Capítulo 6
Medicamento del día Si los síntomas persisten, consulte a su médico
A medida que su turno en la farmacia empezaba cada vez más tarde, Hwan-gyeong comenzó a ponerse en contacto primero con Mun-seong.
Antes de dirigirse allí, quería ocuparse de su verdadero trabajo.
Y, de paso, recordarse cuál era su auténtica ocupación, ahora que, al abrir la puerta de la farmacia, se descubría pensando con toda naturalidad en todo lo que debía hacer dentro.
—¡Jefe! Soy Hwan-gyeong.
—¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo ahí?
—Algo sí ha pasado, pero no tiene nada que ver con las drogas. De hecho, parece que los de la organización ya se han marchado del barrio H.
—No. No se han ido. Todavía tienen algo que encontrar.
—Pero no van a venir a buscarlo a la farmacia. Allí no hay nada. Por eso había pensado que, antes de ir, podría pasarme por comisaría y…
—Ni hablar.
Mun-seong lo interrumpió con una firmeza tan tajante que Hwan-gyeong se quedó en blanco y olvidó lo que pretendía decir a continuación.
—¿Ni hablar?
—¿Cuál es la tarea que te asigné? ¿No era vigilar esa farmacia?
—No exactamente. Si queremos ser precisos, ¿no era investigar el caso que está ocurriendo en el barrio?
—¡Tú quédate ahí y no te muevas! ¡Cuelgo!
La llamada terminó de golpe.
«Quédate ahí sin más, sin dar explicaciones. ¿Para qué, exactamente?», se preguntó Hwan-gyeong, con el teléfono todavía en la mano.
—Pero ¿qué le pasa?
Mun-seong tomaba decisiones extrañas de vez en cuando, pero no era alguien que actuara sin motivo.
Detrás de esa decisión tan disparatada de enviarlo a trabajar a la farmacia se escondía la necesidad de que un policía, cuya identidad no se había revelado claramente, realizara una operación encubierta.
Últimamente, sin embargo, Mun-seong resultaba incomprensible. Era como si estuviera ocultando algo.
Tras colgar la llamada, Hwan-gyeong llegó a la farmacia de noche y se encontró con una mujer a la que no había visto nunca.
Llevaba el pelo a media melena y un aspecto elegante y cuidado hasta el último detalle.
Además, había llegado en un coche extranjero que parecía de un precio desorbitado.
Mientras trataba de decidir si se trataba de una clienta o si solo tenía algún asunto por la zona, sacó del bolsillo la llave de la farmacia.
Era la copia que Bo-ho le había entregado unos días antes, cuando empezó a llegar antes de la puesta de sol y a esperarla frente a la puerta.
«¿Por qué te quedas ahí fuera con esa cara de cachorro abandonado?
», le había dicho antes de tenderle la llave.
Al sentir el peso de aquella llave en la mano, tuvo la extraña sensación de que, de algún modo, ya pertenecía a la farmacia.
Como si por fin se hubiera ganado un lugar allí.
No, no debería dejarse llevar por una sensación tan absurda de triunfo, pero su mente insistía en aferrarse a ella.
Últimamente, incluso encontraba la farmacia más acogedora que la comisaría.
—¿Eh? ¿Tienes la llave de la farmacia? ¿Quién eres?
La mujer de media melena lo observaba con una expresión de sincera curiosidad.
—Ah, soy el auxiliar de esta farmacia.
—¿El auxiliar?
—Sí. ¿En qué puedo ayudarla?
—Vaya… qué interesante.
Murmuró aquellas palabras para sí misma antes de tenderle la mano. Hwan-gyeong, todavía desconcertado, estrechó la mano que le ofrecía.
—Aquí soy toda una VIP. A partir de ahora, cuenta conmigo. Ah, y ya que estoy aquí, ¿podrías decirle a la farmacéutica Choi Bo-ho que baje cuanto antes? Tengo un poco de prisa.
En ese momento, desde la escalera llegó un repiqueteo apresurado.
Tac, tac, tac, tac.
Era el sonido inconfundible de los pasos de Bo-ho al bajar.
—Ya estoy aquí. ¿Tú, VIP? ¡La VIP seré yo!
—¿Qué?
Bo-ho respondió con absoluta naturalidad a la mujer, que la miraba con una expresión de incredulidad, y después puso cara de no haber roto un plato en su vida. Entonces la otra mujer sacó un pequeño objeto del bolsillo de la chaqueta.
En cuanto lo vio, Bo-ho inclinó ligeramente la cabeza. Bastó aquel diminuto objeto para cambiar por completo el rumbo de la situación.
—Ah. Sí, eres VIP.
—¿Quién sino yo habría podido conseguirte algo así? ¿Eh? Pero dime una cosa… no te habrás metido en algún lío extraño, ¿verdad?
—De verdad que no. Gracias por habérmelo conseguido.
Hwan-gyeong se inclinó ligeramente para intentar ver qué era aquello que la mujer sostenía en la mano, pero Bo-ho se lo arrebató con tanta rapidez que no llegó a distinguirlo.
La mujer le lanzó a la farmacéutica una mirada desconfiada y, acto seguido, abrió el maletero del coche extranjero.
Dentro había cajas y cajas de medicamentos.
