La farmacia de noche Capítulo 6 #6
87%

Capítulo 6 #6

Las farolas se apagaron. Anunciaban la inminente llegada del amanecer.

El cielo oscuro se fue tiñendo de azul marino y la luz ganaba terreno muy despacio, las siluetas del agresor y de la mujer tendidos frente al local cobraron una nitidez dolorosa.

El suelo era un mar de sangre. Mun-seong se aproximó a la mujer a toda prisa, arrastrando la pierna herida.

Ya no respiraba. Sus manos también se cubrieron de sangre.

Si tan solo lo hubiera agarrado bien en el callejón de antes, si no se hubiera cegado por la ambición y hubiera llamado a su compañero para actuar juntos…

No le quedaba más que el peso de un remordimiento perpetuo e irreversible.

El sonido de las sirenas, cada vez más cercano, inundó el callejón.

Al oírlo, una mujer bajó del segundo piso del edificio de la vieja farmacia.

Tenía los ojos cargados de sueño, pero, en el instante exacto en que vio a la mujer que yacía inerte en los brazos de Mun-seong, soltó un alarido desgarrador.

Aquel grito, arrancado a la fuerza desde lo más profundo de su ser, se convirtió en un sonido que Mun-seong jamás sería capaz de borrar de su memoria.

Desde aquel día, cada vez que cerraba los ojos, el eco de aquel grito resonaba en sus oídos.

Primero el de la muchacha, después se le sumaban los llantos desesperados de tantas otras familias de víctimas que se había visto obligado a escuchar a lo largo de su carrera.

Mun-seong había aprendido a dormirse acompañado por aquel llanto.

Pensaba que ese era el precio por haber elegido el uniforme de policía.

Y por eso no podía detenerse. No podía abandonar su trabajo.

Bo-ho también lo recordaba con una nitidez insoportable.

Tenía grabado a fuego aquel amanecer en que Ja-yeon yacía con los ojos cerrados en medio de un charco de sangre.

Recordaba el escenario exacto en el que su hermana habría gritado pidiendo auxilio, llamándola con sus últimas fuerzas para que la salvara.

Y mientras a Ja-yeon se le iba la vida, Bo-ho dormía plácidamente.

El arrepentimiento de aquel día se había instalado en su pecho para siempre.

Tal vez para otros había pasado ya el tiempo suficiente como para pasar página, pero ella era incapaz de olvidar.

¿Cómo iba a olvidar si el horror seguía vivo en su memoria?

Estaba más furiosa consigo misma que con nadie.

A raíz de la tragedia, la relación con sus padres se fue enfriando hasta romperse.

No se sentía capaz de mirarlos a la cara.

Mientras la segunda hija, esa joven que siempre iba por la vida desbordando seguridad en sí misma, dormía sin enterarse de nada, ellos habían perdido a su primogénita.

Y Bo-ho perdió a la persona que la había acompañado desde el día en que nació.

De la forma más absurda, cruel y brutalmente vacía.

—Aquel día perdí a mi hermana, señor.

Hwan-gyeong se quedó helado al oír a Bo-ho.

¿La farmacéutica era la hermana de aquella mujer?

Miró por encima del hombro de Mun-seong, que mantenía la cabeza gacha, y vio a Bo-ho lanzarle una mirada fulminante sin derramar una sola lágrima.

Solo entonces, al verle los ojos, Hwan-gyeong pudo creerlo.

Ah, era ella. De verdad era la persona de aquel día.

Tenía los ojos enrojecidos, incapaces de llorar.

Igual que entonces. No era solo una mirada familiar. Era una mirada que ya había visto.

—Aquel día me quedé dormida sin escuchar la voz de mi hermana pidiendo ayuda. No oí su voz. Y, desde entonces, desde aquel maldito día, no he vuelto a dormir tranquila.

Los pies de Bo-ho, encerrados en aquellas zapatillas rígidas e incómodas, estaban hinchados.

Aunque había invertido por completo su ritmo de vida y vivía de noche en lugar de hacerlo de día, ni siquiera durante las horas de descanso, oculta tras las cortinas opacas, conseguía que su mente se apagara.

Lo que más la atormentaba era haber empezado a olvidar incluso la voz de su hermana.

Cuando Bo-ho se detuvo un instante para recuperar el aliento, Mun-seong habló con cautela.

—Lo siento. Pero he venido hoy para advertirle de que está en peligro.

—¿Qué quiere decir?

—Dicen que la mercancía está aquí. Usted sabe de qué se trata, ¿verdad?

Mun-seong negó con la cabeza antes siquiera de esperar una respuesta.

—No, da igual. Lo importante ahora es que salga de la farmacia. Otro policía ocupará su lugar como farmacéutica. Así que escóndase.

Bo-ho lo miró como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

—La dueña de esta farmacia soy yo. No puedo abandonarla.

—Lo que acaba de decir es una estupidez.

—¿Cómo cree que he conseguido mantener esta farmacia en pie hasta ahora? ¿De verdad piensa que voy a permitir que esos tipos me la arrebaten?

—Esto es una operación policial. Déjemelo a mí.

—¿Y por qué debería confiar en usted?