Capítulo 6 #4
—Hoy no le voy a cobrar. Considérelo el precio de haber tenido que escuchar mi sermón. Llévese también la pomada que queda y las vendas.
La farmacia quedó atrás y Yoon-ui echó a andar por los callejones del barrio H.
La noche era templada; la primavera empezaba a dejarse sentir, y la brisa suave consiguió calmar poco a poco el torbellino que llevaba dentro.
Antes había recorrido aquellas mismas calles llena de rabia, irritada porque todo hubiera empezado por algo tan absurdo como tener hambre y prepararse un ramen.
Ahora, en cambio, al contemplar el vendaje impecable que cubría su herida, sintió incluso cierta calma.
Alguien había visto aquel dolor que ardía por dentro, aquel dolor invisible que nadie podía percibir desde fuera.
Entonces oyó un gemido que rompía la calma de la noche primaveral.
En cuanto lo escuchó, Yoon-ui aceleró el paso.
Tenía que marcharse de allí. No pensaba involucrarse en asuntos que no eran suyos.
Solo quería llevar una vida normal, tranquila, sin complicaciones.
Pero no esperaba que la persona que estaba recibiendo aquella paliza fuera precisamente aquella mujer.
Una falda ceñida que se ajustaba a cada curva, medias transparentes, una larga melena peinada en ondas marcadas y un maquillaje cuidadosamente aplicado.
Una mujer que se había preparado con tanto esmero quedaba reducida a una sombra bajo los golpes de aquellos hombres corpulentos.
Ni siquiera conseguía gritar; de sus labios solo escapaban débiles gemidos.
—Eh, te he preguntado desde cuándo nos sigues.
¿Desde cuándo?
Ran-i intentó ordenar sus recuerdos entre golpe y golpe.
Pensó en el día en que había visto aquella cara inquietante entre los hombres que habían llegado al bar.
Como ocurría con la mayoría de los negocios de ese tipo, el local donde trabajaba dependía de sus clientes habituales.
En un bar de una zona concurrida quizá fuera difícil recordar un rostro entre tantos otros, pero en un tugurio miserable de las afueras de Seúl las caras se quedaban grabadas enseguida.
Sin embargo, unos meses atrás habían aparecido unos hombres a los que nunca había visto antes con la excusa de cobrar una deuda y habían puesto el local patas arriba.
El dueño les suplicó con la cara pegada al suelo.
Les prometió que conseguiría reunir una buena cantidad de dinero si, a cambio, tenían un poco de consideración con ellos.
Ran-i nunca lo había visto humillarse de aquella manera.
Unos días antes, cuando aquellos hombres entraron en el bar fingiendo ser simples clientes, la mirada de Ran-i se detuvo en uno de ellos.
Entonces lo reconoció: era el mismo hombre que había visto frente a la farmacia de noche.
Al escuchar sus conversaciones entre risas y tragos, descubrió que los demás lo llamaban «Pyeong- sik hyungnim».
Parecía ocupar un puesto importante dentro de la organización.
Pero ¿por qué alguien como él se había fijado en la farmacia de noche?
Solo había una manera de averiguarlo. Al fin y al cabo, los bares eran lugares donde incluso los secretos mejor guardados acababan escapándose entre copas.
Ran-i les sirvió bebida una y otra vez y dejó caer algunas preguntas con aparente despreocupación.
Al final, uno de los miembros de la organización, completamente borracho, terminó contándoselo.
—Nuestra organización se va pronto de aquí. Solo estamos esperando a fijar el día D para vaciar esa farmacia y largarnos.
—¿Por qué?
—Parece que una mercancía suya acabó entregándose por error en esa farmacia.
La expresión de Ran-i, que hasta entonces había sonreído mientras llenaba las copas de alcohol, fue apagándose poco a poco. Lo mirara por donde lo mirara, aquello ponía a unni Bo-ho en peligro. ¿Qué podía hacer? ¿Qué debía hacer?
Entonces recordó de pronto la tarjeta de visita de un policía que Bo-ho le había dado tiempo atrás.
—Si alguna vez tienes algún problema en el bar, llama a este número. Y dile que eres amiga de Choi Bo-ho. Te ayudará.
—¿Y quién es él?
—Solo un buen hombre que se siente muy culpable conmigo.
Ran-i sacó la tarjeta, arrugada y olvidada en el fondo del bolso, y marcó el número. Después de varios tonos, Mun-seong respondió.
—Soy amiga de unni Bo-ho.
—¿De Choi Bo-ho? ¿Qué ha pasado?
