La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

Evie

El cielo está cuajado de estrellas, un mar centelleante que se extiende de horizonte a horizonte. La bruma arremolinada de la Vía Láctea flota sobre nosotros. Cuando por fin logro hablar, lo hago con reverencia. —Nunca he visto nada igual.

—¿Nunca en todas tus excursiones? —pregunta Adam, encantado con mi reacción.

Niego con la cabeza. —Nada igual.

Guardando una distancia prudente en el columpio, Adam señala hacia el cielo. —¿Sabes qué es eso?

—Claro, la Osa Mayor.

—¿Y esa?

—¿Esto es un examen?

Adam se ríe. —Más o menos. ¿Te animas?

—¿Por qué no? A ver, eso es el Cinturón de Orión.

—Estoy impresionado.

—Ahora me toca a mí —digo con picardía. Señalo una estrella al final de una cola con forma de cometa y muevo el dedo hacia el este.

—La Osa Menor, y Polaris en el extremo, por supuesto.

—Me refiero a esa estrella justo a la derecha de Polaris.

Adam entrecierra los ojos y se concentra. —Creo que me has pillado.

—Esa es la estrella DanJeff.

Adam frunce el ceño. —No creo haber oído hablar de ella.

—Normal. Mi ex y yo la compramos para nuestros hijos cuando nació el pequeño.

Ya sabes, en uno de esos sitios de registro de estrellas.

Al principio pensé que era un timo, eso de vender estrellas —digo, recordando aquella época tan lejana—.

Pero ahora lo veo de otra manera. Esté donde esté en el mundo, cada vez que la miro, pienso en ellos.

Y espero que a los chicos les pase lo mismo.

Adam está completamente concentrado. En mí.

—¿Cómo son tus hijos? —pregunta.

Se me dibuja una amplia sonrisa en la cara. —Daniel es muy machote. Los deportes son su vida. Jeffrey es más de estudiar. Diría que cada uno tiene un poco de mí y de su padre, pero también son muy diferentes.

—¿Están muy unidos?

—Mucho. Aunque de pequeños se peleaban como el perro y el gato. Pero son los mejores amigos.

—Parecen chicos estupendos.

—Lo son. ¿Y tú? —pregunto en voz baja.

—He tenido suerte. Una familia estupenda. Si no cuentas la presión constante.

—¿Para que te cases?

Adam asiente. —O al menos para que encuentre una relación estable. En lugar de aflojar, han apretado más las tuercas. Eso hace que las reuniones familiares sean muy complicadas.

Lo miro, escuchando atentamente. Parece dolido. Intento imaginar el tipo de presión externa que describe. La mía siempre ha venido de dentro.

Adam continúa: —Odio admitirlo, pero he evitado ir a casa en las últimas fiestas, poniendo excusas para no tener que enfrentarme a todo eso. Claro que con la boda de Steph no tengo escapatoria.

—¿Quieres decir que no has ido a casa en Acción de Gracias?

—No en los últimos dos años.

—Vaya.

—Ya, lo sé, soy un cobarde.

—Qué va. Te lo digo como madre: a veces podemos ser un poco pesados, pero siempre es por amor.

—Claro, lo sé. Bueno, sí que vi a mis padres cuando vinieron de visita. —Da una palmadita al columpio—. Construí esto con mi padre la última vez.

—Eres un hombre de muchos talentos.

—Eso es lo que llevo intentando decirte.

Le doy un golpecito en el brazo, juguetona. Y suelto una risita.

La última vez que solté una risita así tenía quince años, acurrucada en las gradas heladas, embobada con el quarterback del instituto que me saludaba desde el campo.

—¿Tus padres también hacen senderismo? —pregunto.

—A mi padre le gusta más el aire libre que a mi madre, pero no me imagino a ninguno de los dos colgando de un acantilado.

—Entonces, ¿de quién heredaste la vena aventurera?

—Tendría que decir que de mi abuela Bess.

Me río.

Luego tirito.

—Tienes frío.

—Un poco.

Se quita la sudadera y me la echa sobre los hombros. No protesto. —Bueno, ¿y si hablamos de la gran estafa que estamos a punto de montar? —pregunto.

Adam se recuesta y el columpio nos mece con el movimiento. —He pensado en ello y me doy cuenta de que puedes sentirte en deuda conmigo por casi tirarme del acantilado.

Suspiro.

—Vale, golpe bajo, pero en serio, esas preocupaciones no tienen fundamento. Estoy bien, apenas tengo un rasguño.

Veo que hay más.

—Entenderé perfectamente si decides no seguir adelante con todo esto —dice.

—¿Pero?

Sonríe. Una sonrisa traviesa y deliciosa. —Sería genial que hicieras el papel de Ronna, mi adorada prometida.

Quiero decir que sí con todas mis fuerzas. La verdad, si me pidiera saltar en paracaídas desde Half Dome, diría que sí.

Y sin embargo. No puedo ignorar ese murmullo persistente en mi cabeza. —¿No te importa mentirle a tu familia?

Adam se muerde el labio inferior. Me pregunto qué se sentiría si me mordiera el lóbulo de la oreja.

Me digo que me controle.

—Al fin y al cabo, tienes razón —dice—. Es una estafa. Pero es una de esas mentiras piadosas en las que nadie sale herido. Si acaso, todos estarán contentos. Nadie sale perjudicado.

Adam parece seguro de sí mismo. Aunque lo de mentir me incomoda, y mucho, entiendo su dilema. Como dijo, nadie saldrá herido. Y le debo una.

Lo miro a los ojos. —Te di mi palabra. Para mí, eso es sagrado.

—No solo hermosa, sino también leal.

Menos mal que está oscuro. Así no puede ver cómo me ruborizo.

Solo puedo pensar en una cosa: «¡Piensa que soy hermosa!». Intento acallar a mi adolescente interior, otra vez.

—¿Ves la ironía, verdad? —pregunta.

—Te refieres a cumplir mi palabra para engañar a otros.

Se encoge de hombros.

—Sí, tiene gracia, pero es lo que hay.

Esboza una sonrisa y arquea las cejas. —¿Eso significa que te apuntas?

—Me apunto —digo entre risas. En serio, me he reído más en las últimas veinticuatro horas que en años. Incluso con el club FF. —Que conste que no soy la santa que te estás inventando. ¿A quién no le gusta un buen engaño?

Esta vez es Adam quien suelta una carcajada. Me tiende la mano y se la estrecho. —Bienvenida a bordo.