La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Evie

Cuelgo el bolso en el respaldo de la silla y ojeo el menú.

Me habría encantado quedar con las chicas en Le Marais, pero Roger no pilló la indirecta, así que no me quedó más remedio que cortar con él.

Si es que puede llamarse así cuando solo has quedado con alguien dos veces.

Aun así, mis actos tienen un precio alto.

Básicamente me he vetado a mí misma del mejor restaurante de Nueva York.

Barbie, Sam y Monique ya estaban aquí cuando llegué; las tres dejaron de teclear frenéticamente en sus móviles para darme un abrazo y felicitarme por mi cumpleaños. La última en llegar es Caroline, que entra con aspecto de estar en forma pero agotada. Me levanto y le doy dos besos a mi amiga.

La costumbre empezó como broma hace unos quince años y desde entonces se ha convertido en nuestro saludo habitual. De las cinco, Caroline y yo somos las más unidas.

Las otras tres saludan con la mano. Todavía se están acostumbrando a Caroline, la última en incorporarse al club. Puede que les lleve un tiempo.

Caroline se quita las gafas de sol y se acomoda en la silla frente a mí, observando la decoración moderna del bistró como si hubiera aterrizado en otro planeta.

Se pasa la mano, con las uñas perfectamente arregladas, por su impecable melena rubia.

Su cirujano plástico hizo un trabajo excepcional con el lifting de párpados.

—Hmm, interesante —dice Caroline mientras posa la mirada en el tipo del moño y la barba, vestido con chaleco de seda, que atiende la barra bien surtida—. ¿Qué pedimos, aparte de vino, claro?

—¿Qué tal unos mojitos de fresa? —sugiere Barbie.

Todas asentimos encantadas.

Barbie es preciosa y parece la muñeca de la que toma el nombre, solo que en versión japonesa. Con su melena negra azabache, lisa y brillante, y el cuerpo de una mujer de la mitad de su edad, montó su empresa desde cero y siempre dice que nunca ha tenido tiempo de conocer a nadie.

Cuando se acerca el camarero, Barbie pide los cócteles y Caroline añade:

—Yo quiero la ensalada de pollo y mi amiga, el tartar de salmón.

No me molesta. Caroline es la única persona en el mundo a la que dejo pedir por mí. Es la mayor foodie de este lado del Misisipi.

—¿Confirmaste la reserva del hotel? —pregunto.

—Sí. Todo listo. Y el coche también.

En un principio, las cinco íbamos a ir juntas a Yosemite, pero las chicas fueron cayendo como moscas. Compromisos previos, trabajo, horarios de los niños. Lo cual, siendo sincera, me parece bien. Adoro a todas, pero no son precisamente de las que hacen senderismo.

La única que queda en pie es Caroline, que se niega a dejarme participar en la organización ni en el pago del viaje de cumpleaños. Que yo sepa, podríamos alojarnos en una yurta o hacer glamping.

¿A quién pretendo engañar?

Conociendo a Caroline, habrá reservado una suite de lujo en pleno Yosemite. Si es que existe algo así. Que no existe.

Si buscas «caprichosa» en internet, te saldrá la cara de pato de Caroline, con sus labios rellenos poniendo morritos a la cámara. Aunque, para ser justa, me convenció de probar el último sérum de pestañas y estoy encantada con los resultados.

A lo mejor ha reservado una autocaravana de lujo o un yate de cinco camarotes.

Me río para mis adentros. Si alguien pudiera reservar un yate en un parque nacional, esa sería Caroline.

—¿De qué te ríes? —pregunta Caroline, con los ojos todavía clavados en el camarero.

—De nada. Cosas mías.

Caroline vuelve su atención hacia mí. Me estudia como si fuera un espécimen que se retuerce en una placa de Petri.

—Así que eso es lo que hacen los viejos.

—¿El qué?

—Reírse de chistes que solo ellos oyen.

Monique y Sam se ríen, y Sam se tapa la boca con delicadeza mientras se disculpa al instante.

Cómo acabó esta dulce mujer viviendo en Nueva York y sobreviviendo a ese ambiente despiadado es un milagro.

Una mujer del Medio Oeste, de voz suave, que se mudó a la Gran Manzana para apoyar los sueños de su marido: el prototipo de chica del montón.

Solo que Sam no es del montón. Es una mujer muy guapa que elige esconderse tras ropa ancha y pelo sin peinar. La única vez que la vi maquillada fue en el funeral de su exsuegra. Quería arreglarse para la ocasión. Había odiado a la mujer que, en palabras de Sam, «alejó a mi marido de mí».

—Eres cinco meses más joven que yo —le protesto a Caroline.

—Eso son como ciento cincuenta días. Eso lo cambia todo.

Pongo los ojos en blanco, pero me divierte, como siempre. Caroline es lo mejor. Todas lo son.

—He alquilado un Porsche descapotable —suelta Caroline como quien no quiere la cosa.

—¿Ah, sí? —dice Monique con un suspiro.

Mo es la más elegante del club. Alta, sexy, discreta, francesa de segunda generación, viste para matar. Ahora mismo lleva un conjunto de Versace precioso. Si me dijeran que es espía del gobierno francés, me lo creería.

