Capítulo Siete
Adam
Me lavo y limpio el vaho del espejo. En el reflejo veo varios rasguños en mis músculos marcados.
Les aplico crema antibiótica y los cubro con tiritas.
Tengo el pecho y los hombros más anchos, los brazos más gruesos después de tantas escaladas seguidas.
Me contoneo el pecho. Las tías no podrían resistirse.
Ya, claro.
Las únicas mujeres disponibles que he visto en Yosemite Sam's son las gemelas de setenta años que hacen voluntariado en el parque. Aquí en medio de la nada, las opciones brillan por su ausencia.
Pero la esperanza es lo último que se pierde, y de repente me ha entrado un subidón inesperado. Paso del afeitado y me echo la loción de después de afeitar de mi padre, contento de habérsela birlado en mi última visita a casa.
Rebusco en el armario y me apunto mentalmente llamar al servicio de limpieza.
Encuentro unos vaqueros limpios y una camiseta negra, y me los pongo con cuidado para no mover las tiritas.
Me duele el cuerpo, pero es un dolor bueno.
El de un día entero en la montaña, exigiéndome al máximo. Ahora necesito desconectar.
He pasado los últimos cinco años ignorando los comentarios críticos de la gente que me pregunta cómo puedo pasarme el día escalando montañas en lugar de ganarme la vida como Dios manda.
Da igual que pasara una década desarrollando una aplicación de navegación que compró una empresa multimillonaria y que usan todos los conductores del continente europeo. Tengo la vida resuelta. Económicamente, al menos.
Recuerdo el momento alucinante en que llegó el pago de la venta. Decidí allí mismo que no cambiaría. Miro a mi alrededor, a lo que llamo mi «cabaña», y me río para mis adentros.
Bueno, al menos mentalmente no he cambiado.
La amplia casa, enclavada entre un bosquecillo de robles negros de California, se encuentra en una de las tres comunidades privadas del Parque Nacional de Yosemite.
Tiene techos altísimos con vigas de madera, electrodomésticos de última generación y una decoración lujosa.
Los ventanales de cuerpo entero ofrecen una vista panorámica de las montañas que la rodean.
Sé que soy un privilegiado.
Lo único que he mantenido igual es el coche. Sigo conduciendo mi Honda de diez años y lo haré hasta que la palme. Me recuerda lo rápido que puede cambiar la vida. Me mantiene con los pies en la tierra.
Sigo siendo un chico de Denver, un friki de corazón y un buscador de aventuras. Estos dos rasgos rara vez coinciden en la misma persona, pero yo nunca he sido del montón.
Para mi madre y mi hermana, lo único que me queda por conquistar es una relación de verdad.
Si antes sus comentarios se disfrazaban de preguntas inocentes, en los últimos años se han vuelto mucho más directos.
Eres demasiado exigente. ¿Alguna vez alguien será lo bastante bueno para ti? Se te han subido los humos.
¿Qué demonios son los humos, de todas formas?
Me tienen completamente calado, pero al revés.
Quiero una compañera, alguien con quien viajar, con quien recorrer el mundo haciendo senderismo, con quien envejecer.
Simplemente no la he encontrado todavía.
Aunque, siendo justos, pasé muchos años encerrado en una habitación con un ordenador, rodeado de frikis obsesionados con la tecnología, o solo en una montaña rocosa.
No es precisamente el mejor sitio para conocer mujeres compatibles.
Debería sentirme culpable por mentirle a mi familia sobre mi supuesto compromiso, pero es el primer respiro que tengo en años. Por desgracia, ahora me han pillado con el culo al aire y las gallinas están a punto de volver al gallinero.
Las metáforas avícolas me recuerdan que estoy muerto de hambre.
Cojo mi chaqueta de cuero marrón y salgo. Zane me estará esperando en la mesa de billar del fondo de Yosemite Sam's. Me palpo el bolsillo de los vaqueros, contento de llevar algo de efectivo. Si el pasado sirve de guía, acabaré pagándole a mi colega una pasta al final de la noche.