Capítulo 7 #3
—Hoy es el primer día de canícula, así que comamos samgyetang, * hijo.
—No hace falta.
Aunque él respondió con brusquedad, su madre puso en la mesa un samgyetang cocido a fuego lento.
Sabía que su hijo salía cada noche y, sin poder correr, se pasaba horas caminando.
Dieciocho años era una edad demasiado temprana para que a uno le arrebataran todo lo que había sido hasta entonces.
Pero ni siquiera con aquel gesto de su madre, Hwan-gyeong fue capaz de terminarse el samgyetang. Sentía que no tenía derecho a comerlo.
Aquella misma noche, como tantas otras, Hwan-gyeong aprovechó que sus padres dormían para salir a correr a escondidas por el barrio.
Iba avanzando de puntillas por el salón cuando vio una silueta inquietante dentro de la casa.
Era un hombre que sostenía un cuchillo en la mano.
Al ver a Hwan-gyeong, el hombre se sobresaltó y huyó por la ventana.
Hwan-gyeong se quedó paralizado un instante y, sin darse cuenta, echó a correr.
De forma increíble, pudo correr. Tenía que atrapar a aquel hombre.
Siguiendo su espalda, en la misma dirección en la que había escapado aquella silueta desconocida. Por si acaso, también gritó:
—¡Ladrón!
Mientras corría, fue testigo de cómo Mun-seong y el agresor forcejeaban.
El delincuente apuñaló al policía en el muslo, y Hwan-gyeong vio también cómo otra silueta golpeaba al detective en la cabeza con una maceta.
¡Tenía un cómplice! Al ver a Mun-seong caer, dudó un instante, sin saber si debía perseguirlo.
Entonces reparó en un hombre vestido con uniforme de policía.
—¡Aquí hay un policía herido!
Hwan-gyeong siguió corriendo tras ellos.
El aire le entraba a golpes en los pulmones cuando las dos siluetas que huían se separaron en direcciones opuestas.
Él fue detrás de la más cercana, sin pensar en nada más que en atrapar a cualquiera.
Corrió y corrió hasta que la silueta desapareció de su vista, pero aquel era el barrio H, el barrio donde había nacido y crecido.
Sabía que sus callejones solían converger alrededor del viejo edificio de la farmacia, en mitad de la zona de villas.
Con esa idea, Hwan-gyeong echó a correr hacia allí.
Desde que el anciano farmacéutico se había jubilado, el local seguía vacío.
Y fue delante de aquella farmacia donde Hwan-gyeong vio al agresor con una mujer.
Era Ja-yeon, convertida en rehén. No pedía ayuda, ni gritaba, permanecía en silencio.
Es más, cuando sus ojos se encontraron, se cubrió la boca con la otra mano para pedirle que guardara silencio.
En una situación en la que lo mínimo sería suplicar que la salvaran, ¿por qué demonios hacía ese gesto?
Hwan-gyeong retrocedió, preocupado por la rehén, pero entonces vio a Mun-seong acercarse corriendo y gritó:
—¡Está aquí!
«Sí, la policía sabrá resolverlo. El delincuente se rendirá en cuanto vea a la policía». O eso creyó Hwan-gyeong.
—Yo no entendí por qué me pidió que guardara silencio.
Pero lo comprendí cuando vi bajar llorando a una mujer desde el segundo piso.
A usted. Entendí que su hermana me había pedido que callara porque le preocupaba que su hermana pequeña se despertara y bajara.
Por eso no gritó. Por eso es lógico que usted no oyera nada aquella noche.
En cuanto Hwan-gyeong terminó de hablar, Bo-ho se desplomó allí mismo. Temerosa de que el hombre que la amenazaba la matara también, Ja-yeon no pudo pronunciar el nombre de Bo-ho, ni pedir ayuda, ni suplicar que la salvaran; murió sin pronunciar una palabra.
Hasta el último instante, Ja-yeon había protegido a Bo-ho.
Ella lloró a lágrima viva, como aquel día de doce años atrás.
La tristeza y el dolor seguían allí, intactos.
La gente le decía que lo olvidara, pero no podía.
Le dolía no haberle dicho una palabra amable por última vez, se sentía culpable de no haber oído su voz pidiendo ayuda.
Y porque ahora comprendía que tal vez había sido ella quien le había impedido pedirla.
Solo quería volver a ver, aunque fuera una vez, aquella sonrisa que le levantaba apenas las comisuras.
Una sola vez. Ojalá pudiera decirle que lo sentía.
—Debió de querer protegerla.
Bo-ho subió al segundo piso sin decir nada más. Hwan-gyeong se quedó mirando durante largo rato su espalda mientras ascendía por la escalera.
Una vez más, el amanecer del barrio H se tiñó de sangre.
Habían pasado doce años. La farmacia de noche del barrio H apareció en las noticias.
El periodista hablaba del lugar donde, la noche anterior, había actuado una banda dedicada al narcotráfico.
Así, la farmacia de noche quedó tildada de ser un refugio de drogas y bandas organizadas.
Incluso los precios de las viviendas, ya de por sí bajos, cayeron todavía más.
De forma inesperada, la película que Hee-yeong había rodado en el barrio también empezó a atraer atención.
Por una coincidencia extraña, trataba precisamente de la persecución de unos narcotraficantes escondidos en el vecindario.
Unos días después del incidente, Bo-ho acudió a comisaría para declarar y le entregó a Mun-seong la droga que había sustraído de la mochila roja de Da-in.
Hwan-gyeong fue tras ella cuando abandonaba la comisaría.
No la había vuelto a ver desde la última conversación que habían mantenido en la farmacia.
Durante un tiempo, Bo-ho no salió de casa.
Hwan-gyeong comprendió demasiado tarde que ni siquiera tenía forma de ponerse en contacto con ella.
Nunca había necesitado hacerlo. Porque siempre estaba allí, en aquella farmacia. Siempre, sin falta.
—¿Está bien? Dicen que Jeong Pyeong-sik ha despertado.
—Me alegro. Si sigue vivo es porque Ye-seo consiguió la naloxona. Si no, ese chico ya estaría en el más allá.
Bo-ho sonrió débilmente. Tenía la cara especialmente pálida. Hwan-gyeong le preguntó con preocupación:
—¿Y qué va a hacer ahora con la farmacia precintada?
Al fin y al cabo, se había convertido en la escena de un crimen, así que durante una temporada estaría prohibido entrar. La reyerta que se había desatado en el interior fue tan violenta que, incluso después de que la científica se retirara, resultaría imposible abrir sin una reforma integral.
—De todos modos, como tenía droga en mi poder, me espera una sanción disciplinaria del Colegio de Farmacéuticos. Tendré que cerrar la farmacia.
—Pero las tenía como cebo.
—¿Un policía puede decir eso? Vaya, no sé si es que eres demasiado flexible con las normas o qué…
Hwan-gyeong soltó una risa entre dientes, suave y despreocupada. Al oírlo, Bo-ho también sonrió levemente y dijo: