Capítulo Cinco
Evie
Estoy resguardada bajo el toldo de mi edificio en la Sesenta y Cinco con Amsterdam, observando el tráfico de Manhattan mientras gruesas gotas de lluvia rebotan en el pavimento.
Me froto las manos para entrar en calor, con mi Samsonite de ruedas a mi lado.
Un taxi amarillo pasa a toda velocidad, salpicando los charcos sobre la acera, y por poco me alcanza. El otoño ha llegado con fuerza.
¿Dónde está?
Caroline nunca ha destacado por su puntualidad, pero llegar tarde no es propio de Paul, su meticuloso conductor.
Caroline depende de él para todo. Desde el fallecimiento de su esposo Bernard, Paul ha asumido todo tipo de funciones: conductor, comprador personal, agente de viajes y lo que haga falta.
Intento llamar a Caroline otra vez. Sigue sin contestar.
Si no salimos en los próximos minutos, perderemos el vuelo y tendremos que cambiar los billetes.
Y sería una pena. Tengo el primer día planificado al detalle.
Nada más llegar, nos pondremos manos a la obra.
Recogeremos el coche, iremos al parque y haremos nuestra primera ruta, una sencilla de cinco kilómetros alrededor del Lago Mirror.
Siento una emoción que no había experimentado en años. La naturaleza siempre me ha llamado. Ahora me está gritando. Kayak en lagos cristalinos, ciclismo por los puertos de montaña. Pero el senderismo en el Oeste es lo que más me gusta.
Abro la aplicación de Uber. Iré corriendo a casa de Caroline a ver qué pasa. El Dakota está a solo unas manzanas al norte. El famoso edificio ha albergado a algunos de los neoyorquinos más prestigiosos y célebres. John Lennon, Judy Garland, Leonard Bernstein. Y ahora Caroline Page.
Estoy a punto de pulsar Solicitar cuando entra la llamada. ¡Gracias a Dios!
—¿Dónde estás? —digo, sin poder contener la frustración.
Oigo voces de fondo.
—¿Hay algún problema con Paul? Si es así, podríamos coger un taxi como la gente normal.
—No, está aquí.
Miro el reloj, irritada por el descuido de mi amiga. Quizás el subconsciente de Caroline esté saboteando nuestro viaje. No quiere pasar una semana cargando con una mochila mientras come barritas de proteína y hace pis en el bosque.
—Aún podemos llegar.
—No puedo ir.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Estoy en urgencias —solloza Caroline.
Caroline nunca solloza.
El miedo barre mi irritación.
—Dios mío, ¿qué ha pasado?
—Me levanté temprano para ir al gimnasio una última vez. Paul vino a recogerme y, cuando iba corriendo hacia el coche, me caí en la acera.
—¡Oh, no!
—El médico cree que me he roto la pierna. ¡Lo siento mucho!
—¿Que lo sientes? No lo sientas. Voy para allá. ¿En qué hospital estás?
—¡No! —la velocidad con la que Caroline pasa del sollozo al grito es admirable.
—¿De qué estás hablando? —intento no devolverle el grito—. Voy a pedir un Uber ahora mismo.
—Vas a subirte a ese avión, Evie —la voz de Caroline se vuelve firme.
—Ni hablar.
—No estoy bromeando. Es lo más aventurero que has hecho en años. No vas a retrasarlo por mi culpa. Está todo pagado y no puedo cancelar nada. Y aunque pudiera, no lo haría.
—No puedo dejarte aquí en el hospital sin más mientras yo me paseo por Yosemite. ¿Y qué te hace pensar que quiero ir sola? —protesto.
—Te conozco, y te encantará esté yo contigo o no. Paul está aquí conmigo, así que no tienes de qué preocuparte.
Claro que me preocuparé. Caroline no tiene familia. A menos que cuentes a los hijos de Bernard, que detestan a su madrastra, convencidos de que solo se casó con su padre por su dinero.
—Iremos en otro momento, cuando te hayas recuperado. ¿En qué hospital estás? —pregunto de nuevo.
—Si te presentas aquí, no te lo perdonaré jamás. Y aunque te perdone, no te dirigiré la palabra en seis meses. Eso significa nada de sesiones de gimnasio juntas, ni mesas en los mejores restaurantes... ni mojitos.
Trago saliva.
—¿Nada de mojitos?
—Eso es... Por favor —la voz de Caroline se quiebra—. Por favor, súbete al avión.
Me muero por seguir discutiendo. Pero sé que no servirá de nada.
Con pesar, pregunto:
—¿Cómo voy a disfrutar del viaje sabiendo que mi mejor amiga está postrada en cama?
—Porque sabrás que yo estaré feliz de que te lo estés pasando en grande. Mándame muchas fotos.
Parece que no me queda nada más que decir.
—Toda la información de las reservas está en el correo que te mandé anoche —añade Caroline.
Una lágrima me corre por la mejilla.
—Gracias, cielo. Mejórate. Voy a llamarte todos los días, y más te vale contestar.
—Hecho. Rómpete una pierna —bromea Caroline.
Me río con tristeza y cuelgo.