La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

Adam

Desengancho el mosquetón del arnés y enrollo la cuerda.

El rápel por la ladera rocosa fue emocionante y algo más fácil de lo esperado tras la larga escalada.

Pero llevo desde el amanecer con la adrenalina a tope y es cuestión de tiempo que me desplome.

El sol empieza a ponerse. Si salgo ahora, llegaré a casa antes de que anochezca.

Me siento casi preparado para intentar Half Dome. Llevo semanas entrenando para uno de los desafíos más difíciles del Parque Nacional de Yosemite y estoy deseando hacerlo. A los treinta y siete años, me siento más fuerte de lo que me he sentido en años.

Sudoroso y con la rodilla izquierda sangrando, voy a medio camino del coche cuando me vibra el móvil con un mensaje de mi hermana.

Trae a Ronna o no vengas.

Steph no sabe lo que es la sutileza. Su boda es dentro de cinco días y se ha convertido en la típica novia histérica.

Buena suerte, Brad, pienso.

Mi futuro cuñado ha demostrado una paciencia de santo con Steph en innumerables ocasiones. Por mí, se merece una medalla.

Le respondo al mensaje de Steph solo con un «me gusta», sabiendo que la sacará de quicio.

Echo el equipo en el asiento trasero de mi todoterreno Honda y busco el botiquín. Estoy sentado al volante cuando suena el teléfono. Si pudiera estar desconectado los próximos cinco días, me parecería perfecto.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño. Solo quería saber cómo estás. ¿Qué tal el senderismo?

A mamá no se le da bien disimular sus intenciones.

—Increíble.

—¿Vas con cuidado?

—Siempre —digo, mientras me presiono la rodilla ensangrentada con un pañuelo.

Espero a que mi madre me diga la verdadera razón de su llamada. Cuando no lo hace, digo:

—Suéltalo, mamá.

—Steph se está poniendo nerviosa.

—Steph siempre está nerviosa.

—Dice que no puede casarse sin conocer primero a tu prometida.

Ahora espero el remate.

Mamá no decepciona.

—Francamente, creo que tiene razón. O sea, estamos encantadísimos de que hayas encontrado a tu media naranja, pero es raro que todavía no la hayamos conocido.

Pienso en la tormenta perfecta de hace unas semanas. Durante un momento en Las Vegas, algo borracho y del que no estoy especialmente orgulloso, respondí una llamada de mi madre y mi hermana. Resultó ser la versión telefónica de una intervención.

Las dos estaban al teléfono, insistiendo en que me apuntara a otra página de citas.

Steph había conocido a Brad en CupidsBow.com, y ahora me tocaba a mí sentar cabeza.

En realidad, llevan años dándome la lata para que me case y les dé nietos.

«No vas a querer ir corriendo detrás de un niño pequeño cuando te llegue la jubilación», me había señalado mi madre con su habitual tacto.

Sin pensar, dije que había conocido a alguien. Ronna. El nombre que vi en la placa de la crupier de póker. «Alguien especial», dije, ajeno a las inevitables consecuencias.

En ese momento, parecía la única manera de que me dejaran en paz. Cuando preguntaron hasta qué punto iba en serio con ella, lo solté sin más.

—Le pedí que se casara conmigo.

Esas cuatro palabras desataron una tormenta de preguntas y alegría desenfrenada. ¿De dónde es? ¿Cómo nos conocimos? ¿Cuándo es la boda? ¿Por qué no había dicho nada?

Les dije que todavía teníamos que organizarlo todo, que ella vive en la Costa Este y que gran parte de nuestro noviazgo había sido virtual. Que lo había mantenido en secreto por si las cosas no salían bien. Algo que se tragaron por completo. Al menos en aquel momento.

Mamá no afloja. Preferiría una rodilla chorreando sangre a esto.

—Sé que dijiste que viaja mucho, pero nunca hemos tenido la oportunidad de hablar con Ronna por teléfono. Steph cree que es imaginaria. Como cuando eras pequeño. ¿Te acuerdas de Archie?

Genial. Ahora saca a mi amigo imaginario a colación.

Archie, mi mejor amigo. Y caimán. Al que nadie más podía ver.

—Tu padre y yo le dijimos que está siendo ridícula.

Miro por la ventana hacia las montañas. Mi refugio.

—No me la he inventado, mamá. Es que está muy liada.

—Vale, pero asegúrate de traerla a la boda. Si no lo haces, Steph no lo superará.

Ni tú tampoco, pienso.

—Vale, mamá. Me encargo —digo—. Te lo prometo.

¿Cuándo aprenderé a callarme?

—¡Genial! ¡Nos vemos en un par de semanas!

Cuelgo, plenamente consciente de que acabo de tirarme por un precipicio muy peligroso.