Capítulo Dos
Evie
—¿Solo una semana, verdad? —pregunta Bill el Toro.
Es el apodo que todos en la oficina le han puesto al recién nombrado socio director de Stilton y Everett. Con su actitud dura y el pelo engominado hacia atrás, si Bill no hubiera llegado a dirigir un próspero bufete mediano de Nueva York, sería un sicario de la mafia.
—Así es —digo, notando que la irritación me crece por dentro. La contengo. No he cogido vacaciones en dos años y mi jefe me lo está poniendo difícil—. Es mi cumpleaños.
Bill no parece escucharme. Tiene la vista clavada en la pantalla.
—No entiendo por qué ahora. Estamos hasta arriba con las dos cuentas nuevas.
Siempre estamos hasta arriba.
—Como ya te he dicho, es mi cumpleaños. Cumplo cincuenta. No es que pueda cambiar la fecha.
Bill resopla.
—Vale —dice como un niño malcriado—. Le pasaré la cuenta Anderson a Julie, que no le hará ninguna gracia. La otra tendrá que esperar. Julie no tiene cabeza para encargarse de esa.
Uf.
—Ya te quedarás más horas cuando vuelvas.
Sé que la conversación ha terminado cuando se toca el auricular, gira la silla dándome la espalda y se pone a hablar con alguien al otro lado.
Salgo en silencio y voy a mi despacho, que tiene la mitad de tamaño que el de Bill a pesar de que llevo tres años más que él en el bufete.
No tiene nada que ver con la desigualdad de género y todo con que Bill está casado con la nieta del fundador del bufete.
Ha ascendido a la cima a toda velocidad sabiendo peligrosamente poco sobre las complejidades del derecho de responsabilidad civil.
Le he salvado el culo a ese baboso en más de una ocasión.
El nepotismo sigue vivo y coleando.
Con los rumores de la inminente jubilación de su suegro, Bill también es un pelota de cuidado que no duda en saltarse la ética cuando le conviene, algo que yo nunca he sido capaz de hacer.
Hacer lo correcto aunque vaya contra el sistema me ha frenado de más maneras de las que me apetece pensar. Puede que incluso contribuyera al fracaso de mi matrimonio.
Santo matrimonio, ¡y un cuerno! No había nada de santo en cómo Marco trató nuestro matrimonio.
Marco creció en Italia, en una familia tradicional donde el hombre mandaba en casa.
Cuando emigró a Estados Unidos, le costó desprenderse de la misoginia que llevaba tan arraigada.
No le sentó nada bien compartir el trono.
Cuando la ardiente atracción entre nosotros finalmente se apagó —o más bien, estalló—, nuestro matrimonio también.
Para entonces, yo ya había tenido dos hijos.
Aparto los pensamientos sobre Marco, me siento tras mi escritorio de madera de cerezo y les mando un mensaje a mis dos hijos para recordarles mi próximo viaje a California.
Daniel, el mayor, responde enseguida con un emoji de pulgar arriba.
Sé que tendré suerte si Jeffrey me contesta.
Ha heredado mi vena independiente —e impulsiva—.
Espero que los planes de última hora que hizo con su padre salgan adelante.
Mi ex no es precisamente de fiar. Cuando Daniel empezó el instituto, Marco se volvió a Roma. El peor momento posible.
Estoy a punto de ponerme a trabajar cuando me llega un mensaje de Roger.
Uy.
He salido dos veces con el hostelero, y me ha llamado diecisiete veces desde entonces. Nos conocimos cuando Caroline y yo descubrimos Le Marais, el mejor restaurante de Nueva York, que había abierto a pocas manzanas de mi oficina. Resulta que Roger es el dueño.
Algo bajito, con un carácter afable, Roger tiene manos mágicas en la cocina. Pero, justo o no, sé lo que es una relación apasionada, y aunque Roger es majo, es vainilla. Yo necesito jalapeño.
Por no hablar de que soy un desastre con las citas. Llevo demasiado tiempo fuera de la piscina. Se me han arrugado los dedos de las manos y los pies.
Mis respuestas de «gracias, pero estoy ocupada» han tenido el efecto contrario al que pretendía, convirtiendo a Roger en un acosador en potencia. El problema es que no quiero espantarlo y acabar en la lista negra de su restaurante celestial.
Le mando otro mensaje educado, esperando que por fin pille la indirecta. Guardo el móvil y me pongo a trabajar.