento como si me hubieran arrancado del momento y devuelto a la realidad a la fuerza.
Guau, guau, guau.
—Guau —dice Evie sin aliento, mientras bajo el teléfono. Mi madre, mi hermana y cualquiera que lo vea jamás cuestionará nuestra relación.
Evie se apoya en la encimera de la cocina, como si le fallaran las piernas. —Deberías ganar el Óscar este año.
—¿El Óscar? —Tengo el cerebro embotado.
—Tienes que ser el mejor actor de la historia. Ese beso pareció más real que cualquier... beso real. O sea, yo también intenté actuar bien, pero está claro que tú eres el maestro.
Se me cae el alma a los pies. ¡Estaba actuando! El mejor beso de mi vida fue solo una actuación.
Qué idiota soy. Claro que fue una actuación. Para eso se apuntó.
Fuerzo una risa incómoda. —Gracias. Cuando todo esto acabe, puedes mandarme la estatuilla dorada por correo.
Evie se ríe. —Hecho.
Pero no me mira. Acaba de pasar algo trascendental que ninguno de los dos sabe explicar.
Mira mi teléfono. —¿No crees que ha sido demasiado para mandárselo a tu madre?
—Podríamos repetirlo.
Evie se sonroja y guarda silencio.
Sé captar una indirecta. —Con esto bastará. —Se la mando a mi madre, con la esperanza de que tengamos otra oportunidad de practicar besos de enamorados. Muy, muy pronto.