La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Dieciocho
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Capítulo Dieciocho

Adam

Me vuelvo hacia los fogones, tratando de calmar la intensa reacción que me provoca Evie. Verla ahí de pie en el umbral de la cocina con mi camiseta puesta, el pelo mojado, el rostro resplandeciente, despierta algo profundo en mi interior. Deseo.

«Es una desconocida», me recuerda la voz en mi cabeza.

La silencio. Siento como si conociera a Evie desde hace años.

Se acerca y se pone a mi lado, observando los huevos quemados. Está tan cerca que percibo el aroma del champú que aún perdura en su cabello. La proximidad es embriagadora, una auténtica prueba para mi fuerza de voluntad.

—¿Qué ha pasado aquí? —pregunta, ajena a mi reacción.

—Supongo que no estaba prestando suficiente atención —respondo, con la voz espesa como melaza. Carraspeo para despejarla—. Puedo empezar de nuevo.

—¿Qué tal si me encargo yo? —sugiere Evie, que se lava las manos en el fregadero y se las seca con el paño de cocina que hay en la encimera entre nosotros.

Mis pies parecen negarse a moverse. —¿Estás segura?

Evie alarga la mano hacia la espátula que sostengo. El pulso se me acelera cuando nuestra piel entra en contacto. Durante un segundo, nuestros dedos se demoran entrelazados.

Sé que si levanta el rostro hacia el mío, estaré perdido. La besaré con toda la pasión contenida. La tomaré en brazos y la llevaré a mi habitación...

No levanta la vista.

—¿Puedes traer más queso? —pregunta, con la voz también ronca.

Retrocedo como si cualquier movimiento en falso fuera a provocar una combustión espontánea. Abro el frigorífico y meto la cabeza dentro, con la esperanza de que me ayude a enfriarme. Saco un paquete de mozzarella y se lo paso.

En cuestión de minutos, dos tortillas cocinadas a la perfección reposan en mis platos de cristal, con ramitas de perejil, pepinos en juliana y tomates cherry a un lado.

Llevo los platos a la mesa, junto con los tenedores y dos vasos de zumo de naranja. —Parece que estamos desayunando en un universo alternativo —me río—. Sé que este día ha sido una locura. Diría que me alegro de que haya terminado, pero es muy agradable tener a alguien aquí con quien desconectar.

Evie aparta la mirada, y me pregunto si he dicho algo que no debía.

—Te agradezco mucho que me dejes quedarme esta noche —dice, con las mejillas ligeramente sonrosadas.

—Es un placer. Sé lo agotador que puede ser conducir por las carreteras de montaña a altas horas de la noche después de una caminata larga. Cuando estás cansado, conducir se vuelve hipnótico.

—Y vaya caminata —dice Evie, dando un bocado a su tortilla.

Comemos en un cómodo silencio.

Hasta que empieza a bostezar de nuevo. Se lleva una mano a la boca. —Perdona.

—¡Espera! —exclamo. La palabra suena absurda.

—¿Eh?

Desde que nos sentamos a comer, no he dejado de darle vueltas a cómo prolongar la noche. Lo único que quiero es pasar más tiempo con ella. —Tengo una idea.

—¿Una idea? —Evie arquea una ceja.

Cree que estoy intentando insinuarme otra vez.

—Coge tu vaso y ven conmigo.

Para mi sorpresa, Evie no duda. Encuentro un par de sudaderas en el armario de la entrada y le paso una. —Ponte esto. La vas a necesitar.

La llevo al patio trasero, dejando atrás el jacuzzi, del que emanan luces suaves desde debajo del agua burbujeante.

Hay focos colocados estratégicamente entre los parterres ajardinados que rodean un amplio patio de ladrillo.

El aire es fresco y se irá enfriando con cada hora que pase. Solo hay un fino gajo de luna.

—Qué tranquilidad hay aquí atrás —dice Evie mientras observa los alrededores.

—Gran parte de esto lo hice con mi padre —respondo, señalando el patio.

—Increíble.

La llevo hasta el columpio de madera que hice con mi padre la última vez que mis padres vinieron a visitarme.

Evie se sienta a mi lado y, a pesar del estrecho espacio entre nosotros, la siento demasiado lejos. Deseo con todas mis fuerzas cogerle la mano, que se recueste en mi pecho. No estoy seguro de poder fiarme de mí mismo, así que me alejo un poco más.

—Tu patio trasero es precioso, pero creo que ya es hora de irse a dormir.

—Un segundo más, por favor. —Toco algo en el móvil y todo se queda a oscuras.

Atónita, Evie me agarra la mano. —Dios. Mío.