La farmacia de noche Capítulo 5 #11
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Capítulo 5 #11

Min-gyeong levantó la mirada hacia Ji-hwan, que le sacaba bastante altura.

—¿Cómo consigues ser tan positivo?

—La farmacéutica me ayudó mucho.

—¿Eh? ¿De verdad?

Min-gyeong lo miró con cierta incredulidad, pero Ji-hwan asintió con total seguridad.

—Es verdad que no es una persona muy expresiva, pero siempre me ha ayudado a tomar las mejores decisiones. Incluso el hecho de que pudiera empezar a actuar se lo debo a una «receta» que me dio ella.

—¿Una receta?

—La primera vez que conocí a la farmacéutica fue porque me clavé un clavo en la mano.

—¿Cómo?

Min-gyeong abrió mucho los ojos.

—Fue un accidente. Estaba medio dormido.

Aun así, salí corriendo hasta la farmacia y, aunque la sangre me caía por la mano, le dije que estaba bien.

Desde entonces me convertí en cliente habitual.

Pero como nunca sabía explicar dónde me dolía, ni cómo era el dolor, ni hasta qué punto me molestaba, un día la farmacéutica me dijo que practicara dejar salir las palabras, como si se me escaparan sin poder detenerlas. Que aprendiera a actuar si hacía falta.

—¿Dejarlas salir? ¿Actuar?

Min-gyeong ladeó la cabeza, sin comprender.

—En aquel momento no entendí a qué se refería, pero, cuando lo probé, empecé a comprenderlo.

Yo nunca había gritado de verdad cuando me enfadaba, ni había llorado de verdad.

En cambio, sobre un escenario, sí podía hacerlo.

Por eso la interpretación empezó a gustarme, y acabé pensando que quería ser actor de teatro.

Aunque estoy seguro de que la farmacéutica ni siquiera recuerda haberme dado aquella receta.

Min-gyeong pensó en la primera vez que había visto a Bo-ho. Luego recordó a esa misma Bo-ho tendiéndole los analgésicos. Entonces, aquel paseo también debía de haber sido una receta, a su manera.

Min-gyeong le propuso a Ji-hwan:

—Entonces… ¿paseamos juntos?

Y así fue como Min-gyeong y Ji-hwan empezaron a salir a pasear juntos cada noche.

La noche avanzaba con una lentitud distinta. Después de mucho tiempo, Min-gyeong dejó de caminar empujada por la prisa, de ajustar el paso al ritmo de los demás, y paseó despacio, muy despacio, acompasándose al avance torpe y pausado de aquellas muletas.

Bo-ho miraba la calle desde la farmacia cuando se sobresaltó.

Allí fuera estaba Ji-hwan, recién salido del quirófano, dando pasos torpes con las muletas.

Y Min-gyeong, que caminaba a su lado, no hacía ningún ademán de detenerlo.

Bo-ho salió de inmediato. ¿Qué hacía aquel chico en la calle, herido como estaba, en lugar de guardar reposo?

Se acercó a ellos a toda prisa y preguntó:

—¿Se puede saber qué estáis haciendo aquí?

—Pasear.

Ji-hwan y Min-gyeong respondieron al mismo tiempo. Los dos con una expresión mucho más serena que antes.

En una habitación individual del hospital de la policía, Mun-seong cabeceaba junto a la cama donde yacía Da-in.

Aquel día, siguiendo sus órdenes, los detectives le habían dicho a Bo-ho que Da-in no había sufrido heridas graves.

Pero la verdad era otra. Tras la agresión de aquella noche, su estado había sido lo bastante delicado como para necesitar una operación de urgencia.

Sufría una conmoción cerebral, una hemorragia grave y tres costillas rotas; los fragmentos de ellas le habían desgarrado los pulmones.

Además, presentaba una fisura en la pierna.

A veces abría los ojos, pero no conseguía hablar ni comunicarse con claridad.

Mun-seong se había ocupado personalmente de custodiarlo.

En parte, porque no podía descartarse la posibilidad de que los miembros de la organización lo buscaran, pero, sobre todo, porque le resultaba imposible dejar sola a una víctima de apenas diecinueve años que carecía de tutor.

—Uuuh…

Da-in abrió los ojos lentamente y consiguió dejar escapar un sonido con enorme dificultad.

No llegó a convertirse en una palabra, pero bastó para que Mun-seong, que se había quedado dormido a su lado, se despertara sobresaltado y dirigiera la mirada hacia él.

Pulsó de inmediato el botón para llamar a enfermería.

Si ya era capaz de emitir sonidos, quizá también pudiera comunicarse.

Quizá por fin había llegado el momento que llevaba tanto tiempo esperando.

Mun-seong se inclinó hacia Da-in y le preguntó con cuidado:

—¿Puedes oírme?

Da-in dejó escapar un sonido débil.

—¿Puedes responder a mis preguntas?

Da-in volvió a emitir otro sonido breve. Entonces Mun-seong sacó una fotografía de Pyeong-sik y se la mostró.

—¿Fue este hombre quien te hizo esto? Si es así, haz cualquier sonido. El que puedas.

Da-in reunió todas sus fuerzas y consiguió emitir un gemido apenas audible:

—Uuuh…

«Como esperaba», pensó Mun-seong.

Asintió despacio y, con la tensión reflejada en el rostro, volvió a hablar.

—La paliza que te dieron… fue por la droga, ¿verdad?

Esta vez, Da-in emitió un sonido más áspero, entrecortado, casi un sollozo. Y una lágrima le resbaló por la mejilla.