La farmacia de noche Capítulo 5 #10
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Capítulo 5 #10

A partir de aquel día, Min-gyeong y Ji-hwan intercambiaron sus habitaciones: ella se instaló en la azotea y él pasó a ocupar el semisótano.

Por suerte, ninguno de los dos tenía demasiadas cosas ni objetos de valor que merecieran la pena proteger, así que el cambio fue sencillo.

Apenas tuvieron que trasladar la ropa de cama y algunas pertenencias antes de empezar a vivir en la habitación del otro.

El día de la mudanza, Min-gyeong subió por primera vez a la azotea y contempló desde allí el barrio H.

En la oscuridad de la noche, al ver las luces que se filtraban desde las casas del callejón, pensó que la vista era hermosa.

Y, en medio de todas ellas, la farmacia de noche de Bo-ho brillaba con una intensidad especial, como si fuera la luz más firme del barrio.

Entonces Min-gyeong sintió que, por fin, había encontrado su verdadero Little Forest .

Había creído que buscaba un lugar concreto, pero quizá un Little Forest no era un sitio al que llegar.

Quizá era un lugar al que uno deseaba volver.

Pensó que tal vez nunca había encontrado el suyo porque jamás había permitido que ningún lugar llegara a importarle de verdad, porque siempre había vivido preparada para marcharse.

Min-gyeong había nacido en una familia acomodada y, durante años, había seguido un camino trazado de antemano.

Al menos, hasta que llegó a la universidad.

Fue entonces cuando empezó a esforzarse por apartarse de aquella ruta que otros habían elegido por ella.

Su madre le repetía una y otra vez que no podía seguir vagando sin rumbo, que aquello de ir de un rodaje a otro, pasar noches en vela y salir con chicos que no tenían futuro no era más que una etapa pasajera.

Siempre hablaba con una ligereza insoportable de aquello que para Min-gyeong significaba tanto.

Según el plan que todos habían preparado para ella, estudiaba ingeniería en una prestigiosa universidad de Seúl, un camino que prácticamente le aseguraba un puesto en una gran empresa desde el momento en que fue admitida.

Y precisamente por eso lo detestaba. Porque nunca había disfrutado resolviendo problemas matemáticos, porque no quería trabajar en una gran empresa y porque no estaba dispuesta a vivir una vida elegida por otros.

Ni siquiera por la persona que más había esperado que siguiera ese camino: su madre.

«¡Es mi vida!». Min-gyeong no había podido olvidar la expresión de su madre el día que salió de casa después de gritar aquellas palabras.

La recordaba con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta y la respiración agitada.

Tenía las mejillas encendidas y, aunque no había levantado la voz, las venas del cuello se le habían marcado con claridad.

Durante los años siguientes apenas supo de ella, salvo por algún contacto esporádico.

Seguía viva, era como si quisiera decirle.

Seguía sobreviviendo a aquello que su madre llamaba «vagabundeo».

Min-gyeong siempre había imaginado el día en que regresaría con un gran logro entre las manos y podría mostrárselo con la cabeza bien alta.

Quería demostrarle que no había estado perdida, que no había estado vagando sin rumbo; que, en realidad, estaba construyendo su propio camino.

Pero sus manos seguían vacías. Y la expresión de su madre, aquella mirada de alguien que parecía haberlo perdido todo, volvía una y otra vez a su memoria.

Después de verla así, ¿qué habría querido decirle?

Sumida desde hacía rato en sus recuerdos, Min-gyeong fue entonces testigo de una escena que no podía creer. Ji-hwan caminaba por el callejón apoyándose en las muletas. «Ese loco». Min-gyeong bajó de inmediato y fue tras él.

—¿Qué haces aquí?

—Pasear.

—¿Con esa pierna? Deberías estar tumbado, descansando todo lo posible.

—Ahora mismo estoy descansando. Además, si paso todo el día tumbado, voy a perder todos mis preciosos músculos.

La frente de Ji-hwan estaba cubierta de sudor. Estaba esforzándose demasiado, intentando avanzar con unas muletas a las que todavía no se había acostumbrado.

—Pero ¿qué pretendes hacer si ni siquiera sabes usarlas bien?

—Practicar. Así es como aprenderé a usarlas. Me dijo que tenía que mantener el triángulo.

Al ver que Ji-hwan no se derrumbaba, Min-gyeong se preguntó cómo era posible. A diferencia de ella, que se había venido abajo por completo solo porque no había recibido ni un solo comentario sobre su guion, él seguía avanzando.

—¿Cómo lo haces?

—¿El qué?

—¿Cómo consigues estar así?

—Ah.

Ji-hwan se quedó en silencio durante unos instantes, como si ordenara sus pensamientos antes de responder.

—La verdad es que, antes de la operación, tenía muchísimo miedo. Pensaba que quizá todo terminaría ahí. Pero, cuando salí del quirófano, de repente ya no me pareció tan terrible. Es curioso, ¿verdad? Creo que lo que realmente me asustaba era no saber qué iba a ocurrir.

Bajo la luz de la farola, los ojos de Ji-hwan volvieron a brillar.

—Una vez terminada la operación, ya solo tenía que preocuparme por recuperarme. Y eso me tranquilizó. Pensé que quizá había estado exigiéndome demasiado. Que, como dijo la farmacéutica, tal vez necesitaba este tiempo. Si hubiera seguido corriendo sin parar, quizá nunca habría aprendido a detenerme.