La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Evie

Estoy segura de que Adam me está tomando el pelo.

Al fin y al cabo, es lo suyo. Pero su expresión dice lo contrario.

Intento que no se me desencaje la mandíbula.

La casa parece salida de Architectural Digest. Hasta Caroline se quedaría aquí encantada.

Y no digamos el resto del club de las Cincuenta Fabulosas. Sam se mudaría y no se iría jamás.

Es imposible que un hombre de la edad de Adam, con su vocación y su temperamento relajado, pueda permitirse la casa que tengo delante.

Es enorme. Una combinación de vidrio y piedra en tonos tierra, la casa estilo rancho se funde a la perfección con el entorno.

O al menos eso distingo con la luz que sale del interior. Estoy deseando verla por la mañana.

Sin decir palabra, sigo a Adam al interior, sin saber dónde mirar primero. Una espectacular chimenea de doble cara revestida de cristal separa el salón del comedor, con un fuego crepitando en el hogar. Quizá haya alguien más aquí.

Adam dejó claro que no tiene pareja. Por eso me necesita como falsa prometida. Quizá sea alguien sin importancia. La idea me incomoda. Pero está claro que alguien ha encendido el fuego.

Como si me leyera el pensamiento, Adam dice:

—Los sensores de la entrada preparan la casa cuando llego.

Siento un alivio inexplicable.

—¿Ah, sí?

Todas las paredes que no son de cristal lucen una impresionante colección de arte. Piezas modernas de colores atrevidos cuelgan junto a óleos del Oeste americano y fotografías en blanco y negro de espectaculares cordilleras. Parece la galería privada de Adam.

—¿Eso es un Ansel Adams? —pregunto acercándome a la fotografía, asombrada.

—Buen ojo —dice Adam, que se acerca y contempla la foto con orgullo de padre, claramente satisfecho con mi reacción—. Me mudé aquí hace un año. Reformé la casa a mi gusto.

Empieza a sonar Aretha Franklin, con un sonido tan nítido que juraría que la Reina del Soul sigue viva y canta en la habitación de al lado.

—¿Sensores? —pregunto.

Asiente.

—Si no te conociera, diría que intentas seducirme.

A Adam casi se le salen los ojos de las órbitas.

—Oh, oh, perdona.

Me río de su reacción.

—En serio. El fuego, la música...

Adam parece paralizado. Como un conejo deslumbrado por los faros.

—No pretendía...

A lo mejor es un friki de verdad en un cuerpazo.

Paseo hasta la cocina. Es más pequeña de lo que esperaba, pero magnífica. Vuelvo al salón.

—¿Has diseñado todo esto? —señalo los sofás de cuero marrón y las lámparas modernas.

—La idea es mía, pero con el toque de un diseñador. Soy más de ordenadores que de interiorismo.

Me detengo a admirar un conjunto de pequeñas esculturas de caballos sobre una mesa de madera oscura junto a uno de los sofás. Están talladas con maestría, con cada músculo perfectamente definido.

—De muy buen gusto. ¿Montas? —pregunto.

—Cuando tengo tiempo.

—Parece que tienes todo el tiempo del mundo. ¿No te pasas el día escalando montañas?

Me arrepiento de las palabras en cuanto las pronuncio. Al ver el ceño fruncido de Adam, digo:

—Perdona, la verdad es que no te conozco de nada, ¿no?

Me siento en el sofá. O más bien me hundo en él. Es tan suave como mantequilla.

—Lo que hace que estar aquí sea algo... —¿Cuestionable? ¿Inapropiado?— Impulsivo.

Adam se sienta frente a mí.

—A estas alturas, sabes más de mí que la mayoría.

Qué curioso.

Una vez más, parece leerme el pensamiento.

—Quizá sea culpa mía por no contarle a la gente que estoy forrado, pero he aprendido que es mejor así.

Me lo imagino. El dinero vuelve rara a la gente.

—¿Puedo preguntarte cómo conseguiste todo esto? —abarco la estancia con un gesto—. ¿Fue una herencia?

—Qué va. Mis padres viven bien, pero esto fue gracias a saber programar y a mucha suerte. Creé una aplicación que rastrea patrones de tráfico. Una empresa europea la compró. Cuestión de estar en el momento y el lugar adecuados, digamos.

—Estoy impresionada —digo, porque lo estoy.

Adam se encoge de hombros.

—Así que por eso puedes pasarte los días explorando Yosemite.

Adam se levanta, como si le hubiera entrado un subidón de energía.

—Eso no es todo lo que hago. Soy un hombre de muchas caras —pone una cara ridícula y me hace reír.

—¿Ah, sí?

Sobre la mesa junto a mí hay una foto enmarcada en la que no me había fijado. Una pareja de piel morena de unos sesenta años, una pelirroja despampanante y Adam. Los cuatro saltando en una playa.

—Supongo que es tu familia —señalo a la belleza pelirroja—. ¿Stephanie?

—Eso es. El verano pasado en Creta. Steph parece inofensiva en la foto, pero que no te engañe.

—Grecia. Qué bien.

—Mi madre nació en Atenas y mi padre es griego-estadounidense de segunda generación. Me pasé media infancia intentando convencer a Steph de que era adoptada. El pelo rojo es una anomalía genética.

Como tengo dos hijos, las burlas entre hermanos no me sorprenden.

—¿Me equivoco si supongo que te las devolvía con creces?

—Todavía lo hace.

Adam se acerca al mueble bar del rincón.

—A riesgo de que parezca un intento de seducción, voy a servirme una copa. El mejor bourbon de Kentucky. ¿Te apuntas?

Lo observo mientras llena un vaso con líquido dorado. Es una extraña mezcla de Clark Kent y Cary Grant. Intelectual y elegante.

—No, gracias. Pero tengo un poco de hambre.

—Cierto, al final no comimos nada, ¿verdad?

Niego con la cabeza y me doy cuenta de que, a pesar del ambiente relajado, el agotamiento que sentía antes se está disipando. Es por él.

Aparto de inmediato esa idea ridícula. Adam es demasiado joven para considerarlo en un sentido romántico.

No es que lo esté considerando. No estoy buscando nada. Solo estoy aquí para descansar y averiguar cómo ayudarlo a... engañar a su familia.

Consciente de lo extraño que es todo esto, sigo a Adam hasta la cocina, preguntándome si la velada se volverá aún más surrealista.