La farmacia de noche Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Bo-ho y Ye-seo se conocieron en la facultad de Farmacia.

Ye-seo había empezado estudiando Derecho, pero después se había trasladado a Farmacia tras superar el examen PEET.

Desde sus años en la facultad de Derecho, pasando por su llegada a Farmacia casi de rebote, hasta el mismo día de la graduación, sus compañeros siempre la habían considerado una persona peculiar.

Mientras todos se preparaban para el examen nacional que les permitiría obtener la licencia de farmacéutico, ella renunció de pronto a presentarse y se marchó de viaje.

Cuando regresó, después de una ausencia bastante prolongada, entró a trabajar en una farmacéutica y se dedicó a visitar uno por uno a sus antiguos compañeros, ya convertidos en farmacéuticos, para convertirlos en sus clientes.

En la reunión de antiguos alumnos, cuando le preguntaron por qué demonios no se había hecho farmacéutica, Ye-seo respondió con una naturalidad pasmosa:

—Porque no quería.

Durante un tiempo, a Bo-ho le pareció admirable que Ye-seo fuera capaz de decir algo así.

Porque significaba que, a diferencia de ella, que había tenido que dejarse la piel estudiando para alcanzar sus objetivos, Ye-seo había tenido el valor de marcharse de repente, libre como el viento.

Sin embargo, cuando más tarde descubrió la verdadera razón por la que se había ido de viaje, cambió de opinión.

—¿Que cómo tuve el valor de irme entonces? Vaya, parece que te habías hecho una idea completamente equivocada de mí.

—¿Ah, sí?

—No fue valor. Fue una huida. La verdad es que, por aquel entonces, la persona a la que amaba murió.

Esa fue la verdad que Ye-seo le reveló mucho tiempo después, cuando acudió al velatorio de Ja-yeon.

Le contó que su pareja había intentado suicidarse tomando una gran cantidad de los somníferos que le habían recetado a ella.

Por suerte, Ye-seo se dio cuenta de que los comprimidos habían desaparecido de su habitación, avisó a la policía y, tras ser trasladada a urgencias, consiguió sobrevivir por muy poco.

Pero, por desgracia, aquello no fue el final.

Su pareja terminó quitándose la vida con sus propias manos.

Y aquello también había sido un mensaje dirigido a ella.

—Cuando vi a esa persona mirándome desde la fotografía del altar funerario, sentí que me estaba diciendo: «Por mucho que te hayas esforzado en salvarme, no ha servido de nada». Intenté aferrarme a su alma con todas mis fuerzas, pero a veces me pregunto si hice lo correcto.

—Debió de ser muy duro.

—Lo fue. Si no hubiera huido en aquel momento, me habría hundido con ella hasta el fondo del abismo. Porque yo amaba de verdad a esa persona.

Lo que para algunos podía parecer un acto de valentía, para otros no era más que una huida.

Pero Ye-seo, al final, regresó. Y precisamente porque había vuelto, aquel tiempo dejó de ser una «huida» para convertirse en un «viaje».

A partir de entonces, Bo-ho y Ye-seo, que hasta ese momento no habían sido más que simples compañeras de clase, se hicieron muy cercanas en poco tiempo.

Bo-ho se convirtió en una clienta habitual, y Ye-seo se encargaba de conseguirle los medicamentos que necesitaba.

—¿Y esto? ¿Por qué te esfuerzas tanto por ayudarme? Es justo el medicamento que estaba buscando…

—¿No me dijiste que lo necesitabas?

—Por eso te lo agradezco. Siempre consigues encontrar exactamente lo que necesito.

—Porque espero que algún día también llegue a su fin tu viaje.

Bo-ho pensaba que era una persona bastante afortunada.

Había vivido siempre con la desgracia pisándole los talones y, aun así, una y otra vez aparecían en su camino personas capaces de hacerle sentir que, en realidad, tenía suerte.

Personas que le daban fuerzas para abrir cada noche las puertas de aquella farmacia, que no permitían que se rindiera, que le ayudaban a volver a confiar en los demás.

Y, sin embargo, el viaje de Bo-ho todavía no había terminado.

A la farmacia de noche, que Ye-seo acababa de dejar patas arriba, no tardaron en empezar a llegar clientes.

Hwan-gyeong los recibía con naturalidad, tal como le había dicho a Mun-seong: estar allí ya no le resultaba extraño.

Sin darse cuenta, la farmacia se había convertido en un lugar más familiar para él que la comisaría.

Y también más tranquilo. Aunque la gente acudía a aquel lugar porque algo no iba bien, porque necesitaba un medicamento que aliviara sus molestias, todos se marchaban a casa con una bolsa en la mano y una pequeña esperanza de encontrarse mejor.

Pero incluso en aquella farmacia había personas cuyos síntomas no desaparecían y que regresaban una y otra vez por el mismo motivo.

Una de ellas era Ran-i. La otra, Yoon-ui.

—Un antácido, por favor.

Yoon-ui le tendió la tarjeta con la misma naturalidad de siempre, pero Bo-ho no la cogió de inmediato. Hwan-gyeong, que ya se disponía a cobrarle, también se detuvo y esperó a que la farmacéutica dijera algo.

—¿Qué síntomas tiene?

—Los de siempre. Puede darme lo mismo que la semana pasada.

