La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1)
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Capítulo Uno
Evie
Estoy sentada en la cama con las piernas cruzadas, el portátil delante de mí. Otra noche de maratón de comedias de los noventa. Espero que me remuerda la conciencia, pero no. Menos mal. Tengo derecho a algún que otro placer inocente.
Miro la hora en el ordenador: ya pasa de medianoche. Suspiro y aparto el portátil hacia el lado vacío de la cama. Ese espacio, desocupado desde hace años, se ha convertido en un vertedero para cuando me da pereza recoger las cosas.
Cojo la agenda, saco un bolígrafo del moño y tacho la fecha de ayer con una gran equis. Solo quedan tres días para los cincuenta.
Salgo de la cama y voy arrastrando los pies hasta la cocina; las baldosas de porcelana están frías bajo mis pies descalzos. Encuentro una copa limpia, la lleno de la botella medio vacía y doy un buen trago de Merlot barato. El líquido me baja por la garganta como la seda.
—¿Qué he conseguido en medio siglo en este planeta? —murmuro, y enseguida me doy una bofetada mental.
Daniel y Jeffrey son mis dos joyas. Todo el mundo me dice que he hecho un trabajo estupendo con los chicos, y tengo que darles la razón.
Se llevan solo once meses, casi como gemelos, y están muy unidos.
Da igual si esa cercanía surgió del divorcio de sus padres o ya existía antes.
¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?
El caso es que su relación les ayudó a superar el momento más difícil de sus vidas.
Ahora ya son mayores. Hace unos meses, Daniel terminó la carrera.
Tiene un buen puesto en una firma de contabilidad de Manhattan, está saliendo con alguien y disfruta de la libertad de ganar dinero sin grandes gastos.
A Jeffrey le quedan dos semestres y los pasa estudiando en el extranjero.
En Roma todavía es muy temprano para llamarle.
Su padre ha sido una figura bastante inestable en sus vidas: va de un trabajo a otro, y a menudo pasa un año o dos sin ingresos fijos entre medias. He perdido la cuenta de las veces que se ha mudado, y supongo que por desahucios.
Apuro el vino, pero no consigo quitarme de encima esa sensación de inquietud.
Es como si en una galaxia llena de estrellas yo solo viera el agujero negro.
Espero que celebrar este cumpleaños tan señalado con Caroline sea buena idea.
Estoy emocionada y nerviosa por el viaje al oeste con mi mejor amiga.
Llevamos meses yendo al gimnasio, charlando en la máquina de escaleras, preparándonos para las rutas de senderismo en Yosemite.
Conozco a Caroline y a mis otras tres amigas —Barbie, Sam y Monique— desde hace años; a algunas, desde hace décadas. Nos hemos apoyado en bodas, nacimientos, divorcios y muertes.
Barbie fundó el club de las Fabulosas Cincuenta el día que cumplió medio siglo, en junio pasado, y al resto nos admitieron antes de tiempo.
Bueno, yo recluté a Caroline, que hasta entonces apenas conocía a las demás.
Al final se unió a regañadientes, haciéndonos jurar a todas que guardaríamos el secreto.
Nadie puede saber su edad, salvo nosotras cuatro y su coach de vida.
Quería cambiarle el nombre al club por Amas de Casa Desesperadas del Upper East Side, pero todas somos solteras.
Quedamos una vez al mes, más o menos, según nuestras agendas.
Enjuago la copa y vuelvo a mi habitación.
Me estudio en el espejo de cuerpo entero, intentando verme con objetividad.
El pelo castaño ondulado me llega a los hombros.
Los reflejos dorados disimulan las canas que van apareciendo.
Los brazos y las piernas aún tienen músculo.
Después de meses de pilates, el estómago se ve firme y tan plano como puede estar a estas alturas.
Otras partes del cuerpo han empezado a descolgarse, pero para una mujer en plena mediana edad, no estoy tan mal.
De hecho, más de una vez me han confundido con la mujer de Daniel.
Si es por la barba poblada y el aire maduro de mi hijo o por mi aspecto juvenil, quién sabe, pero la confusión me halaga.
Me pongo el camisón de manga corta, quizá por última vez esta temporada. Octubre en Nueva York puede ser fresquito, o templado y agradable como hoy. Pero lo que me ronda la cabeza es el tiempo en Yosemite, donde será perfecto para largas jornadas de senderismo.
Me pongo las gafas de lectura y cojo la guía de viaje de los Parques Nacionales que compré en la librería de camino a casa. Hojeo las fotos espectaculares de los lugares que pronto visitaré.
Diez minutos después, empiezo a dar cabezadas. El libro se me escurre de los dedos mientras imágenes de cumbres nevadas flotan por mi mente.