La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Evie

Subo al avión en el último momento. La azafata de la puerta me sonríe nerviosa mientras recupero el aliento.

—Ha llegado justo a tiempo.

Muestro la tarjeta de embarque a la azafata, que me guía tras la cortina hasta primera clase y sube mi bolsa al compartimento superior.

Suelto un suspiro de alivio y me dejo caer en el amplio asiento de cuero, con espacio de sobra para las piernas, bendiciendo a Caroline en silencio. Un poco —o mucho— de mimos es más que bienvenido. Mi mañana ha sido un desastre.

Al otro lado del pasillo hay un adolescente que me ignora por completo.

Los jóvenes de hoy en día.

Oigo rock duro retumbando desde sus auriculares, y me preocupa más que el chico se quede sordo a los treinta que tener que aguantar un vuelo de cinco horas con Metallica de fondo.

Eso es lo que hace la maternidad.

Aprovechando que la azafata me da la espalda, me arriesgo a enviar un mensaje rápido a Caroline con emojis de corazones y besos. La culpa es casi paralizante. Estoy sentada junto al asiento vacío de Caroline.

Saco el lector electrónico del bolso e intento sumergirme en el último thriller que descargué. No consigo concentrarme. Llamo a una azafata y pido un vodka doble con zumo de naranja, lo que me gana un fugaz arqueo de cejas. Al fin y al cabo, solo son las nueve y media de la mañana.

Minutos después, me bebo la mitad de la copa y cierro los ojos.

Cuando quiero darme cuenta, estamos aterrizando en Reno.

Arrastro el equipaje de mano tras de mí. El ambiente en el aeropuerto no tiene nada que ver con el de LaGuardia. Es mucho más relajado. Siempre que no cuentes las máquinas tragaperras de la terminal.

¿Quién necesita apostar de camino a recoger el equipaje?

Miro las montañas que rodean el aeropuerto a través de los amplios ventanales; las más altas ya están cubiertas de nieve.

Me emociona lo que me espera en los próximos días, a pesar de estar sola.

Desde que los chicos volaron del nido, me he acostumbrado a pasar más tiempo a solas.

Al principio era difícil volver a un apartamento silencioso, pero con el tiempo aprendí a valorar mi espacio y mi libertad.

Aun así, la buena compañía siempre mejora viajes como este. Quizá haga amigos en los senderos.

Recojo la maleta del carrusel de equipajes y salgo hacia la lanzadera del alquiler de coches.

Veinte minutos después, estoy sentada al volante de un Porsche Cayenne negro reluciente con todos los extras imaginables, que parece recién salido del concesionario.

Rejillas cromadas, asientos y volante calefactados, sistema de navegación de última generación.

Este coche podría subir hasta la cima de El Capitan, pienso.

En Nueva York ya es por la tarde, pero decido no llamar a Caroline por si está descansando. En su lugar, le mando un mensaje a Paul. Había olvidado que tenía su número hasta hace un momento.

Responde de inmediato.

Caroline está descansando tranquila. Necesitará cirugía para reparar un hueso roto en la pierna derecha.

El médico espera que tenga que estar sin apoyar el pie durante las próximas semanas mientras hace fisioterapia.

Me pidió que te dijera que no te preocupes.

Está hasta arriba de calmantes y colocadísima.

Frunzo el ceño, preocupada, y me replanteo mi decisión de dejar Nueva York.

Ya es demasiado tarde.

Arranco el motor, que ruge con fuerza. Este coche es una bestia.

Salgo a la carretera y contemplo el desierto, las montañas, la electricidad en el aire. Tengo un par de horas por delante hasta llegar a Yosemite Village. En la autopista, veo el límite de velocidad: 130 km/h.

Piso el acelerador y pongo rumbo al sur.