—Si ha vuelto, significa que el medicamento que le di la semana pasada no hizo efecto y que no ha mejorado. No puedo volver a darle exactamente lo mismo.

—Tampoco es que tenga unos síntomas muy concretos. Simplemente hago mal la digestión y siento mucha pesadez.

—¿Tiene gases o hinchazón?

—No. Eso no. Es más bien como una presión aquí, en el pecho.

—Ah. Entiendo.

Yoon-ui era una de las clientas más difíciles de atender.

Era una persona de pocas palabras, que nunca contaba nada sobre sí misma y que insistía en que con el remedio de siempre era suficiente.

En cada visita, Bo-ho iba cambiando el tipo de digestivo, intentando encontrar uno que se ajustara mejor a los síntomas que describía.

Sin embargo, los resultados apenas parecían variar.

En el fondo, aunque no podía afirmarlo con certeza, sospechaba que aquel malestar que la llevaba una y otra vez hasta la farmacia tenía más que ver con algo que ocurría en su interior que con un problema puramente físico.

Pero no podía decírselo así, sin más. Sabía perfectamente que, si señalaba demasiado pronto aquello que le dolía, Yoon-ui dejaría de acudir a la farmacia para siempre.

Con las personas más sensibles había que avanzar con cuidado, midiendo cada palabra.

Esa era una de las muchas cosas que, como farmacéutica, había aprendido durante los doce años que llevaba al frente de la farmacia de noche.

Tilín. Mientras Bo-ho preparaba en la sala de elaboración el digestivo para Yoon-ui, Ran-i entró en la farmacia y gritó:

—¡Unni! ¡Algo para la resaca!

—¡Un momento!

Al oír la voz de Bo-ho desde la sala de elaboración, Ran-i asintió enérgicamente.

Después se colocó junto a Yoon-ui y apoyó los brazos en el mostrador.

En cuanto la tuvo al lado, Yoon-ui se apartó discretamente, dando un pequeño paso hacia un lado, con la cautela de quien intenta evitar cualquier contacto.

Entonces Bo-ho salió de la sala con el nuevo digestivo que acababa de preparar.

—Se lo vuelvo a repetir: cuando la digestión no funciona bien, la medicación puede ayudar, pero también es importante cuidar los hábitos y la alimentación.

Evite las comidas grasas, no coma en exceso y, hasta que el estómago se recupere, tenga cuidado con lo que toma.

Y, sobre todo, si las molestias continúan, debería acudir al médico.

—No hace falta. Tampoco es tan grave. Solo es una mala digestión.

—Cuando un medicamento no es suficiente, parte del trabajo de un farmacéutico también consiste en recomendar que se vaya a consulta.

Yoon-ui cambió de tema con cierto aire avergonzado.

—¿Cuánto es?

—Cuatro mil wones.

Yoon-ui estaba a punto de tenderle la tarjeta cuando Ran-i sacó dinero en efectivo y se lo entregó a la farmacéutica.

—Hoy voy de camino al trabajo. ¡Date prisa! Ah, y hoy también quiero la pastilla.

Ran-i hablaba atropelladamente, y Bo-ho le pasó por debajo del mostrador el paquete de medicamentos que ya tenía preparado para ella. Ran-i sonrió, satisfecha.

—Eres la mejor, unni. Gracias. Hoy tengo que atender a un cliente complicado, así que voy a tomarme esto antes para despejarme. Tengo que estar con todos los sentidos alerta.

Ran-i se bebió el remedio de un trago. Yoon-ui, a quien habían adelantado en el pago, tendió su tarjeta sin apartar la mirada del dinero que Bo-ho todavía sostenía en la mano. Después dejó escapar un leve suspiro. Un suspiro deliberado, lo bastante audible como para que Ran-i lo oyera.

Molesta, Ran-i se volvió hacia ella. Bo-ho cogió la tarjeta de Yoon-ui, cobró el importe y se la devolvió. Entonces Yoon-ui sacó una toallita húmeda del bolso y limpió la tarjeta recién recibida, como si hubiera tocado algo contaminado.

—¿Te doy asco?

A Bo-ho le dio un pinchazo en la cabeza. Tenía que detenerlas antes de que aquello acabara en una pelea. Yoon-ui tampoco parecía de las que daban un paso atrás, y no tardó en comprobar que su intuición era acertada.

—Sí, me das asco. ¿No te da ni un poco de vergüenza? ¿Cómo puedes ir por la vida con tanta seguridad?

—Pero será zorra…

Bo-ho abrió la puerta del mostrador y salió justo a tiempo para sujetar a Ran-i, que ya se había lanzado hacia delante, dispuesta a abalanzarse sobre ella. Buenos reflejos.

—¿No ibas de camino al trabajo? Pues date prisa y vete.

—Unni , ¿no has oído lo que acaba de decir esta zorra?

—Ay, de verdad… qué escándalo…

Yoon-ui miró a Ran-i con desprecio y salió de la farmacia antes que nadie. Ran-i, indignada, se quedó pataleando en el sitio.

—¿Estás de parte de esa zorra, unni?

—No quiero peleas en mi farmacia. Vete ya y ten cuidado.

—Joder. La que tiene que tener cuidado eres tú, unni. Hay unos tipos raros merodeando por el barrio. ¡Si he venido antes precisamente para decírtelo!