Capítulo diecisiete
Evie
Adam saca varias cosas del frigorífico. Un bloque de queso azul, una caja de huevos camperos, champiñones portobello y cebolletas. —¿Qué te parece una tortilla? —pregunta, moviéndose por la cocina como pez en el agua.
Me siento en el taburete junto a la isla de mármol. —Suena de maravilla.
—Tengo una baguette en la cesta detrás de ti. ¿Te importa cortar unas rebanadas?
¿Una baguette? Este tío no deja de sorprenderme.
Me cuesta encajar a este Adam con la versión ruda de barba de tres días que conduce un Honda, con el que pasé el rato en el sendero y en el bar.
El que sonreía con sorna mientras su amigo perdía al billar.
Por lo visto, es mucho más que eso. También es un informático forrado, sexy y soltero que compra baguettes y queso apestoso.
Si alguna vez las apariencias engañaron, es ahora.
Cojo la barra. Huele de maravilla. —¿Dónde encuentras pan artesanal fresco aquí, en medio de la nada?
—Me lo traen a casa.
Sospecho que es un servicio muy pijo el que te trae pan fresco a la puerta. En pleno Parque Nacional de Yosemite.
Encuentro un cuchillo de pan en el elegante cajón de los cubiertos y me pongo a cortar.
En realidad, toda la cocina es exactamente eso. Elegante. Las superficies y los armarios son de líneas limpias, sin un tirador a la vista. Basta con presionar y se abren deslizándose. Vislumbro mi reflejo en el armario acristalado.
Uf.
Me recojo la coleta de nuevo. Como si eso fuera a cambiar algo. Parezco una mujer que ha caminado todo el día y ha vivido una experiencia casi traumática.
—Oye, de verdad que me vendría bien una ducha caliente.
Adam deja de picar las verduras y me mira con preocupación. —Ah, claro.
Miro los moratones de sus brazos. Desde la caída en la cima, se han vuelto de un morado más intenso.
Los dos estamos en estado de shock. A ninguno se nos ha ocurrido asearnos. El hambre ha podido más.
—Lo siento mucho —dice Adam, con el ceño fruncido como si se reprochara el descuido—. Ven. Los huevos pueden esperar. Te enseño la habitación de invitados.
Asiento con la cabeza, cojo una rebanada de pan de camino a la puerta y me la zampo en dos bocados.
Adam se detiene al final del amplio pasillo y me observa, como si me estuviera evaluando.
Siento un aleteo en el estómago. Cuando pasan tres segundos sin que diga nada, pregunto: —Tierra llamando a Adam... ¿Puedo ayudarte en algo?
Levanta los ojos hasta encontrar los míos. —Estaba calculando si te cabría mi pijama.
Trago saliva, imaginándome con la parte de arriba de su pijama mientras él lleva la de abajo a juego.
Madre mía, tengo que centrarme.
—A lo mejor tu panadero también puede traerme un vestuario nuevo —bromeo mientras intento borrar esa imagen de mi mente. Pero tiene razón. No tengo ninguna de mis cosas conmigo. Están todas en el hotel. A un buen rato en coche.
—Muy graciosa. ¿Qué te parece esto? Metemos la ropa que llevas en la lavadora y te pones mi camiseta de los Broncos de camisón.
No pienso pedirle ropa interior. —¿Tienes unos pantalones cortos de deporte limpios que vayan con la camiseta? —Noto que me arden las mejillas.
Adam sonríe. —Hasta te regalo un casco. ¿Vale?
No puedo evitar reírme. La situación es de locos.
Adam me señala el lavadero y luego abre la puerta de la habitación de invitados. —Ponte cómoda.
Paso junto a él y entro en una habitación espaciosa y moderna, decorada en tonos tierra relajantes. Es tres veces más grande que mi dormitorio de Nueva York. La pared del fondo es en realidad un enorme ventanal. —Vaya.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
Se queda allí un momento, como si quisiera decir algo más, y luego sale y cierra la puerta con suavidad.
Veinte minutos después, limpio el vaho del espejo. La camiseta de Adam se me ciñe a las curvas y me llega a la parte alta de los muslos. Ni de lejos es una talla extra grande. A lo mejor encogió en la secadora. Hmm. Menos mal que le pedí los pantalones cortos.
Aparte de un bálsamo labial con color, todo mi maquillaje está en el hotel. Ojalá me importara. Pero me muero de hambre.
Vale, quizás me importa un poco. Cuanto más tiempo paso con Adam, más mariposas siento en el estómago.
Me paso los dedos por el pelo con la esperanza de que las ondas se sequen bien y hago unos ejercicios faciales ridículos. Como si intentar tocarme la nariz con la lengua fuera a tensarme la piel antes de cenar.
Por desgracia, poco más puedo hacer con mi aspecto. Me pongo el bálsamo labial, salgo de la habitación y meto la ropa sucia en la lavadora.
De vuelta en el pasillo, giro a la derecha y me paro en seco ante una enorme pintura al óleo de un oso en un arroyo, con un salmón en la boca. La escena es tan realista que me quedo unos instantes estudiando las pinceladas. Impresionante.
Frente a la pintura hay una puerta entreabierta. Alcanzo a ver una cama enorme con ropa de cama claramente masculina.
La habitación de Adam.
Al darme cuenta de que he girado hacia el lado equivocado al salir de mi habitación, doy media vuelta y olfateo el aire. Huele a que los huevos están listos.
Descalza, me dirijo a la cocina y me detengo en el umbral.
Ahí está Adam junto a los fogones, de espaldas a mí. Solo que esta vez lo único que lleva puesto es un pantalón corto de deporte. Los músculos de su espalda y sus hombros me recuerdan a la escultura del caballo que admiré antes. Lo único que quiero es tocarlos, sentir su fuerza.
En lugar de eso, digo: —Me comería un caballo.
Adam se gira para mirarme y me recorre con la mirada. Sus ojos son intensos, ardientes. Si los pensamientos pudieran materializarse, la camiseta que se me ciñe al cuerpo estaría chamuscada y hecha jirones.
Nos miramos sin decir palabra. Una fuerza invisible tira de mí. Con fuerza. Necesito hasta el último gramo de autocontrol para no correr hacia él y caer en sus poderosos brazos.
Cuando habla, tiene la voz ronca. —Ven aquí, entonces. Vamos a comer.
Suena más a un reto astuto del lobo de Caperucita Roja que a una invitación a probar los huevos que empiezan a quemarse.
Entro en la cocina, sin saber muy bien si debería aceptar el reto.