—Me presento. Soy Kang Ye-seo, de Suan Farmacéutica. Y también soy amiga de la farmacéutica Choi Bo-ho.
—¿Amiga?
—¿Por qué te sorprende tanto?
—No, es que… nunca había venido ninguna amiga suya.
En cuanto Ye-seo estalló en carcajadas y Bo-ho le dirigió una mirada de evidente molestia, Hwan-gyeong comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir. No debería haberse sorprendido tanto.
—Ah, no quería decir que…
—No pasa nada. Es verdad que no tengo amigas. Y tú deja de reírte y entra de una vez.
Ye-seo entró en la farmacia secándose las lágrimas que se le habían escapado de tanto reír.
Hwan-gyeong, con una caja de medicamentos entre los brazos, permaneció unos instantes junto al maletero, sin saber muy bien cómo salir del apuro.
¿Debía aclarar que no había querido decir aquello?
Pero ya era demasiado tarde para retractarse.
Así que desistió enseguida y decidió ocuparse de lo único que podía hacer en ese momento: mientras abría la puerta de la farmacia, empezó a pensar en cómo organizar los medicamentos.
Si los colocaba en los estantes formando filas y columnas perfectas, bien alineados y con los logotipos mirando hacia fuera, quizá la farmacéutica se olvidaría de todo aquel asunto.
Dentro de la farmacia, Ye-seo seguía reprendiendo a Bo-ho sin la menor piedad.
Era una escena tan insólita que a Hwan-gyeong casi le costaba creerla.
Bo-ho, que normalmente no permitía que nadie le dijera qué hacer, permanecía allí escuchándola y respondiendo con una obediencia mecánica, como un contestador automático.
—Me dijiste el otro día que querías traer medicamentos contra la filariosis para perros, ¿verdad?
—Sí, eso es.
—Pero ¿no te dije ya entonces que quién iba a comprar eso en un barrio donde ni siquiera hay una clínica veterinaria?
—Sí, eso es.
—¿Y ahora me dices que quieres conseguir medicamentos formulados?
—Sí, eso es.
—A ver, ¿no se supone que por aquí los medicamentos para la tensión o el colesterol se compran en la farmacia que está justo enfrente del hospital?
—Sí, es verdad.
—¿Me estás escuchando?
Ye-seo dejó que Bo-ho siguiera respondiendo con aquella sucesión de respuestas mecánicas. Había llegado el momento de que contestara de verdad. Ya no podía seguir esquivando la conversación.
—Sí, te estoy escuchando. Cuando quise traer medicamentos contra la filariosis para perros, también decidí venderlos porque pensé que, si había alguien que los necesitaba, debía poder encontrarlos aquí. Y entonces también tuve que aguantar uno de tus sermones de media hora.
—Pero al final los pusiste a la venta, ¿no? ¿Y no te dan pérdidas?
—Al menos para Ppoppi tuvo sentido.
—¡Ay, por favor!
—Entonces, ¿me los vas a vender o no? También conozco a otros comerciales. No tengo por qué pedírtelos a ti.
—Joder.
Ye-seo dejó escapar un largo suspiro. Bo-ho contó en silencio para sí misma: uno, dos, tres. Ya era el momento de que apareciera aquel nombre.
—Llevas más de diez años viviendo de esta manera. ¿Qué más pretendes hacer exactamente? ¿De verdad crees que esto es lo que Ja-yeon habría querido para ti?
Ahí estaba. Como siempre. A partir de ese momento, Bo-ho solo tenía que pronunciar la frase que ya llevaba preparada.
—Estoy viviendo como mi hermana habría querido que viviera. Así que no la metas en esto. Di lo que tengas que decir. ¿Me vas a vender los medicamentos o no?
—Ay, de verdad, me vas a volver loca.
Ye-seo, atónita, se llevó una mano al rostro, y Bo-ho aprovechó aquel instante para enviarle la lista de medicamentos que había escaneado a partir de la receta de una clienta.
Era la receta de una niña que había pasado por la farmacia unos días antes, pero, como se trataba de unos medicamentos de los que la farmacia de noche no disponía, Bo-ho no había podido hacer nada salvo dejarla marchar.
La pequeña, que debía de estar en los primeros cursos de primaria y que había acudido a comprar la medicación en nombre de su abuela, era sin duda una de esas clientas que necesitaban ayuda.
Cada vez que Bo-ho se encontraba con alguien así, recordaba la razón por la que había abierto aquella farmacia.
Incluso aquella voz cálida que, tiempo atrás, le había dicho: «Estoy orgullosa de ti».
—Te lo acabo de enviar por correo. Son medicamentos para la tensión arterial y el colesterol.
—Hablando claro, ¿tienes alguna garantía de que esa niña vaya a volver? Esto ya es meterte donde no te llaman.
—Como bien sabes, he llegado hasta aquí precisamente por meterme donde no me llaman. Y, si no vuelve, mejor. Significará que ha encontrado otra solución.
—De verdad, no pienso hacerme responsable si acabas arruinándote.
—Si tú no me los vendes, se los pediré a otro comercial y asunto resuelto.
—¡Vale, vale! Lo revisaré.
El acuerdo pareció dejarla satisfecha. Aunque entre ellas siempre acabaran saltando chispas, Bo-ho sabía que los medicamentos que llegaban de manos de Ye-seo eran de total confianza.