—Es que… unni Bo-ho está en peligro.
—¿Cómo dice?
—He oído hablar a unos hombres. Dicen que una mercancía de la organización se entregó por error en la farmacia. No sé qué es, pero han dicho que están intentando fijar el día D.
A partir de entonces, cada vez que los miembros de la organización pasaban por el bar, Ran-i le contaba a Mun-seong todo lo que conseguía escuchar.
Hablar con él por teléfono le resultaba emocionante, como si de pronto se hubiera convertido en una espía de película o de serie.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que servía para algo.
Aunque, en realidad, la habían descubierto con una facilidad ridícula.
Un día, durante una de sus llamadas, Mun-seong mencionó de pasada que estaban buscando el escondite de la organización, y Ran-i decidió seguirlos. La descubrieron al instante.
Era una violencia tan brutal que resultaba difícil mantener la mirada fija en aquella escena.
—¡Basta!
Los hombres corpulentos se volvieron hacia Yoon-ui al escuchar su grito.
Pero, en lugar de hacer un gesto amenazante, se limitaron a mirarla con una expresión que parecía decir: «¿Y tú qué crees que puedes hacer?
». No le quedó más remedio que recurrir al plan B.
Sacó el móvil y activó a todo volumen la sirena de un coche patrulla de la aplicación de defensa personal que tenía instalada.
Sobresaltados por el ruido, los hombres empezaron a marcharse uno tras otro.
Sin embargo, verlos huir por el sonido de una grabación, y no porque ella les hubiera ordenado detenerse, le dejó un regusto amargo.
¿Por qué sus palabras tenían menos fuerza que una simple alarma?
¿Por qué había tantas cosas que no podían resolverse solo hablando?
¿Por qué nadie escuchaba? Yoon-ui bajó la mirada hacia la mujer, que seguía en el suelo, encogida sobre sí misma.
«Claro. Yo tampoco la escuché a ella». En su interior, aún se quejaba de que todo aquello era culpa de la farmacéutica, que la había arrastrado a semejante situación.
Pero, cuando el ruido de los pasos de aquellos hombres terminó perdiéndose en la distancia, se acercó con cautela a la mujer que permanecía tendida en el suelo.
Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Probablemente fuera una de esas chicas que trabajaban en bares de mala reputación.
Y, aun así, acababa de salvarla. No era alguien con quien le conviniera relacionarse.
Pero las palabras de Bo-ho se le habían quedado demasiado dentro como para darse la vuelta y marcharse.
Cuando Yoon-ui se inclinó para ayudar a Ran-i a levantarse, ella le apartó la mano sin ninguna razón aparente.
—¿Qué pasa? ¿Eras tú, zorra? ¿No te daba asco? Entonces, ¿por qué me ayudas?
Aunque tenía el rostro cubierto de sangre, seguía conservando aquella media sonrisa burlona. Y, como no podía ser de otra manera, también seguía teniendo la misma voz irritante de siempre. Aun así, pese a todo, Yoon-ui volvió a tenderle la mano.
—Los golpes duelen.
—Bah. Una acaba acostumbrándose. Se nota que no tienes ni idea.
—Yo no me acostumbré.
Con un gruñido de esfuerzo, Yoon-ui tiró de Ran-i, que seguía en el suelo, y la ayudó a ponerse en pie.
La venda que Bo-ho le había colocado con tanto cuidado en la mano izquierda empezó a teñirse de rojo.
¿Cuántos golpes habría recibido para que bastara con sujetarla un instante para que la sangre acabara empapando así la venda…
? Mientras Yoon-ui observaba la mancha roja que se extendía sobre la gasa, Ran-i la miraba con curiosidad.
Aquellas palabras que acababa de pronunciar no sonaban como las de alguien que simplemente compadecía a otra persona.
Sonaban como las de alguien que también sabía lo que era recibir golpes.
—¿A ti también te pegaban?
—¿Eso importa ahora?
—Claro que importa. Si eres una desgraciada como yo, quizá pueda entenderte.
Yoon-ui la sujetó y la apoyó contra la pared. Ran-i dejó escapar un pequeño gemido.
—¿Quieres que te lleve a cuestas?
—No. No quiero.
—Entonces apoya bien los pies y camina con firmeza. No pienso arrastrarte.
Yoon-ui pasó uno de los brazos de Ran-i por encima de sus hombros para ayudarla a caminar, pero ella volvió a apartarle la mano.
—Contéstame primero.
Yoon-ui soltó un breve suspiro y terminó cediendo.
—No. A diferencia de ti, yo me fui de allí después de devolver los golpes.