—Cumple cincuenta. Evie tiene que recibir la nueva década con estilo.

—Totalmente de acuerdo —dice Mo. Me alegra que estén de acuerdo. Hay una competencia no muy sutil entre estas dos que no he tenido energía para analizar.

El camarero llega con nuestra comida y cinco cócteles decorados con fruta.

Doy un buen sorbo con la pajita de rayas. Delicioso.

—Vamos a hacer senderismo, no a Rodeo Drive. Igual un Jeep sería mejor opción.

Mo pone cara de haber chupado un limón y Caroline arruga la nariz ante la idea.

—Veré si puedo cambiarlo por un Range Rover o un Porsche SUV.

Por muy buena que sea Caroline con la comida, es un desastre con el dinero. Su marido, mucho mayor que ella y ya fallecido, le dejó una fortuna. Más dinero del que podría gastar en dos vidas.

Cuando el club propuso que eligiera el lugar al que más me apeteciera ir por mi cumpleaños, hizo todo lo posible por disimular su decepción cuando elegí el Parque Nacional de Yosemite para hacer senderismo.

Caroline es más de Bergdorf's y Van Cleef's, de tacones altos.

El polo opuesto a mi espíritu aventurero.

Unas Timberland gastadas me harían mucho más feliz que unos Manolo de piel de serpiente de siete mil dólares nuevos. Como los de Caroline.

Sí, siete mil.

—¿Qué tal esquiar en los Andes o un viaje de playa a St. Barts? —había insistido Caroline cuando me puse a hablar maravillas de Half Dome y El Capitan, dos de las rutas de senderismo más desafiantes de Yosemite.

—Qué va, prefiero demostrarle al universo que todavía estoy activa.

Hacer senderismo en los parques nacionales siempre ha sido mi actividad favorita, aunque rara vez tenga ocasión de hacerlo. Al menos no desde que tengo hijos y un trabajo exigente.

—Vale. ¡Será divertido! —dijo Caroline con un optimismo algo forzado.

Le agradecí el esfuerzo. La verdad es que, aunque tuviera otra amiga cercana a la que le encantara el senderismo, iría igualmente con Caroline. Es como mi hermana.

Mi teléfono vibra y se desliza por la mesa. Caroline echa un vistazo a la pantalla. —¿Roger sigue llamando? Pensé que habías cortado con él.

—No corté con él. Solo se puede hablar de cortar si has tenido más de tres citas, y no es el caso.

Sam dice: —Discutible.

Barbie frunce los labios. —Evie tiene razón. Dos citas no bastan para llamarlo ruptura.

Todas nos volvemos hacia Mo para el desempate. Se encoge de hombros. —Soy la menos indicada para dar consejos sobre citas.

No se equivoca. En realidad, las cinco estamos bastante escarmentadas en lo que a hombres se refiere.

Aunque está claro que Roger y yo sacamos conclusiones muy distintas de nuestra última conversación.

—Aunque hay que reconocerle la perseverancia —añade Mo.

—Eso sí.

—Entonces, ¿le darás otra oportunidad?

Niego con la cabeza. —Es majo, pero majo no basta a estas alturas de mi vida.

—¿Te refieres a la vejez? —interrumpe Caroline.

—Sí. Y además, no tengo tiempo para salir con él ni con nadie. Nos vamos de viaje y luego estaré hasta arriba de trabajo.

Caroline frunce el ceño. —¿Has pensado en dejar ese bufete con el imbécil de tu jefe? Podrías montar tu propio despacho.

Las ideas descabelladas de una mujer sin preocupaciones económicas. —Es demasiado tarde en mi carrera para eso. Gano bien donde estoy y puedo verte con frecuencia después del trabajo.

—Eso era cuando todavía nos dejaban entrar en Le Marais.

—Este sitio está casi a la misma distancia de mi oficina. Podemos trasladar aquí las quedadas del club.

Sam dice: —A mí este sitio en realidad me viene mejor. —No dice por qué, pero todas lo sabemos. Le Marais es caro y, aunque estaríamos encantadas de ayudarla, el riesgo de ofenderla nos lo impide.

Caroline observa al camarero, como si sopesara mi sugerencia. —Entiendo lo que dices. Pero aun así, la vida no debería girar en torno al trabajo.

—Mira quién habla, la esposa trofeo con la vida resuelta.

—Yo trabajo duro. Acabo de hacer cinco kilómetros andando desde Park Avenue.

Todas nos reímos y Caroline se une a las risas.

Comemos y charlamos hasta que tengo que irme a casa a hacer la maleta.

Saco la tarjeta de crédito, dispuesta a pagar mi parte.

Las demás insisten en que es su contribución a mi celebración de cumpleaños.

Después de un poco de tira y afloja, cedo.

—Gracias, chicas. Este va a ser el mejor cumpleaños de mi vida.

Todas nos abrazamos y nos desean a Caroline y a mí que lo pasemos genial. Cuando Mo, Barbie y Sam se marchan, Caroline dice: —Mi chófer te recoge a las ocho e iremos a LaGuardia.

Siento un cosquilleo de emoción. ¡Mi épico viaje de cumpleaños está a punto de empezar!